Homilía del Santo Padre catedral de San Pedro y San
Pablo, Filadelfia
Esta mañana he aprendido algo sobre la historia de
esta hermosa Catedral: la historia que hay detrás de sus altos muros y
ventanas. Me gusta pensar, sin embargo, que la historia de la Iglesia en esta
ciudad y en este Estado es realmente una historia que no trata solo de la
construcción de muros, sino también de derribarlos. Es una historia que nos
habla de generaciones y generaciones de católicos comprometidos que han salido
a las periferias y construido comunidades para el culto, para la educación,
para la caridad y el servicio a la sociedad en general.
La mayoría de ustedes conocen la historia de santa
Catalina Drexel, una de las grandes santas que esta Iglesia local ha dado.
Cuando le habló al Papa León XIII de las necesidades de las misiones, el Papa
–era un Papa muy sabio– le preguntó intencionadamente: «¿Y tú?, ¿qué vas a
hacer?». Esas palabras cambiaron la vida de Catalina, porque le recordaron que
al final todo cristiano, hombre o mujer, en virtud del bautismo, ha recibido
una misión. Cada uno de nosotros tiene que responder lo mejor que pueda al
llamado del Señor para edificar su Cuerpo, la Iglesia.
«¿Y tú?». Me gustaría hacer hincapié en dos
aspectos de estas palabras en el contexto de nuestra misión específica de
transmitir la alegría del Evangelio y edificar la Iglesia, ya sea como
sacerdotes, diáconos, miembros varones y mujeres de institutos de vida
consagrada.
En primer lugar, aquellas palabras –«¿Y tú?»–
fueron dirigidas a una persona joven, a una mujer joven con altos ideales, y le
cambiaron la vida. Le hicieron pensar en el inmenso trabajo que había que hacer
y la llevaron a darse cuenta de que estaba siendo llamada a hacer algo al
respecto. ¡Cuántos jóvenes en nuestras parroquias y escuelas tienen los mismos
altos ideales, generosidad de espíritu y amor por Cristo y la Iglesia! Les
pregunto: ¿Nosotros los desafiamos? ¿Les damos espacio y los ayudamos a que
realicen su cometido? ¿Encontramos el modo de compartir su entusiasmo y sus
dones con nuestras comunidades, sobre todo en la práctica de las obras de misericordia
y en la preocupación por los demás? ¿Compartimos nuestra propia alegría y
entusiasmo en el servicio del Señor?
Uno de los grandes desafíos de la Iglesia en este
momento es fomentar en todos los fieles el sentido de la responsabilidad
personal en la misión de la Iglesia, y capacitarlos para que puedan cumplir con
tal responsabilidad como discípulos misioneros, como fermento del Evangelio en
nuestro mundo. Esto requiere creatividad para adaptarse a los cambios de las
situaciones, transmitiendo el legado del pasado, no solo a través del
mantenimiento de estructuras e instituciones, que son útiles, sino sobre todo
abriéndose a las posibilidades que el Espíritu nos descubre y mediante la
comunicación de la alegría del Evangelio, todos los días y en todas las etapas
de nuestra vida.
«¿Y tú?». Es significativo que estas palabras del
anciano Papa fueran dirigidas a una mujer laica. Sabemos que el futuro de la
Iglesia, en una sociedad que cambia rápidamente, reclama ya desde ahora una
participación de los laicos mucho más activa. La Iglesia en los Estados Unidos
ha dedicado siempre un gran esfuerzo a la catequesis y a la educación. Nuestro
reto hoy es construir sobre esos cimientos sólidos y fomentar un sentido de
colaboración y responsabilidad compartida en la planificación del futuro de
nuestras parroquias e instituciones. Esto no significa renunciar a la autoridad
espiritual que se nos ha confiado; más bien, significa discernir y emplear
sabiamente los múltiples dones que el Espíritu derrama sobre la Iglesia. De
manera particular, significa valorar la inmensa contribución que las mujeres,
laicas y religiosas, han hecho y siguen haciendo en la vida de nuestras
comunidades.
Queridos hermanos y hermanas, les doy las gracias
por la forma en que cada uno de ustedes ha respondido a la pregunta de Jesús
que inspiró su propia vocación: «¿Y tú?». Los animo a que renueven la alegría,
el estupor de ese primer encuentro con Jesús y a sacar de esa alegría renovada
fidelidad y fuerza. Espero con ilusión compartir con ustedes estos días y les
pido que lleven mi afectuoso saludo a los que no pudieron estar con nosotros,
especialmente a los numerosos sacerdotes, religiosos y religiosas ancianos que
se unen espiritualmente.
Durante estos días del Encuentro Mundial de las
Familias, les pediría de modo especial que reflexionen sobre nuestro servicio a
las familias, a las parejas que se preparan para el matrimonio y a nuestros
jóvenes. Sé lo mucho que se está haciendo en las iglesias particulares para
responder a las necesidades de las familias y apoyarlas en su camino de fe. Les
pido que oren fervientemente por ellas, así como por las deliberaciones del
próximo Sínodo sobre la Familia.
Con gratitud por todo lo que hemos recibido, y con
segura confianza en medio de nuestras necesidades, nos dirigimos a María,
nuestra Madre Santísima. Que con su amor de madre interceda por la Iglesia en
América, para que siga creciendo en el testimonio profético del poder que tiene
la cruz de su Hijo para traer alegría, esperanza y fuerza a nuestro mundo. Rezo
por cada uno de ustedes, y les pido, por favor, que lo hagan por mí.
Fuente: Consejo Pontificio para los Laicos






