¿Qué pasó en estos
ochocientos años en la vida del hombre, para que cambiara de la centralidad en
Dios, al olvido total de Dios?
IV. LA
REVOLUCIÓN FRANCESA. Cristo no, dios sí.
Es el paso lógico después del “Cristo sin Iglesia” de Lutero. En las ideas de la Ilustración y la Revolución francesa nace un “evangelio sin Cristo” un “No creo en Cristo, pero sí creo en un dios”.
Por supuesto, el dios (o los dioses) de la Ilustración y la Revolución francesa, no tienen nada que ver con el Dios Verdadero, Creador, Padre, Todopoderoso, que nos vino a revelar Jesucristo. Los dioses de las ideologías de la Revolución Francesa – sí, aunque suene increíble, regresaron al politeísmo, como los cavernícolas – son: la diosa Naturaleza, la diosa Razón, la diosa Libertad y las diosas Ideas.
Es el paso lógico después del “Cristo sin Iglesia” de Lutero. En las ideas de la Ilustración y la Revolución francesa nace un “evangelio sin Cristo” un “No creo en Cristo, pero sí creo en un dios”.
Por supuesto, el dios (o los dioses) de la Ilustración y la Revolución francesa, no tienen nada que ver con el Dios Verdadero, Creador, Padre, Todopoderoso, que nos vino a revelar Jesucristo. Los dioses de las ideologías de la Revolución Francesa – sí, aunque suene increíble, regresaron al politeísmo, como los cavernícolas – son: la diosa Naturaleza, la diosa Razón, la diosa Libertad y las diosas Ideas.
El Naturalismo…
es el reino de la diosa-Naturaleza. Nos dice que el hombre es bueno por
naturaleza (niega así el pecado original y sus consecuencias), que la naturaleza
es suficiente para la felicidad. Nos habla de un orden puramente terrenal y
niega el orden sobrenatural de las cosas.
El
Racionalismo… es el reino de la diosa-Razón. Es la cara intelectual del
naturalismo… afirma que la razón por sí misma puede explicar todo y no necesita
de Dios.
El Liberalismo…
es el reino de la diosa-Libertad. El hombre debe liberarse de todo lo que pueda
limitarlo, incluidas las creencias y los valores. Hablan de libertad de
pensamiento, de expresión, de prensa, de opinión y de religión, aceptando así
que no hay una única verdad.
El Idealismo…
es el reino de las diosas-Ideas. Aquí el hombre se sustituye por Dios. Afirma
que las ideas son más importantes que el ser, las opiniones plurales están por
encima de la verdad, las cosas son como cada quién las ve desde su propio punto
de vista. Todo es relativo… cada quien con sus ideas.
¿Se imaginan
qué desastre? Reinando la naturaleza sin la gracia, la razón sin la fe, la
libertad sin la autoridad y las ideas sin la Verdad. Un caos verdadero.
La Revolución
francesa, en resumidas cuentas, llevó a los hombres a creer en un progreso
indefinido hacia “un mundo mejor” basándose erróneamente en dos grandes
mentiras: la bondad natural del hombre y la infalibilidad de la razón.
Vamos…
cualquiera que analice este par de ideas, no tardará nada en darse cuenta de su
falsedad. ¿Quién no se ha equivocado en sus raciocinios? Todos lo hemos hecho
alguna vez. La razón NO es infalible, nos puede llevar al error, a conclusiones
falsas y engañosas.
Y… cualquiera
que haya visto a un niño que no ha sido educado por sus padres, se dará cuenta
de que el hombre NO es bueno por naturaleza: el niño que no ha sido educado es,
por naturaleza, egoísta, altanero, acaparador, gritón, demandante, déspota,
destructor, irreverente, cree que el mundo gira a su alrededor.
¿Quiénes
hicieron creer a los hombres estas ideas que están tan fuera de toda lógica
elemental? Fueron dos personas, principalmente: Rousseau y Voltaire.
Rousseau
influye en la cultura con un libro que se puso de moda entre los hombres
“cultos” de aquella época, entre los que quieren sentirse los aristócratas del
momento. El libro se llama “Emilio, el hombre nuevo” y trata de un personaje,
Emilio, que logrando liberarse de sus prejuicios y valores, hace suya la
voluntad de su pueblo. En Emilio, Rousseau afirma una y otra vez que el hombre
es bueno por naturaleza, que todos los impulsos naturales son buenos, que no
debe haber prejuicios, pues el mal proviene del orden social y no de los actos
del hombre. Dice que la conciencia debe callarse cuando la ley ha hablado,
poniendo así al pueblo por encima del hombre mismo. Si el hombre es bueno por
naturaleza, entonces el pueblo es bueno por naturaleza y el sentir del pueblo
es bueno por naturaleza. De ahí surge la revolución contra todo que pueda
oponerse al sentir del pueblo, guiado por sus instintos naturales.
