Una
Iglesia en salida hacia las periferias es la que sale al encuentro del
Resucitado para hacerlo presente en el mundo
Tener
fe significa confiar en Dios, fiarse de sus promesas de vida eterna, pero
también creer que Él es el Señor de la historia y nos sostiene en el día a día.
Hay experiencias sorprendentes de abandono en la Providencia. Otras –la
mayoría– son más discretas, cuando no estrictamente personales e
intransferibles. Quien más y quien menos ha podido comprobar que quien se
atreve a fiarse de Dios no queda defraudado.
Es
la experiencia del encuentro con Jesús resucitado, que tiene una dimensión
contemplativa (reconocer sus signos en nuestro entorno), al igual que una
dimensión activa, en la que el Papa ha insistido continuamente durante la
Semana Santa. Si la razón de ser de la Iglesia es testimoniar que Cristo ha
resucitado, el anuncio más urgente debe hacerse en «todos esos lugares donde
parece que el sepulcro ha tenido la última palabra», decía Francisco durante la
vigilia pascual. Esto significa salir a buscar con Jesús «a quien está perdido
en los laberintos de la soledad y de la marginación», afirmaba el Pontífice
unas horas más tarde en su Mensaje de Pascua. Para el cristiano esto es mucho
más que un imperativo moral: es entre los pobres donde Jesús ha indicado que
hay que buscarle. Una Iglesia en salida hacia las periferias es, pues, la que
sale al encuentro del Resucitado para hacerlo presente en el mundo, dejando que
sea el Espíritu quien la conduzca. Una Iglesia que se fía de la Providencia.
Desde
esta perspectiva hay que entender las duras palabras del Papa en el vía crucis
del Coliseo cuando clamaba «vergüenza por la sangre inocente que cotidianamente
se vierte de mujeres, de niños, de inmigrantes y de personas perseguidas por el
color de su piel, por su pertenencia étnica, social o por su fe». Vergüenza
clamaba también por tantas veces en que la Iglesia eleva su voz «gritando en el
defender nuestros intereses», mientras que ha sido «tímida en el defender los
de los demás». Es la Iglesia autorreferencial frente a la que tan
insistentemente pone en guardia el Papa, como sal que se ha vuelto sosa y no es
capaz ya de cumplir su única misión: anunciar al Resucitado.
Fuente:
Alfa y Omega






