No presiona, no fuerza, espera, respeta, insinúa,
seduce... y así es mejor
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| Ashley Batz/Unsplash | CC0 |
No creo que Dios sea un Dios de piedra que
no actúa. No quiero pensar en un Dios que sólo me mira desde lejos y no hace
nada al verme tropezar. No me gusta pensar en un Dios que no tira de mí y no me
lleva en sus brazos.
Sé, tengo esa certeza: Dios
actúa en mi vida. No permanece ausente y lejano viéndome tropezar.
Es mi Dios un Dios que me llama
por mi nombre. Resuena su voz en mis entrañas. Y me dice que me ama.
Tengo claro que las decisiones
que tomo en mi vida siempre tienen consecuencias. A veces me gustaría que no
fuera así. Actuar a mi manera sin sufrir nada negativo. No es así. Decido,
actúo y no siempre sale todo como yo quiero.
En mi vida siempre ha sido así. He
tomado algunos caminos, he dejado otros. He acertado, me he confundido. Pero
siempre mi Dios ha estado a mi lado. Nunca se ha desentendido.
Mi Dios no es un Dios mudo. Me
habla, me insinúa posibles soluciones, o respuestas y me muestra cuáles son sus
deseos, ese plan que me va a hacer más pleno y feliz. Pero me deja libre.
No presiona, no fuerza, espera, respeta, insinúa, seduce.
Esa forma de actuar no es la
mía. Yo no tengo tanta paciencia. No dejo actuar con tanta libertad. Quiero que
se hagan las cosas como yo deseo. No me gusta sufrir. No quiero el dolor ni la
prueba.
“La prueba, el obstáculo y la dificultad
constituyen un momento de verdad de los deseos. Mientras que, por el contrario,
la ausencia de dificultades y una vida demasiado cómoda y tranquila no
ayudan a hacer realidad el deseo, sino que, paradójicamente, hacen que se
extingan las ganas de vivir”[1].
Me hace más fuerte el camino que
sigo. Creo más en sus planes que en los míos.
A
veces creo saber lo que les conviene a aquellos a los que amo.Tal vez porque pienso que no saben lo que
les conviene. Creo que no son capaces de decidir bien y quisiera yo decidir por
ellos. Marcarles el camino, evitar sus posibles caídas.
Siempre recuerdo una película de
ciencia ficción, Minority Report. En ella
algunas personas nacían con una sensibilidad especial para ver el futuro.
Sabían lo que iba a suceder. Se llamaban Precogs.
Con ese conocimiento la policía
podía evitar muchos crímenes. Se podría así vivir en una sociedad sin mal. Todo
se podía evitar mucho antes de que fuera a ocurrir.
A veces pienso que me gustaría
tener ese conocimiento previo de la realidad. Así evitaría traspiés, y no
caería en las redes de la tentación. No tomaría decisiones equivocadas.
¿Acertaría siempre?
Hay
tanto miedo hoy a no acertar con la decisión. Hay personas que pretenden evitar el
crimen mucho antes de que ocurra. No se fían, ponen demasiados límites y actúan
impidiendo actuar.
Hay muchos padres que sufren con
las decisiones inciertas de sus hijos. Temen por sus caídas. Les gustaría
evitarles cualquier mal.
Me gustaría ser un poco así. Un
poco como Dios. Con poder para intervenir y lograr siempre el objetivo marcado.
Un Dios que actúa, que no se mantiene ausente. Un Dios capaz de hacer el bien,
no un Dios impotente.
Esa
imagen de Dios pasivo atormenta a tantas personas. No evita el mal, no salva a un ser
querido, no hace posible lo que sueño y deseo. ¿No decía que me amaba?
Un Dios así puede cansarme o
lograr que no lo ame. ¿Cómo se puede amar a alguien al que no le intereso? ¿Dónde
está ese Dios que me lleva de la mano, o me sujeta en la palma de su mano?
Es un Dios sin capacidad para
intervenir. No logra parar el mal. Esta imagen de Dios me quita la paz. No es
mi Dios. El mío me habla muchas veces con palabras, con silencios, a través de
personas, a través de sucesos.
Creo en ese Dios que incendió mi
corazón con una pregunta vocacional que yo antes no tenía. Me hizo decir sí en
una tarde de lágrimas.
Creo en ese Dios que camina a mi
lado, corre, se detiene, abrazándome cuando dudo. Creo en ese Dios al que no
decepciono nunca. Porque no espera que lo haga todo perfecto. Sabe cómo soy y
ha puesto en mi camino personas y lugares donde reposar mi alma.
Creo en ese Dios que me quiere
como soy, sin quitar de mí nada de lo que a mí me estorba. No ha
evitado mis crímenes. No ha sujetado mis pies antes de la
caída, ni mi mano antes del golpe. No ha apagado mis gritos que han herido. Ni
ha calmado mis ansias en decisiones irresponsables.
Me hubiera gustado una mano
deteniéndome a la puerta del pecado, del abismo. O un Dios fuerte sujetando mis
arranques llenos de ira.
Pero se
mantuvo quieto a mi lado, esperando. Respetando mi libertad más
sagrada. Y así creo que ha sido mejor.
No ha evitado los crímenes que
pudo prever porque lo sabía ya todo. No me ha soltado cuando la cruz ha herido
mi piel tan frágil.
He notado su aliento cerca de mí
cuando intenté alejarme. Me ha dado la esperanza como alimento diario. Una risa
fácil para no ponerme tan serio, ni tan denso, ni tan crispado.
Me ha despertado de mis sueños
de vanidad cuando mi ego ha crecido demasiado. Ha tejido en mi alma un lugar de
luz en el que vivir tranquilo en medio de mis luchas. Un lugar lleno de fuego y
calma al mismo tiempo.
Miro mi historia sagrada y doy
gracias. Dios ha estado conmigo.
Como dice san Francisco de
Sales: “Si
todos los ángeles, todos los genios del mundo, hubiesen estudiado qué sería más
útil en tal o cual situación, o de qué serviría este sacrificio o aquel
sufrimiento, esta tentación o aquella pérdida dolorosa, no habrían podido
encontrar nada más conveniente para ti que lo que te ocurrió”[2].
Creo en ese Dios que ha tejido
conmigo mi historia. Ese Dios que me ha hablado y lo sigue haciendo. No siempre
lo entiendo. Creo en ese Dios que me ama con locura. No siempre lo siento. Creo
en ese Dios que ha actuado en mi vida. No siempre lo he visto.
Carlos Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






