Antonio Quarracino, un hombre imprescindible en la
historia de la Iglesia en Argentina
Cuenta un viejo jesuita que convivió años
con el padre Jorge Bergoglio en el Colegio Máximo que desde su función de
rector de esta casa de formación de la Compañía de Jesús, aún siendo joven,
distintos obispos fueron conociendo de a poco al padre Bergoglio.
Ocurre que en
el Máximo se formaban los futuros sacerdotes de numerosas diócesis y debían
visitarlo frecuentemente, y se organizaban actividades con ponentes y
asistentes internacionales que congregaban a varios de ellos.
Entre los que
por aquellos años comenzaron a escuchar del Padre Bergoglio, estaba un ya
experimentado obispo argentino, con mucha experiencia en el CELAM, la
Conferencia del Episcopado Latinoamericano, que aún no había sido designado
para la arquidiócesis primada de la Argentina.
Antonio Quarracino vio las dotes pastorales
de Bergoglio, dicen algunos biógrafos, en un retiro espiritual que el jesuita
predicó en Córdoba en 1988.
A los dos
años, Quarracino, por entones arzobispo de La Plata, fue designado arzobispo de
Buenos Aires. Al poco tiempo, pidió al papa Juan Pablo II que le designaran a
este jesuita destinado en Córdoba obispo auxiliar suyo.
Lo ordenó
obispo el 27 de junio de 1992. Y a los 5 años, su auxiliar fue designado coadjutor,
algo impensado para la arquidiócesis primada argentina y algo impensado sin su
propio impulso.
Le tocó al ya
arzobispo Bergoglio presidir la misa de cuerpo presente con la que se despidió
al cardenal Antonio Quarracino tras su fallecimiento, ocurrido el 28 de febrero
de 1998.
Asistieron
las más importantes autoridades políticas del país, desde el presidente Carlos
Menem, su vicepresidente Carlos Ruckauf, todos los ministros, y el jefe de
gobierno de la ciudad luego presidente Fernando de la Rúa.
En su
homilía, el recientemente asumido arzobispo Bergoglio (como coadjutor asumió la
diócesis inmediatamente tras el deceso de Quarracino), destacó el corazón
misericordioso de su antecesor.
Diez años
después, al celebrar la misa en su memoria, el ya cardenal Bergoglio evocó “a
quien anunció y testimonió el Evangelio, y con la valentía y frescura de sus
palabras fue un verdadero pastor que conservó con coraje los valores”.
Quarracino
había nacido el 8 de agosto de 1923 en Salerno, Italia, pero vivía desde los 4
años en la Argentina. Ordenado sacerdote en Luján a los 22 años, fue designado
obispo de Nueve de Julio en 1962, y pudo participar de todas las sesiones del
Concilio Vaticano II.
Luego, antes
de ser trasladado a Buenos Aires, fue obispo de Avellaneda y arzobispo de La
Plata.
Si de Bergoglio se dice que rompe los
moldes y escapa al protocolo, ha de reconocerse que su antecesor en Buenos
Aires fue un maestro en aquello antes que él.
También en
cuanto a la formulación de frases contundentes, que en algunos casos le ganaron
más de un adversario. Sencillamente campechano.
Los restos
del cardenal Quarracino descansan desde hace 20 años a los pies de la imagen de
la Virgen de Luján en la catedral de Buenos Aires. Algunos hablan de él como un
descubridor del cardenal Jorge Bergoglio.
Pero, independientemente
de eso, dudoso puesto que ya varios conocían las dotes pastorales del hoy papa
Francisco, fue un hombre imprescindible en la historia de la Iglesia en
Argentina.
Esteban Pittaro
Fuente:
Aleteia






