¿Seguro que soy responsable de tantas cosas, de tantas
misiones, de tantas personas?
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| Dragana Gordic I Shutterstock |
Me gusta saber las cosas que suceden a mi
alrededor, en el mundo, lejos de mí y cerca. Quiero estar al tanto de todo y no
perderme nada importante.
Tal vez padezco esa enfermedad
de la que me hablaban el otro día, una enfermedad muy actual. La denominan “Fomo”,
con siglas en inglés.
Es el miedo
a quedar fuera de algo importante. El miedo a no saber, el miedo a no ser
tomado en cuenta, el miedo a perderme las cosas que merecen la
pena, el miedo a no ser invitado al lugar en el que sucede lo más relevante. El
miedo a pasar desapercibido, a ser invisible.
No hay nada peor que me digan: “Justo
cuando te fuiste empezó lo bueno”. ¿Será verdad o lo dicen para
hacerme daño?
¡Cuánta gente acude a una
fiesta, a un encuentro, con la única intención de no quedarse fuera! Aunque se
aburran, aunque no quieran ir.
El miedo a no estar de moda,
activo en la última corriente. El miedo a no haber visto la última película, la
última serie o leído el último libro. Ese miedo a que la corriente del río pase
con fuerza a mi lado y yo no me entere de nada.
El miedo a quedar fuera, al
borde del camino y que todos sigan felices el suyo. Como si tuviera que estar siempre
al tanto de todo y necesitara saberlo todo.
El miedo tal vez a quedarme
solo, sin que nadie me tome en cuenta. Ese miedo inconsciente a permanecer fuera
del mundo social que me exige estar activo cada día, cada
hora.
Tal vez me pesa el deseo del postureo.
Estar parece lo importante. Figurar. Ser visto. Como si fuera lo decisivo para
tener una vida plena.
La
apariencia casi cuenta más que lo que no se ve. Lo que los demás ven y valoran es lo que
existe. El juicio que tienen sobre mí. La opinión de los otros. La palabra
acaba creando la realidad.
¿Es eso lo que más me inquieta? ¿Me
influye tanto lo que los demás puedan decir de mí? Me siento obligado a estar a
la altura de los mejores, de lo que los demás esperan.
Puede
que me pese demasiado el afán por ser responsable. Creo que soy responsable de tantas
cosas, de tantas misiones, de tantas personas… No puedo fallar. Necesito estar
a la altura.
La responsabilidad, lo que tengo
que hacer, lo que los otros esperan de mí. ¿Acaso no me pesa demasiado? Es como
un fardo que cargo cada día. Soy responsable. No fallo, no me detengo.
Pero a veces tengo miedo de no
saber bien lo que tengo que hacer. ¿Cómo puedo saberlo?
Leía el otro día: “Ahora
solo quedo yo, y por lo visto no sé nada, ni siquiera cuál es mi deber. ¿Cómo
puedo cumplir con mi deber si no sé en qué consiste?”.
Me obsesiona que me aprueben, me
reconozcan y aplaudan. Necesito el sí de los que me rodean para poder seguir
luchando.
¿No
me basta el sí de Dios en medio de mis luchas? ¿No es suficiente su mirada
misericordiosa sobre mi vida cuando me encuentro débil y me tambaleo?
Jesús me ve siempre. Él sabe que estoy
en el mejor lugar. Aunque no esté al tanto de todo. Aunque no
lo sepa todo.
Tomo
mis opciones y Jesús me mira y sostiene. Y como hombre que soy, mis opciones suponen siempre renuncias.
El camino que sigo deja de lado
otros caminos posibles, otras vidas, otras elecciones. El lugar en el que vivo
me ausenta del otro lugar en el que suceden otras cosas, en el que también
podía estar.
Puede que me pierda muchas cosas
haciendo otras. Eso no es lo decisivo. No tengo el don de la bilocación.
Estoy
en un solo lugar y lo vuelvo a elegir. Con algunas personas a las que elijo de nuevo. No quiero
saber más de lo que sé. Ni estar al tanto de todo lo que sucede.
Sólo
quiero saber cuál es mi responsabilidad ahora, en este momento presente. Lo que Dios
quiere de mí. Y quiero estar feliz haciéndolo sin miedo,
aunque nadie me vea y aunque no lo sepa todo de todos. Sólo necesito el abrazo
de Dios para seguir en mi lucha.
La Biblia me anima a la
confianza. “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti”. Sé
lo que tengo que hacer. Me refugio en Dios y confío en ese amor que
me sostiene.
Quiero saber vivir y enseñar a
vivir a los demás. Es mi única responsabilidad: “Los doctos brillarán como el fulgor del
firmamento, y los que enseñaron a la multitud la justicia, como las estrellas,
por toda la eternidad”.
Quiero ser docto. Quiero ser
justo. Quiero enseñar la justicia a los que están en mi camino. Mi
vida puede cambiar la realidad que me rodea.
No me estoy perdiendo nada
importante porque yo construyo mi vida de la mano de Dios. Eso es lo único que
sé y con eso me basta para ser feliz.
Estoy en el mejor lugar. Con
las mejores personas. Haciendo lo que mejor sé hacer. ¿Para qué necesito más?
Carlos Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






