Bajo la apariencia de un bien para los hombres pueden
esconderse mi orgullo, mi vanidad, mi soberbia
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| Andrey Krupenko - Shutterstock |
Tal vez la mayor debilidad de todo hombre
es el deseo de destacar, de triunfar. El deseo de ser valorado por todos y
siempre.
Hoy en día se valora al que sabe
mucho. Al que está bien formado. A aquel que queda por encima de los demás en
una discusión.
El que cuenta es el que mejor
argumenta, el que más sabe, el que más grita. El que pisa fuerte, aquel que
sabe lo que quiere y entiende de todo.
Valoro
al que habla bien, al que se explica con claridad. Al inteligente, al culto.
Desprecio al ignorante. Paso por alto al que no destaca. Humillo al que no
tiene éxito en su vida.
Me gustan los primeros puestos. Me
gusta destacar, sobresalir, vencer, triunfar. El olvido y el desprecio me
hieren en lo profundo.
Jesús no ve así la vida, yo sí. Para
Él lo primero no es quedar por encima. Lo primero es el hombre, sus problemas,
sus necesidades. No piensa en Él mismo, sino en el otro. El
prójimo es el que importa.
Leía el otro día: “Lo
primero para Jesús es la vida de la gente, no la religión. Al oírle hablar y,
sobre todo, al verle curar a los enfermos, liberar de su mal a los endemoniados
y defender a los más despreciados, tienen la impresión de que Dios
se interesa realmente por su vida y no tanto por cuestiones «religiosas» que a ellos se les escapan. El reino
de Dios responde a sus aspiraciones más hondas”[1].
No se fija Jesús en si el hombre
cumple con todo, si tiene una vida religiosa ordenada. Va a las necesidades
primeras. A su hambre, a su sed, a su enfermedad.
Lo primero es el hombre en su
verdad. Ante él se arrodilla Jesús para tenderle la mano. El
primero es el otro.
Los discípulos intentan pensar
en sí mismos. ¡Qué difícil es dejar a un lado el propio
ego! Lo experimento una y otra vez en mi pecado.
Comenta el padre José Kentenich: “Dios
es amor. ¡Si estuviéramos hondamente colmados y captados por esta verdad! Dios
no puede hacer otra cosa que amar, su deseo de amar es inconmensurable. ¡Si el
hombre supiese despejar los obstáculos que se le oponen a esa voluntad de amar,
a esa voluntad de comunicarse que tiene Dios! El único escollo es el pecado, el
egoísmo, la egolatría”[2].
Mi
egoísmo me cierra al amor de Dios.
Quiero ser el primero. Quiero ser como Dios. Tener poder y destacar. Ocupar los
primeros puestos. Mi ego, mi ansia de valer.
Mi herida por no haber sido
valorado muchas veces. Cuando me despreciaron, cuando no tomaron en cuenta mi
aporte.
Es como si necesitara siempre,
en todo lo que hago, el reconocimiento de los demás. Me duele el alma cuando me
ignoran y desprecian.
Me
falta libertad interior para vivir. El ego tiene peso en mí. Más de lo que yo quisiera.
Me gustaría aceptar las críticas
con humildad. Asumir los desprecios sin quejarme. Reconocer mi pobreza y
alegrarme cuando soy pequeño, no cuando soy grande. Vencer a mi ego por encima
de todo.
Pero sé que no es tan sencillo. Tiendo
a buscarme a mí mismo incluso cuando pretendo cambiar el mundo con mi amor.
En ese momento de entrega
generosa parece que soy más libre de mi yo. Pero pronto descubro
intenciones ocultas que me desconciertan. ¿Hasta dónde
llega mi generosidad?
El ego sale a mi paso
bloqueándome la salida. Me perturba ese deseo mío de dar la talla,
de estar a la altura.
No quiero defraudar a nadie, me
digo a mí mismo. Tal vez una más de mis mentiras. Es a mí a quien no quiero
defraudar. Es como si mi fracaso fuera un mal para otros. No, lo es para mí.
Es como la madre que sufre por
el fracaso escolar de su hijo. Muchas veces no le preocupa tanto su hijo. Es su
orgullo como madre el que está herido.
Y yo tiendo a hacer lo mismo. Mi ego
busca el reconocimiento del mundo. Discuto con los que están
más cerca tratando de ser yo el primero. ¿Quién tiene más motivos para
destacar, para sobresalir?
Jesús sabe que voy hablando de
mi ego. Que voy cuidando mi imagen. Bajo la apariencia de un bien para los
hombres se esconden mi orgullo, mi vanidad, mi soberbia.
Yo por encima del mundo. Yo en
el primer puesto sin que nadie pueda cuestionar la superioridad de mi
inteligencia. Valgo. Soy más.
Me siento mejor y deseo los
primeros puestos. No acepto las críticas. Me molesta el desprecio de los que me
rodean. En el trabajo, en la familia, en entornos religiosos.
Mucha gente se presenta luciendo
sus títulos, sus logros. También en la Iglesia. Presentan sus éxitos
apostólicos. Es como si lo oculto no mereciera la pena. Hacen todo para ser
vistos.
Es importante lo que los demás
ven y valoran en mí. Mi entrega y mi generosidad no pueden pasar
desapercibidas.
Carlos Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






