Los compromisos de fidelidad se diluyen entre los
dedos cuando creía que todo era tan seguro y firme, lo presente no me llena
totalmente
La muerte no es el último escalón. El
final no es la muerte sino la vida. No es la oscuridad sino la luz eterna.
Las estrellas
se caen. Reina la oscuridad. Pero brilla la llegada de Dios con todo su poder. La batalla no está
perdida.
Dios brilla en medio de las tinieblas. Me
llena de esperanza saber que estoy hecho para la vida eterna.
Los pasos en esta vida son
pocos. No sé si mañana seguiré aquí. Por eso quiero vivir
el presente con esperanza.
Me
consuela saber que Jesús no me va a dejar nunca y vendrá a buscarme el último
día. Yo confío en su
poder. El deseo de mi corazón es muy fuerte. El deseo de una vida para siempre
junto a Él.
Leía el otro día: “Un
fuerte nexo con la esperanza, con la dimensión futura de la vida, con la
apertura a las posibilidades que pueden realizarse: en el deseo ya está
presente un elemento de posible éxito, de propensión a verse convertido en
realidad, y en este campo la esperanza constituye un estímulo en orden a actuar
y a tomar la iniciativa”[1]. El
deseo de vivir para Dios.
A menudo me confronto con mi
fragilidad y pierdo la esperanza. O veo la caducidad del tiempo y temo no
llegar nunca a esa vida eterna que tanto deseo. Una felicidad para siempre.
Un cielo en el que no haya oscuridad, ni desaliento.
Me gusta la palabra siempre.
Sobre todo, cuando tiene que ver con los deseos de mi alma. Quiero ser yo mismo
siempre. No quiero perder mi originalidad.
Quiero amar a los que amo
siempre. No me gusta pensar que me pueda cansar de amar. Quiero luchar por lo
que me atrae siempre. Y no tirar la toalla ante las primeras dificultades en la
vida.
Como decía el papa Francisco
hablando del matrimonio: “Quien está enamorado no se plantea que esa
relación pueda ser sólo por un tiempo; quien vive intensamente la alegría de
casarse no está pensando en algo pasajero”[2].
El amor lleva en su seno una
semilla de eternidad. El sí que se dan los que se aman quiere ser
un sí para siempre.
Es cierto que el siempre entra
en confrontación con el punto final que me hace presente la vida caduca que
vivo. El amor se desgasta, y el cuerpo, y el espíritu.
¿Dónde
se esconde entonces esa eternidad que sueño? Los días caen uno tras otro sin que pueda
retenerlos.
Pierdo a los que más amo sin
poder conservarlos a mi lado para siempre. La vida que vivo da muchas vueltas y los
compromisos de fidelidad se diluyen entre los dedos cuando creía que todo era
tan seguro y firme.
Miro las estrellas fijas en el
cielo buscando esperanza. La verdad es que no quiero cansarme de alzar la mirada al
cielo y correr hacia delante.
Dios me ha hecho de tal forma
que lo
presente no me llena totalmente. Sigue existiendo en mi interior
un vacío que me duele.
¿Eres feliz? Me preguntan. Yo
sonrío. ¿Tienes una vida plena? Me lanzan a bocajarro. ¿Amas y eres amado? Y yo
me quedo en silencio.
Sí.
Soy amado. Amo. Tengo una vida plena. Al menos la quiero tener, la deseo, la sueño. Quiero
abrazar el hoy y vestirlo de siempre para que no me canse nunca de la vida que
vivo.
¿Es esto lo que soñabas para tu
vida? De nuevo sonrío. No sé bien lo que soñaba cuando era más joven. Sólo sé
que quería ser libre y amar sin cansarme. Y no llevar una vida burguesa lejos
de Dios.
Por eso me gusta lo que vivo. Y
además quiero que mi sí de ahora no deje nunca de ser un sí firme, alegre y
convencido.
Deseo
un sí grabado en roca, un sí para siempre. Un sí impreso a fuego dentro de mi alma.
En el fondo de mi corazón vive la esperanza de tocar a Dios, de sentir su
abrazo.
Repito con fuerza ese sí que a
veces pronunciaré con menos entusiasmo. El sí fiel del hombre en el camino de
la vida es el mismo que yo pronuncio con voz de ángel.
Es un sí en el que hay
oscuridades que no me dejan ver la eternidad. Y el tiempo no logra hacerlo todo
posible, eso lo compruebo.
No quiero vivir con miedo al
sentir que el futuro no lo controlo. No lo domino. Desconozco todos los
posibles contratiempos que me esperan. Son muchos. Pero no pierdo la alegría.
Cargo la misma cruz de Jesús. En
Él quiero vivir alegre, como me dice el P. Kentenich. En las pérdidas, en las
ausencias.
“¿No
podríamos, deberíamos y sería nuestra obligación, hacer que todas esas fuentes
de dolor manen en nosotros como fuentes de alegría? ¡Cuánto
dolor, cuánta cruz y sufrimiento nos estará esperando y habremos de soportar!
Pero ¿qué es todo eso frente al sufrimiento que debió soportar Cristo a través
de la persecución exterior, el asesinato, el homicidio y la muerte? Si quiero
tener en plenitud en mí las alegrías de Cristo, debo saborear también las
alegrías de la cruz y del sufrimiento”[3].
Recorro su camino. Su misma
cruz, su muerte. La oscuridad de días que me turbarán y querrán quitarme la
esperanza.
Pero ahí mismo, en la cuna del
dolor más hondo, con el corazón desgarrado por la pérdida, quiero pedirle a
Dios el don de sonreír.
Siempre hay esperanza. Es lo
último que puedo perder en las batallas de la vida. Alzo la mirada y miro al
cielo, las estrellas en medio de la noche.
¿Cómo
voy a dejar de soñar con lo que aún no poseo plenamente?
Carlos Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






