Pero
una sola es la gran diferencia entre las familias felices y las desgraciadas
“Todas familias felices se parecen, pero
las infelices lo son cada una a su manera”. La famosa frase de Tolstoi en
Anna Karenina es citada a menudo y tiene un tono verídico, pero yo creo
que no es en absoluto cierta.
Ahora mismo estoy pensando en tres familias felices. Una de
ellas se embarca en intensos debates científicos que, sinceramente, están
más allá de mis capacidades mentales.
La otra tiene un toque mucho más teatral,
tanto profesional como personalmente: son actores fuera de casa y todo lo
que dicen en el hogar parecen hacerlo con igual intensidad y pasión.
La tercera es más calmada y modesta,
pero cualquier miembro de la familia podría darte una paliza jugando al
ping-pong, al billar o al ajedrez, si eres lo suficientemente ingenuo como
para retarles.
¿Lo que les hace felices es lo mismo? Tal
vez… pero por el momento, dejémoslo entre paréntesis.
Voy a pensar ahora en otras familias infelices que he
conocido.
En todos los casos que se me ocurren, uno
de los cónyuges, o ambos, se siente insatisfecho en el matrimonio y, por
ello, se obsesiona con algún elemento exterior a la relación, con el que esperan conseguir algún tipo
de realización: otra persona, un pasatiempo, una obsesión o la televisión.
Vivir un matrimonio infeliz es
algo agotador y absorbe toda la energía. Es como si hubiera un agujero
negro allí donde antes estuviera el amor.
Las familias infelices tienden a una
máxima entropía: hacia el retiro malhumorado de cada miembro de la familia
dentro de su propio mundo.
Y en este Año de Misericordia me asaltó
una idea: la diferencia no
está en que las familias infelices pecan y las felices no, sino en que las
familias felices saben perdonar.
Mi mujer y yo trabajábamos en un
apostolado sobre la ayuda a la familia en Connecticut y Washington.
Aún recuerdo vívidamente a un consternado
hombre que me quería contar hasta qué punto su mujer era terrible. Me
animé a escucharle y recé por ser capaz de ayudarle de alguna forma.
Me narró su cuento de
infortunios entero, desde la boda hasta el 15º aniversario de bodas.
Era una historia de muchos pequeños
desaires y algunos grandes problemas. Me habló
de los gustos que él tenía y que su mujer ignoraba por completo.
Ella no había aprendido a hacer las
cosas de la forma que él prefería. Ella no se había tomado el tiempo de aprender qué
cosas le interesaban a él. Era fría con él y sólo raras veces era radiante
y alegre como las demás esposas.
A regañadientes, el hombre admitió que sí
intentaba hacer ciertas cosas, que iba de paseo con él, que invitaba a sus
amigos, en definitiva, que se esforzaba.
Y fue entonces cuando se llegó la idea. Yo también podría contar la historia de
mi matrimonio exactamente igual que él. Yo también he sufrido los desaires
y las decepciones de convivir con otro ser humano pecador.
Y mi esposa también podría contar la
historia de nuestro matrimonio de igual forma. Podría ponerte por delante todos mis errores y mis
fracasos y te podría hacer sentir pena por su vida: que
si Tom todavía no ha solucionado esta cosa que odio, que si Tom aún no ha
arreglado aquella otra cosa importante que prometió…
La única diferencia entre nuestros
matrimonios es la misericordia.
Los errores de mi mujer no se van
acumulando en mi mente hasta que terminan por definir su persona. Y mis errores, gracias a Dios, no
resumen la percepción que mi esposa tiene de mí.
En el maravilloso discurso que el papa
Francisco improvisó en el Encuentro Mundial de las Familias de Filadelfia,
dejó bien claro este asunto:
“En la familia hay dificultades, en las
familias discutimos, en la familia a veces vuelan los platos. En las
familias los hijos traen dolores de cabeza. No voy a hablar de
las suegras, pero en las familias siempre, siempre hay cruz, siempre.
Porque el amor de Dios, el Hijo de Dios, nos abrió también ese camino.
Pero en las familias también después de la Cruz hay Resurrección, porque
el Hijo de Dios nos abrió ese camino. Porque la familia, perdónenme la palabra, es una
fábrica de esperanza”
Tolstoi podrá haber dicho que todas las
familias son parecidas. Todos nos enfrentamos a los mismos pecados, a los
mismos errores.
Por supuesto los abusos crónicos, físicos,
emocionales o de otro tipo, son una cuestión bien diferente;
hay situaciones en las que uno de los cónyuges tiene que huir para ponerse
a salvo.
Pero incluso sin llegar a los casos
más extremos, a menudo un cónyuge ha insultado al otro como nadie lo hizo
antes. A menudo uno de los esposos ha fallado al otro terriblemente,
quizás de una forma definitiva para su vida.
Los esposos pueden llegar a hacer
cosas imperdonables. Pero las familias más desgraciadas son las que se
obsesionan con la herida, atrapadas en el banal fango del pecado y sin
voluntad de pasar página y avanzar.
Por contrario, las familias felices lo son porque fueron
liberadas por la misericordia y pueden desarrollarse más
plenamente.
Quizás Tolstoi podría haber dicho: “Todas
las heridas causadas por los pecados de las familias infelices se parecen,
pero cada familia feliz ha encontrado la misericordia a su manera”.
Por Tom Hoopes
Fuente:
Aleteia






