Una Iglesia que “lava la
ropa sucia”
“El
bien y el mal no puede identificarse con territorios definidos o con grupos
humanos”, asegura el Papa Francisco en el ángelus del 23 de julio de 2017: no
hay los buenos por un lado y los malos por otro, sino “la frontera entre el
bien y el mal pasa en el corazón de cada persona”.
Palabras del Papa antes
del ángelus
¡Queridos
hermanos y hermanas, buenos días!
El
pasaje evangélico del día propone tres parábolas con las cuales Jesús habla a
la muchedumbre, del Reino de Dios. Me detengo en la primera: la de la buena
semilla y en la de la cizaña, que ilustra el problema del mal en el mundo y
pone de relieve la paciencia de Dios (cf.Mt 13, 24-30,36-43). ¡Cuánta paciencia
tiene Dios! Cada uno de nosotros puede decir esto: cuánta paciencia tiene Dios
conmigo. El relato de la parábola se desarrolla en un campo con dos
protagonistas opuestos. Por un lado el propietario del campo que representa
Dios y esparce la buena semilla: por el otro el enemigo que representa Satanás
y esparce la hierba mala.
Con
el tiempo, en medio del trigo crece también la cizaña y frente a este hecho el
propietario y los servidores tienen actitudes distintas. Los servidores
quisieran intervenir arrancando la cizaña; pero el propietario que está
preocupado sobre todo por la salvación del buen grano, se opone diciendo: “No
sea que recogiendo la cizaña, también arranquéis el trigo” (v.29). Con esta
imagen, Jesús nos dice que en este mundo, el bien y el mal están tan
entrelazados entre sí, que es imposible separarlos y extirpar todo el mal. Solo
Dios puede hacer esto, y lo hará en el juicio final. Con sus ambigüedades y su
carácter complejo, la situación presente es el campo de la libertad, el campo
de la libertad de los cristianos, donde se desarrolla el difícil ejercicio del
discernimiento entre el bien y el mal.
Y
en este campo se trata de juntar de conjugar con una gran confianza en Dios y
en su providencia, dos actitudes aparentemente contradictorias: la decisión y
la paciencia. La decisión es la de querer ser buen trigo con todas sus fuerzas
y por lo tanto tomar distancia del maligno y sus seducciones, la paciencia
significa preferir una Iglesia que sea levadura en la masa, que no teme
ensuciarse las manos lavando la ropa sucia de sus hijos, más que ser una
Iglesia de “puros”, que pretende juzgar antes de tiempo quien irá al Reino de
Dios y quién no.
El
Señor, que es la Sabiduría encarnada, nos ayuda hoy a comprender que el bien y
el mal no pueden identificarse con territorios definidos o marcados o en
determinados grupos humanos, estos son los buenos, estos son los malos. Él nos
dice que la línea de separación entre el bien y el mal pasa por el corazón de
cada persona, de cada uno de nosotros, es decir, todos somos pecadores.
Pregunta
¿quién no es pecador? levante la mano, nadie, porque todos lo somos,
todos somos pecadores. Jesús, por su muerte en cruz y su resurrección, nos ha
liberado de la esclavitud del pecado y nos da la gracia de caminar en una vida
nueva; pero con el Bautismo nos ha dado también la Confesión, porque
tenemos siempre necesidad de ser perdonados de nuestros pecados. Mirar siempre
y solamente el mal que está fuera de nosotros, significa no querer reconocer el
pecado que hay en nosotros.
Y
luego Jesús nos enseña un modo distinto de mirar el campo del mundo, de
observar la realidad. Estamos llamados a aprender los tiempos de Dios que no
son nuestros tiempos, e igualmente también a aprender la “mirada” de Dios:
gracias a la influencia benéfica de una espera trepidante, lo que era cizaña o
parecía cizaña, puede convertirse en un buen producto. Esta es la realidad de
la conversión, es la perspectiva de la Esperanza.
Que
la Virgen María nos ayude a captar la realidad que nos rodea no solamente la
suciedad y el mal, sino también el bien y lo bueno; a desenmascarar la obra de
Satanás, sino sobre todo a confiar en la acción de Dios que fecunda la
historia.
Fuente:
Zenit






