Eucaristía y apostolado
No sé si todos nosotros
sentimos el mismo aguijón de San Pablo: “Ay de mí, si no evangelizo . . .” (1
Co 9,16). Urge el apostolado. El Papa Juan Pablo II en la encíclica sobre “La
misión del Redentor” nos dijo:“La misión de Cristo Redentor, confiada a la
Iglesia, está aún lejos de cumplirse. A finales del segundo milenio después de
su venida, una mirada global a la humanidad demuestra que esta misión se halla
todavía en los comienzos y que debemos comprometernos con todas nuestras
energías en su servicio”(n.1).
¿Qué es el apostolado?
El apostolado es
precisamente ese comprometernos con todas nuestras energías a llevar el mensaje
de Cristo por todos los continentes. Jesús al irse al cielo no nos dijo: “Id
y rezad”; sino que dijo clarísimamente: “Id y anunciad”.
Esto es el apostolado:
anunciar a Cristo.
Para san Juan[1], el apostolado es dar a los demás lo contemplado,
escuchado, vivido, comido, experimentado con Jesús. Eso es el apostolado.
Apostolado es llevar el buen “olor de Cristo” (2 Co 2,15). Es llevar la sangre
de Cristo, y esa sangre se derrama en cada Eucaristía. Es llevar el mensaje de
Cristo, y ese mensaje se proclama en cada Eucaristía. Es salvar las almas, y
esas almas son redimidas en cada Eucaristía.
¿Para qué hacemos
apostolado? Para que Cristo sea anunciado, conocido, amado, imitado y
predicado. En la Eucaristía hemos escuchado, comido y contemplado a Jesús.
¿Dónde hacer apostolado? En
la familia, la calle, la profesión, los medios de comunicación social, la
facultad. En todas partes encontramos púlpitos, auditorios, escenarios,
estrados y areópagos desde donde predicar a Cristo, con valentía y sin miedo.
¿Cómo hacer apostolado? Con
humildad, ilusión, alegría, voluntad, ánimo, caridad. La caridad es el alma de
todo apostolado y nos urge. No imponemos con la fuerza, sólo proponemos con el
bálsamo del amor y del respeto.
El apostolado es, pues,
llevar el mensaje de Cristo a nuestro alrededor, dando razón de nuestra fe. En
cada Eucaristía Jesús nos entrega su mensaje, vivo en la Liturgia de la Palabra
y en la Comunión. Es el derramamiento al exterior de nuestra vida espiritual e
interior. En cada Eucaristía Jesús nos llena de su gracia y amor y vamos al
apostolado a dar de beber esas gracias a todos los sedientos.
Es poner a las personas
delante de Jesús para que él las ilumine, las cure, las consuele, como hicieron
aquellos con el paralítico que llevaron en una camilla.
El encuentro con Jesús en
la Eucaristía nos debería comprometer a ir trayendo a las personas a este
encuentro con Jesús.
La misa acaba con este
imperativo latino: “ite, missa est”. Es una invitación al
apostolado: Id.Missus quiere decir “enviado”. El apostolado debe
ser el fruto de la eucaristía, el fruto de la liturgia. Es como si se dijera: “id,
sois enviados, vuestra misión comienza”.
El apostolado debe brotar
de la misa y a ella debe retornar. Es decir, debemos salir de cada Eucaristía
con ansias de proclamar lo que hemos visto, oído, sentido, experimentado, para
que quienes nos vean y escuchen estén en comunión con nosotros y ellos se
acerquen a la Eucaristía. Y al mismo tiempo debemos volver después a la
Eucaristía para hablar a Dios, traer aquí todas las alegrías y gozos,
angustias, problemas y preocupaciones de todas aquellas gentes que hemos
misionado.
Todos sabemos que el fin
último del apostolado es la glorificación de Dios y la santificación de los
hombres. Este fin es el mismo que el fin de la liturgia y de la Eucaristía o
misa, que es el sol y el corazón de la liturgia.
Si esto es así, la misa
nunca termina, sino que se prolonga ininterrumpidamente. El apostolado hace que
la misa se prolongue. Porque en todas partes, durante las 24 horas del día se
está celebrando una misa. Ese Sol de la Eucaristía nunca experimenta el ocaso.
Ese Corazón de la Eucaristía nunca duerme, siempre está vigilando y palpita de
amor por todos nosotros.
¿Cómo vivir entonces cada
Eucaristía?
Con muchas ansias de
alimentarnos para tener fuerza para el camino de nuestro apostolado; con mucha
atención para escuchar el mensaje de Dios a través de la lectura, para después
comunicarlo en el apostolado; con espíritu apostólico, pues cada misa debe
traernos, si no en persona, al menos espiritualmente a nuestro lado, a todos
aquellos que vamos encontrando en nuestro camino.
Por tanto, ya en cada misa
estamos haciendo apostolado. Colocamos a esas personas en la patena del
sacerdote, las encomendamos en la Consagración y pedimos por ellas en la
Comunión. A ellas, Cristo les hará llegar los frutos de su Redención eterna.
Pidamos la misma pasión por
las almas de san Pablo, de san Francisco Javier, de san Pedro Chanel… que no
nos deje tranquilos hasta ver a todos los hombres conquistados para Cristo, y
valoremos la misa como medio para salvar almas y prepararnos para el apostolado
e incendiar este mundo. ¡Incendiemos no sólo el Oriente, sino también el
Occidente, el Norte y el Sur, el Este y el Oeste!
[1]Y que después lo definirá
santo Tomás de Aquino con aquella frase concisa y preñada de significado: “Contemplata
aliis tradere”, es decir, entregar a los demás lo que hemos contemplado.
Por: P. Antonio Rivero LC
Fuente: Catholic.net