Voltaire es el
otro personaje de nuestra historia. Es el maestro de la duda. Tenía fuertes
vínculos con la masonería y una gran influencia en los Reyes. Voltaire no
escribió nada… o más bien, escribió mucho. Ningún libro como tal, en el que se
resuman sus ideas, pero escribió muchas novelitas cortas, folletos, panfletos y
afiches, muy fáciles de leer, en un lenguaje ameno y atractivo y los repartía a
mansalva entre los ricos y los pobres, entre los incultos y los letrados. Sus
panfletos, novelas y folletos tenían como único objetivo el desprestigio del
cristianismo. Habla en ellos siempre burlándose de las cosas sagradas; de la
Biblia, como un libro insulso y lleno de desgracias y falsedades; del
Evangelio, como una serie de preceptos tiránicos e inhumanos; de la Iglesia y
su jerarquía, como una organización en la que reina la corrupción y la locura;
de los dogmas, como cadenas que limitan de la libertad. Todo sin fundamento
alguno, pero… su estilo era ameno y encantador y logró influir en la sociedad entera.
Voltaire tenía un reto para sí mismo, pues en una ocasión se atrevió a decir:
“Jesucristo necesitó doce apóstoles para difundir el cristianismo. Yo
demostraré que hace falta uno solo para acabar con él: Voltaire”
En fin… las
ideas de Rousseau y Voltaire todavía revolotean por la sociedad actual, entre
aquellos que se quieren llamar “modernos”.
V. GRAMSCI Y LA REVOLUCIÓN CULTURAL MARXISTA. El hombre sin Dios.
De las ideas de
Rousseau, se siguen directamente las de Marx. Si el hombre es bueno por
naturaleza, el pueblo es bueno por naturaleza y por lo tanto, el proletariado
es bueno por naturaleza. La solución a los problemas del hombre, el mundo
ideal, es, entonces, la dictadura del proletariado con una visión materialista,
a la que se llegará por la lucha de clases, por la dialéctica.
La historia nos
ha demostrado que el sueño de Marx, al menos como lo instaló Lenin, no
funcionó. El comunismo se estableció en Rusia, en Cuba y en los países del
Este, pero nunca se llegó a tener la dictadura del proletariado, sino más bien,
una dictadura del Partido, con un pueblo sin Dios, sometido a los intereses del
mismo.
Lo interesante
a analizar en este punto de la historia, para el tema que nos interesa, ya no
son tanto las ideas de Marx ni las de Lenin, sino las ideas de Gramsci, quien
pasando casi desapercibido, pienso que ha sido el que más ha influido en la
increencia de la cultura actual.
Gramsci fue un
marxista italiano, que nació en Cerdeña a fines del S. XIX. Ferviente seguidor
de las ideas de Marx y más inteligente que él, dedicó su vida a analizar el
camino y la estrategia que debería seguir el comunismo para instalarse en la
Europa Occidental y en los países latinos de América.
Gramsci jamás
escribió un solo libro. Vivió algunos años de su juventud en Rusia en donde
trabajó con el Partido, como asesor para la expansión del Comunismo en Europa.
Conoció a Lenin cuando ya estaba por morir y después se fue a vivir a Italia,
en donde fue uno de los primeros miembros del Partido Comunista italiano y fue
director de un periódico, l’Ordine Nuovo, en el que escribía semanalmente
artículos de opinión. Nada más que eso.
Siendo aún muy
joven, a los 35 años, fue apresado y encarcelado por sus ideas revolucionarias
y condenado a veinte años de cárcel. En la cárcel pidió que le dieran cuadernos
y lápices y ahí fue donde escribió sus ideas estratégicas… en forma de
artículos cortos, reflexiones breves, comentarios sueltos, inconexos entre sí y
que trataban de los temas más variados. A los cuatro años de estar encarcelado,
cumpliendo escasamente la quinta parte de su condena, enfermó de tuberculosis y
fue trasladado a una clínica, en donde murió en 1937, en calidad de detenido.
En esos años, llenó cincuenta cuadernos… con artículos y cartas… que
posteriormente, sus seguidores, compilaron en dos obras que se llaman
respectivamente Los cuadernos de la cárcel y Las cartas desde la cárcel.
Trataré de
resumir las ideas de Gramsci en unas cuantas líneas, para no alargarme
demasiado en este punto.
Gramsci veía
que sería imposible instaurar el comunismo en los países latinos y occidentales
siguiendo la misma estrategia que Lenin había seguido en Rusia, debido a que el
pueblo en estos lugares tenía tan fuertemente arraigadas sus creencias,
costumbres y tradiciones, que no aceptarían jamás las ideas del materialismo
dialéctico por la vía de la fuerza militar y del Estado.
