“¿Es posible que no hayan podido quedarse despiertos conmigo, ni siquiera una hora?” (Mt 26, 40)
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Pascal Deloche / Godong |
La
adoración eucarística es uno de los tesoros más preciosos de la vida de la
Iglesia. Por desgracia, no siempre sabemos cómo pasar tanto tiempo ante el
Santísimo Sacramento. Aquí tienes algunos consejos para que tu tiempo de
adoración produzca los mejores frutos espirituales posibles.
A
veces, en tu parroquia, durante un retiro o incluso una visita al Sagrado
Corazón, Jesús-Hostia sale de su tabernáculo. Una hostia consagrada se expone
en el altar en una especie de objeto de oro o plata en forma de sol llamado
custodia u ostensorio. Estás siendo invitado a pasar algún tiempo ante Jesús,
presente en el Santísimo Sacramento. Generalmente, se recomienda una duración
de una hora: “¿Es posible que no hayan podido quedarse despiertos conmigo, ni
siquiera una hora?” (Mt 26, 40), dijo Jesús a sus discípulos tras encontrarlos
dormidos en Getsemaní.
Como
a los discípulos, a todos nos resulta difícil permanecer en adoración durante una
hora sin dejarnos arrastrar por las distracciones o el sueño (¡hay quien
califica esto de “ador(mir)ación”!).
Aquí
algunos consejos para permanecer una hora en presencia de Jesús-Eucaristía sin
quedarse dormido:
Mirar a Cristo con ojos de
amor
Para
empezar, permite que Cristo te mire. Recuerda que él decidió pasar este tiempo
contigo. En este momento, es bueno permanecer de rodillas por un tiempo (si tu
salud lo permite) para reconocer tu pequeñez ante el misterio de la encarnación
y de la presencia real. Pero recuerda: cualquiera que sea la actitud de tu
cuerpo, debe reflejar tu movimiento interior, la mirada de amor que dedicas a
Cristo.
Esta
mirada de amor es la misma del joven hacia su prometida el día de su boda, la
de una madre hacia su bebé recién nacido o hacia su hijo o hija que acaba de
regresar de un largo viaje. Es una mirada llena de intimidad, silencio,
alegría. Esto es lo que debemos buscar cuando nos ponemos en presencia de
Jesús-Eucaristía. Y si no sientes nada, debes saber que Él sí. Está
infinitamente más feliz de verte de lo que nosotros podríamos estarlo.
Pasar tiempo con Jesús
Si
no sabes qué decir o qué hacer, lo importante es pasar tiempo con Jesucristo,
el rostro mismo del amor. Es la base de cualquier relación: pasar tiempo con el
otro. Aprendamos a sentarnos a los pies de Jesús, a escoger “la mejor parte”,
como María de Betania (Lc 10, 42). De este modo, podremos abrir nuestros
oídos a la voluntad del Señor y rezar con Jesús el Padre Nuestro: “Hágase
Tu voluntad”.
Ante
el Santísimo Sacramento, puedes rezar con la Biblia. Elige un pasaje y léelo
varias veces. Saboréalo en la boca como si fuera un buen vino. Esto te permitirá
enfocar tus pensamientos en el Señor y no abandonarte a las distracciones.
Pídele también al Espíritu Santo que te ayude a entender lo que estás leyendo.
También
puedes rezar el rosario. La Virgen María amó a Jesús más que nadie. A través de
los misterios del rosario, ella puede ayudarte a meditar sobre la vida de su
Hijo: contemplarlo el día de su nacimiento, de su pasión, de su muerte y de su
resurrección. Ora con ella: ella te enseñará a hacer “todo lo que él os diga”.
Puede
ser beneficioso cantar interiormente. Seguro que tienes un himno favorito que
te sabes de memoria. Es un buen momento para cantarlo en tu cabeza, para el
Señor.
Si
a pesar de todo esto estás distraído, no es tan grave. No pierdas el tiempo
ahuyentando tus distracciones: ofrécelas al Señor. Si el sueño te gana, no
malgastes tus energías luchando: “Dios concede el sueño a sus amados” (Sal 127).
Si no aguantas una hora, recuerda que media hora de culto es suficiente para
obtener una indulgencia plenaria en las condiciones habituales (comunión y
confesión en los ocho días, oración por las intenciones del Papa). O puedes
dividir esa hora en tramos de diez minutos cada día. Lo importante es que hayas
dado este paso de compartir tiempo con Cristo, presente en la Eucaristía.
Por
supuesto, aunque el Santísimo Sacramento no esté expuesto, nada te impide
entrar en una iglesia para orar delante del tabernáculo (de hecho, ¡es muy
recomendable!).
¡Venite
adoremus Dominum! (¡Venid, adoremos al Señor!)
Sherry Antonetti/Foucauld Boutte
Fuente:
Aleteia