La
memoria de la bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, se inscribe en
el Calendario Romano el lunes después de Pentecostés y así se celebrará cada
año.
La
Congregación Pontificia para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos
ha promulgado un Decreto sobre la celebración de la Bienaventurada Virgen
María, Madre de la Iglesia en el Calendario Romano General, escrito el 17 de
febrero de 2018, y publicado el 3 de marzo.
Así
lo ha establecido el Papa Francisco, considerando atentamente que “la promoción
de esta devoción puede incrementar el sentido materno de la Iglesia en los
Pastores, en los religiosos y en los fieles, así como la genuina piedad
mariana”, se indica en el Decreto.
Esta
celebración –dicta el Decreto– nos ayudará a recordar que el crecimiento de la
vida cristiana, debe fundamentarse en el misterio de la Cruz, en la ofrenda de
Cristo en el banquete eucarístico, y en la Virgen oferente, Madre del Redentor
y de los redimidos.
Asimismo,
se indica en el documento que dicha memoria deberá aparecer en todos los
Calendarios y Libros litúrgicos para la celebración de la Misa y de la Liturgia
de las Horas.
A
continuación, sigue el texto del Decreto de la Congregación para el Culto
Divino y la Disciplina de los Sacramentos.
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DECRETO
sobre la celebración de la bienaventurada Virgen María,
Madre de la Iglesia,
en el Calendario Romano General
sobre la celebración de la bienaventurada Virgen María,
Madre de la Iglesia,
en el Calendario Romano General
La
gozosa veneración otorgada a la Madre de Dios por la Iglesia en los tiempos
actuales, a la luz de la reflexión sobre el misterio de Cristo y su naturaleza
propia, no podía olvidar la figura de aquella Mujer (cf. Gál 4, 4),
la Virgen María, que es Madre de Cristo y, a la vez, Madre de la Iglesia.
Esto
estaba ya de alguna manera presente en el sentir eclesial a partir de las
palabras premonitorias de san Agustín y de san León Magno. El primero dice que
María es madre de los miembros de Cristo, porque ha cooperado con su caridad a
la regeneración de los fieles en la Iglesia; el otro, al decir que el
nacimiento de la Cabeza es también el nacimiento del Cuerpo, indica que María
es, al mismo tiempo, madre de Cristo, Hijo de Dios, y madre de los miembros de
su cuerpo místico, es decir, la Iglesia. Estas consideraciones derivan de la
maternidad divina de María y de su íntima unión a la obra del Redentor,
culminada en la hora de la cruz.
En
efecto, la Madre, que estaba junto a la cruz (cf. Jn 19, 25), aceptó
el testamento de amor de su Hijo y acogió a todos los hombres, personificados
en el discípulo amado, como hijos para regenerar a la vida divina,
convirtiéndose en amorosa nodriza de la Iglesia que Cristo ha engendrado en la
cruz, entregando el Espíritu. A su vez, en el discípulo amado, Cristo elige a
todos los discípulos como herederos de su amor hacia la Madre, confiándosela
para que la recibieran con afecto filial.
María,
solícita guía de la Iglesia naciente, inició la propia misión materna ya en el
cenáculo, orando con los Apóstoles en espera de la venida del Espíritu Santo
(cf. Hch 1, 14). Con este sentimiento, la piedad cristiana ha honrado
a María, en el curso de los siglos, con los títulos, de alguna manera
equivalentes, de Madre de los discípulos, de los fieles, de los creyentes, de
todos los que renacen en Cristo y también «Madre de la Iglesia», como aparece
en textos de algunos autores espirituales e incluso en el magisterio de
Benedicto XIV y León XIII.
De
todo esto resulta claro en qué se fundamentó el beato Pablo VI, el 21 de
noviembre de 1964, como conclusión de la tercera sesión del Concilio Vaticano
II, para declarar va la bienaventurada Virgen María «Madre de la Iglesia,
es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los
pastores que la llaman Madre amorosa», y estableció que «de ahora en adelante
la Madre de Dios sea honrada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo
título».
Por
lo tanto, la Sede Apostólica, especialmente después de haber propuesto una misa
votiva en honor de la bienaventurada María, Madre de la Iglesia, con ocasión
del Año Santo de la Redención (1975), incluida posteriormente en el Misal
Romano, concedió también la facultad de añadir la invocación de este título en
las Letanías Lauretanas (1980) y publicó otros formularios en el compendio de
las misas de la bienaventurada Virgen María (1986); y concedió añadir esta
celebración en el calendario particular de algunas naciones, diócesis y
familias religiosas que lo pedían.
El
Sumo Pontífice Francisco, considerando atentamente que la promoción de esta
devoción puede incrementar el sentido materno de la Iglesia en los Pastores, en
los religiosos y en los fieles, así como la genuina piedad mariana, ha
establecido que la memoria de la bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia,
sea inscrita en el Calendario Romano el lunes después de Pentecostés y sea
celebrada cada año.
Esta
celebración nos ayudará a recordar que el crecimiento de la vida cristiana,
debe fundamentarse en el misterio de la Cruz, en la ofrenda de Cristo en el banquete
eucarístico, y en la Virgen oferente, Madre del Redentor y de los redimidos.
Por
tanto, tal memoria deberá aparecer en todos los Calendarios y Libros litúrgicos
para la celebración de la Misa y de la Liturgia de las Horas: los respectivos
textos litúrgicos se adjuntan a este decreto y sus traducciones, aprobadas por
las Conferencias Episcopales, serán publicadas después de ser confirmadas por
este Dicasterio.
Donde
la celebración de la bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, ya se
celebra en un día diverso con un grado litúrgico más elevado, según el derecho
particular aprobado, puede seguir celebrándose en el futuro del mismo modo.
Sin
que obste nada en contrario.
En
la sede de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los
Sacramentos, a 11 de febrero de 2018, memoria de la bienaventurada Virgen María
de Lourdes.
Robert
Card. Sarah
Prefecto
©
Librería Editorial Vaticano
Fuente:
Zenit