De nada serviría
tomar el poder del Estado y la Educación por la fuerza, si el pueblo no
colaboraba después con él, para el adoctrinamiento en el pensamiento
materialista.
Para lograr los
objetivos comunistas en los países latinos, habría que acabar primero con esas creencias,
costumbres y tradiciones del pueblo. Por supuesto, para esto, sus dos
obstáculos más importantes, los enemigos a vencer y destruir antes que nada,
eran la Iglesia católica y la familia cristiana, pues de estas dos realidades
se desprendía “eso” que le estorbaba a su plan.
La estrategia
que propone Gramsci es inversa a la de Lenin. Lenin se adueñó del poder,
después de la superestructura (educación, economía, política, etcétera) y de
ahí adoctrinó en el pensamiento materialista la mente de un pueblo débil.
Gramsci
propone, para los latinos, un camino mucho más largo, pero que considera
necesario para que el comunismo llegue a tener éxito en esos lugares. Propone
adueñarse primero de la mente del pueblo, utilizando la capilaridad y la
superestructura y una vez realizado esto, tomar el gobierno, cuando ya el
pueblo esté preparado.
Su receta es:
“hay que primero adueñarnos del mundo de las ideas para que las nuestras,
lleguen a ser las ideas del mundo”
Primer paso: acabar con las creencias, tradiciones y costumbres que hablen de la trascendencia del hombre.
Táctica I:
Sembrar la duda. Ridiculizar todas las creencias y
tradiciones, siguiendo el estilo de Voltaire, con mensajes cortos y accesibles
y por todos los medios, haciéndolas aparecer como algo tonto, ridículo, pasado
de moda. De este modo, haremos dudar a los creyentes de sus convicciones más
íntimas o, por lo menos, los haremos sentirse avergonzados de ellas.
Táctica II:
Sobre la duda, sembrar nuevas ideas. No hablar de
materialismo, pues los creyentes conocen el término y se pondrán en guardia,
además de que la materia tiene un gran valor para el cristiano (cuerpo,
sacramentos, etc). Hay que hablar de inmanencia, lo opuesto a la trascendencia
y hacerle saber al mundo que eso, el hombre inmanente, el que piensa y vive
sólo para el aquí y para el ahora, es lo moderno, lo actual.
Táctica III:
Silenciar, a través de la calumnia, la crítica
abierta, la burla, la ridiculización y el desprecio social a todo el que se
atreva a defender las ideas de un más allá o de una vida trascendente.
Segundo paso:
Crear una nueva cultura en donde la trascendencia no halle lugar alguno.
Táctica I:
Infiltrarnos en la super estructura. Meternos en la
Iglesia y en las instituciones educativas para reforzar desde ahí las ideas de
lo que es moderno y actual (lo inmanente) y de lo que está pasado de moda y es
ridículo (lo trascendente). Erradicar de los programas educativos todo lo que
hable de tradiciones familiares y de una vida eterna.
Táctica II.
Conseguir, por cualquier medio (incluidos el soborno y el chantaje) a
personajes disidentes que sean famosos dentro de la super
estructura, para que sean ellos mismos los que ridiculicen sus propias
Instituciones y difundan así nuestras ideas. El mundo católico ya no sabrá qué
creer, si logramos que algunos curas y obispos famosos difundan nuestras ideas
desde dentro de la Iglesia y en las escuelas. Del mismo modo, no importa cuál
sea, habrá que conseguir artistas, pensadores, periodistas y escritores que
ridiculicen la fe, las tradiciones y a todo aquél que se atreva a defenderlas.
Tercer paso:
Adueñarnos, ahora sí, de la sociedad política, que influirá
coercitivamente, a través de las leyes y normas, sobre esa sociedad civil que
ya piensa como nosotros o ya no sabe ni qué piensa o, por lo menos, le da miedo
decir lo que piensa.
Cuarto paso:
Tomar el gobierno y cerrar el plan. Lograremos
así la dictadura del pueblo, pues el pueblo pensará como nosotros y apoyará
todas nuestras iniciativas como si fueran propias.
Esto es, a
grandes rasgos, la estrategia de Gramsci, que seguramente algunos podrán
reconocer que se está llevando a cabo, paso a paso, en el mundo latino actual.
Que no nos
engañen diciendo que son ideas modernas y revolucionarias. No señor, son ideas
de los años 20’s y 30’s… ideas del siglo pasado, elucubradas cuando nacía el
Rock and Roll, con el único fin de sacar a Dios de la vida del hombre, para
poder, entonces, manipularlo a su antojo.
Por: Lucrecia
Rego de Planas
Fuente: Catholic.net






