Aprende a utilizarlas para que no te esclavicen
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Tienen algo las pantallas que atrapan. Las
pantallas de los móviles, de los ordenadores, de las Tablets. Me sacan de mi
mundo real y me llevan fuera, muy lejos, a otro lugar.
Con frecuencia son una ayuda que
me pone en contacto con mucha gente. No quiero descalificarlas. Como leía el
otro día, son sólo herramientas:
“Este
mundo de la información nos ofrece herramientas. Y las herramientas en sí no
son ni un problema ni una bendición, sino una oportunidad. Lo que tenemos que
hacer es aprender a utilizarlas, y también detectar
las dinámicas tramposas en las que nos pueden sumir”[1].
Creo que las
pantallas ejercen sobre mí un poder seductor. Me encanta su
luz, su movimiento. Me abren a un espacio que parece infinito. Un bosque del
que sólo percibo los primeros árboles.
Vuelo al futuro, regreso al
pasado. Y como soy curioso me adentro buscando. Y súbitamente
me encuentro fuera de la realidad que toco.
Dejo
de escuchar preguntas, de mirar a los ojos, de caminar mirando a la gente. Y la pantalla me atrae y seduce con una
fuerza irresistible.
Las pantallas tienen una luz
especial. Parece en ellas todo mágico. Puedo decir lo que pienso sin tanto miedo
al rechazo. Y puedo ocultar lo que pienso sin miedo a ser descubierto.
Tienen algo las pantallas que me
sacan de mi tristeza y melancolía. En los juegos me siento poderoso. Y en las
comunicaciones me veo más exitoso que en la vida real. De lejos
tal vez parezco tener mejor aspecto.
La pantalla me cautiva y me dejo
llevar por su invitación constante a cambiarme de lugar. Desaparezco de la
vista de los presentes. Me ausento siendo aún visible.
No logro desaparecer del todo. Son más bien los demás los que desaparecen.
Tienen
las pantallas algo mágico. Me
hacen pensar que tengo poderes especiales. Y me hacen creer que tengo más
amplitud de mente para hacer varias cosas a la vez sin dispersarme. Vana
ilusión.
Tienen las pantallas un toque
casi divino. Traigo a mi mundo al que está lejos. Y alejo de mi cercanía al que
está cerca.
Digo lo que quiero impunemente.
Nadie me puede hacer daño si decido apagar la pantalla. Es la puerta de entrada
y de salida.
Tienen
las pantallas el poder de cambiar mi ánimo. Una noticia buena o mala. Un mensaje que
me hace daño o me alegra.
He descubierto de golpe que soy
un niño en edad de aprender a comunicarme. Antes sabía, sí, eso creía yo, antes
de las pantallas.
Pero luego, cuando aparecieron,
desaprendí lo aprendido. Olvidé lo recordado. Ya no recuerdo un solo número de
teléfono. Me he vuelto más perezoso.
Y
creo que Google es ese Dios que lo sabe todo. Y yo, solo por un momento, también
necesito saberlo.
Intento cuidar más a los que
tengo cerca. Pero se interponen entre ellos y yo una pantalla mágica. No logro
verlos como antes. Porque tienen prioridad los mil avisos que me
dicen que alguien, lejano o cercano, me pide algo.
Y yo, no sé si por curiosidad, por
generosidad o por un afán no reconocido de ser necesario, voy raudo a dar
respuesta. Porque es inmediato lo que el otro espera.
Porque para eso fue inventada esta
pantalla invasiva que altera mis conductas, mis hábitos y mis tiempos.
Tengo
que aprender ahora, como los niños, a comunicarme de verdad. Más que con
palabras con los gestos, con el corazón.
Lo he olvidado y los
emoticonos que envío no pueden reemplazar mis abrazos de antes o mis besos.
Mis palabras entrecortadas que
se deslizan por la pantalla no logran llenar los vacíos que antes llenaban de
vida mis conversaciones profundas, tal vez más verdaderas. Seguro que más
humanas.
Quiero tocar la pantalla. Como
un niño que descubre en su brillo, en su magia, algo nuevo. Pero decido al
mismo tiempo que tengo que aprender a utilizarla. Para no
ser un esclavo atado con cadenas. Con un peso en los pies
que no me deja moverme.
Quiero luchar por ahondar en los
vínculos que tengo. Quiero vivir en presente y no dejar pasar el tiempo. Quiero
ser yo mismo para los demás y no esconderme detrás de mil caretas.
Respondo desde el alma y no
quiero sólo dar rápidas respuestas. Es lo que quiero. Es lo que sueño ante
estas mágicas pantallas que atrapan mi mirada.
Carlos Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






