La vía hacia la verdadera unidad está en imitar entre
nosotros, en la Iglesia, esa compenetración divina, ¡entra en la Trinidad!
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Hay un “lugar”, sólo uno en el universo,
donde se da la unidad perfecta entre personas, el amor al otro como a uno
mismo. Ese lugar es la Trinidad. El predicador del Papa, Raniero Cantalamessa
invitó hoy 14 de diciembre a entrar en ese Dios vivo, en su segunda predicación
de Adviento a la Curia romana, que reproducimos íntegra traducida al español:
Cuando se trata del conocimiento
del Dios vivo, una experiencia vale más que muchos razonamientos y yo quisiera
empezar esta segunda meditación precisamente con una experiencia.
Hace tiempo recibí la carta de
una persona a la que seguía espiritualmente, una mujer casada, fallecida hace
algunos años.
La autenticidad de sus
experiencias está confirmada por el hecho de que se las ha llevado consigo a la
tumba, sin hablar nunca a nadie, excepto a su padre espiritual.
Pero todas las gracias
pertenecen a la Iglesia y quiero, por eso, compartirla con vosotros, ahora que
ella está junto a Dios. Ella me ha hecho recordar la experiencia de Moisés ante
la zarza ardiente. Decía:
Una mañana,
mientras esperaba en mi habitación a que vinieran a vestirme, miraba un gran tilo
que extendía las ramas delante de la ventana. El sol naciente le envestía por
delante. Quedé encantada de su belleza, cuando de golpe mi atención fue atraída
por un resplandor extraño, de un blanco extraordinario.
Cada hoja, cada rama se puso a vibrar como
llamitas de mil velas. Estuve más maravillada que cuando vi caer la primera
nieve de mi vida. Y mi sorpresa aumentó cuando —no sé si con los ojos del
cuerpo o no— en el centro de todo aquel brillo vi como una mirada y una
sonrisa de una belleza y de una benevolencia indecibles. Tenía el corazón que
latía enloquecido; sentí que esa potencia de amor me penetraba y tuve la
sensación de ser amada hasta lo más íntimo de mi ser. Duró un minuto, un minuto
y medio, no lo sé, para mí era la eternidad. Fui llevada de nuevo a la realidad
por un escalofrío helado que me pasó por el cuerpo y con gran tristeza me di
cuenta que la mirada y sonrisa se había desvanecido y que poco a poco el
esplendor del árbol se apagaba. Las hojas retomaron su aspecto ordinario y el tilo,
aunque investido por la luz radiante de un sol de verano, en comparación con su
esplendor anterior, con mi gran decepción me apareció oscuro como bajo un cielo
lluvioso.
No hablé a
nadie de este hecho, pero poco tiempo después, escuché a la cocinera y a otra
mujer que hablaban de Dios entre ellas. Pregunté: “¿Dios?
¿Quién es?”, intuyendo algo misterioso. “¡Pobre pequeña —dijo
la cocinera a la otra mujer—, la abuela es una pagana y no le enseña estas
cosas! Dios -dijo dirigida hacia mí– es aquel que ha hecho el cielo y la
tierra, los hombres y los animales. Es omnipotente y habita en el cielo”. Quedé
en silencio, pero dije dentro de mí: “¡Es a él a quien he visto!.”
Y, sin embargo,
estaba muy confusa. A mis ojos, la abuela era muy superior a estas mujeres de
servicio, y con todo, la cocinera había dicho que era una pagana porque no
conocía a Dios y yo había entendido que era un término despreciativo.
¿Quién tenía razón?
Una mañana esperaba a que vinieran a
vestirme. Estaba impaciente y deploraba el hecho de que mis vestidos de niña se
abotonaran por detrás. Al final no esperé más y dije: “Dios,
si tú existes y eres verdaderamente todopoderoso, abotóname el vestido sobre la
espalda para que pueda bajar al jardín”. No había
terminado de pronunciar estas palabras cuando mi vestido se encontró abotonado.
Me quedé con la boca abierta, aterrorizada por el efecto de mis palabras. Las
piernas me temblaban, me senté ante el espejo del armario para constatar si era
verdad y para retomar el aliento. No sabía aún qué significaba la frase “tentar
a Dios”, pero entendía que habría sido reducida a polvo si me hubiera opuesto a
su voluntad.
Toda una vida de santidad vivida
después confirma que todo esto no había sido el sueño o la imaginación de una
niña.
Dios es amor y por eso es Trinidad
Ahora proseguimos nuestra
reflexión sobre el Dios Viviente. ¿A quién nos dirigimos, nosotros
cristianos, cuando pronunciamos la palabra “Dios”, sin otra especificación?
¿A quién se refiere ese «tú»,
cuando, con las palabras del salmo, decimos: “Oh Dios, tú eres mi Dios” (Sal
63, 2)?
¿Quién responde a ello, por así
decirlo, al otro lado del cable? Ese “tú” no es simplemente Dios Padre, la
primera persona divina, como si hubiera existido o fuera pensable, un solo
instante, sin las otras dos.
Tampoco es la esencia divina
indeterminada, como si existiera una esencia divina que sólo en un segundo
momento se especifica en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.
El único Dios, aquel que en la
Biblia dice: “¡Yo Soy!”, es el Padre que engendra al Hijo y que, con
él, espira el Espíritu, comunicándoles toda su divinidad.
Es
el Dios comunión de amor,
en el que unidad y trinidad proceden de la
misma raíz y del mismo acto y forman una Tri-unidad, en la que
ninguna de las dos cosas —unidad y pluralidad— precede a la otra, o existe sin
la otra, ninguno de los dos niveles es superior al otro o más “profundo” que el
otro.
Ese “tú” al que nos dirigimos en
oración, según los casos y la gracia de cada uno, puede ser una de las tres
divinas personas en particular: el Padre, el Hijo Jesucristo, o el Espíritu
Santo, sin que se pierda el todo.
Por la comunión trinitaria, en
efecto, en cada persona divina están presentes las otras dos. La
Trinidad es como uno de esos triángulos musicales que por cualquier lado que se
toque vibra todo y da el mismo sonido.
El Dios vivo de los cristianos
no es otra cosa, en conclusión, que la Trinidad viviente.
La doctrina de la Trinidad está
contenida, como en germen, en la revelación de Dios
como amor. Decir: “Dios es amor” (1 Jn 4, 8) es decir: Dios es Trinidad.
Todo
amor implica un amante, un amado y un amor que los une. Todo amor es amor de alguien o de
algo; no se da un amor “vacío”, sin objeto.
Ahora bien, ¿quién ama a Dios, para ser
definido amor? ¿El hombre? Pero entonces es amor solo desde hace algún centenar
de millones de años.
¿Ama el universo? Pero entonces
es amor solo desde hace algunos mil millones de años. Y
antes, ¿a quién amaba Dios para ser el amor?
Los pensadores griegos y, en
general, las filosofías religiosas de todos los tiempos, al concebir a Dios,
sobre todo como “pensamiento”, podían responder: Dios se pensaba a sí mismo;
era “puro pensamiento”, “pensamiento de pensamiento”.
Pero esto no es posible, desde
el momento en que se dice que Dios es ante todo amor, porque el “puro amor de
sí mismo” sería puro egoísmo, que no es la exaltación máxima del amor, sino su
total negación.
Y he aquí la respuesta de la
revelación, expuesta por la Iglesia. Dios es amor desde siempre, ab
aeterno,
porque antes de que existiera un objeto fuera de sí para ser amado, tenía en sí
mismo al Verbo, el Hijo que amaba con amor infinito, es decir, “en el Espíritu
Santo”.
Esto no explica “cómo” la unidad
pueda ser simultáneamente Trinidad; esto es un misterio incognoscible por
nosotros porque ocurre sólo en Dios.
Sin embargo, nos ayuda a intuir
“por qué”, en Dios, la unidad debe ser también pluralidad: porque “¡Dios es
amor!”
Un Dios que fuera puro
conocimiento o pura ley, o puro poder, ciertamente no tendría ninguna necesidad
de ser trino.
Más aún, este hecho complicaría
las cosas y de hecho ¡ningún “triunvirato” ha durado largamente en la historia!
No así con un Dios que es ante todo amor, porque “no puede haber amor entre
menos de dos”.
“Es necesario —escribió Henri de
Lubac— que el mundo lo sepa: la revelación de Dios como amor desconcierta todo
lo que él había concebido anteriormente sobre la divinidad” [1].
Los cristianos creemos “en un solo Dios”, ¡no en un Dios solitario!
Contemplar la Trinidad para vencer la odiosa
división del mundo [2]
Ningún tratado sobre la Trinidad es capaz
de hacernos entrar en contacto vivo con ella como la contemplación del icono
de la Trinidad de Rublev, del que vemos una reproducción
en el mosaico que tenemos ante nosotros, en la cima de la pared de enfrente.
Pintado en 1425 para la Iglesia de San
Sergio, el icono fue declarado, por el “concilio de los cien capítulos” de
1551, modelo de todas las representaciones de la Trinidad.
Una cosa se debe notar
inmediatamente sobre esta imagen. No quiere representar directamente la
Trinidad, que, por definición, es invisible e inefable.
Esto habría sido contrario a
todos los cánones de la iconografía bizantina.
Directamente, representa la
escena de los tres ángeles aparecidos a Abraham en el encinar de Mambré (Gén
18, 1-15); lo demuestra claramente el hecho de que en otras pinturas del mismo
tema, antes y después de Rublev, en el icono aparecen también Abraham, Sara, el
becerro y, en el trasfondo, la encina.
Sin embargo, esta escena, a la
luz de la tradición patrística, se lee como una prefiguración de la Trinidad.
El icono es una de las formas que asume la lectura espiritual de la Biblia, es
decir, la interpretación de un hecho del Antiguo Testamento a la luz del Nuevo.
El dogma de la unidad y trinidad
de Dios se expresa en el icono de Rublev por el hecho de que las figuras
presentes son tres y muy distintas, pero muy semejantes entre sí.
Están contenidas idealmente dentro de un
círculo que destaca su unidad, mientras que el diverso movimiento,
especialmente de la cabeza, proclama su distinción.
Las tres visten, en el original,
una túnica de color azul, signo de la naturaleza divina que tienen en común;
pero encima, o debajo, de ella cada una tiene un color que la distingue de la
otra.
El Padre (identificado en género
con el ángel de la izquierda hacia el cual las otras dos personas inclinan la
cabeza), tiene una túnica de colores indefinibles, hecha casi de pura luz,
signo de su invisibilidad e inaccesibilidad; el Hijo, en el centro, viste una
túnica oscura, signo de la humanidad con la que se ha revestido; el Espíritu
Santo, el ángel de la derecha, un manto verde, signo de la vida, por ser él
quien “da la vida”.
Una cosa impacta sobre todo al
contemplar el icono de Rublev: la paz profunda y la unidad que emana del
conjunto.
Del
icono se desprende un silencioso grito: “Sed una sola cosa, como nosotros somos
una sola cosa”.
San Sergio de Radoneż, para cuyo
monasterio fue pintado el icono, se había distinguido en la historia rusa por
haber traído la unidad entre los jefes en discordia mutua y haber hecho así
posible la liberación de Rusia de los tártaros.
Su lema era: “Contemplando la
Santísima Trinidad, vencer la odiosa discordia de este mundo”. Rublev
quiso recoger la herencia espiritual del gran santo que había hecho de la Trinidad
la fuente inspiradora de su vida y de su labor.
De esta visión de la Trinidad
recogemos, pues, sobre todo el llamamiento a la unidad. Todos queremos la
unidad.
Después
de la palabra felicidad, no hay ninguna otra que responda a una necesidad tan
apremiante del corazón humano como la palabra unidad.
Nosotros somos “seres finitos,
capaces de infinito” y esto quiere decir que somos criaturas limitadas que
aspiramos a superar nuestro límite, para ser “todo de alguna manera”, quodammodo
omnia, como se dice en filosofía.
No nos resignamos a ser sólo lo
que somos. ¿Quién no recuerda, en los años juveniles, algún momento de ansiosa
necesidad de unidad, cuando hubiera querido que todo el universo fuera
encerrado en un punto y él estar, con todos los demás, en ese único punto,
mientras el sentido de separación y de soledad en el mundo se hacía sentir con
sufrimiento?
Santo Tomás de Aquino explica
todo esto diciendo: “Ya que la unidad (unum) es un principio del ser
como la bondad (bonum), resulta de ello que cada uno desea
naturalmente la unidad, como desea el bien. Por ello, como el amor o el deseo
del bien causa sufrimiento, así actúa también el amor o el deseo de unidad” [3] .
Todos, pues, queremos la unidad,
todos la deseamos desde lo profundo del corazón. ¿Por qué entonces es tan difícil hacer
unidad, si todos la deseamos tan ardientemente?
Es que nosotros queremos que se
haga la unidad, pero… en torno a nuestro punto de vista.
Nos parece tan obvio, tan razonable, que nos sorprendemos cómo los demás no se
den cuenta e insistan en cambio en su punto de vista.
Trazamos incluso delicadamente a
los demás el camino para llegar donde estamos nosotros y alcanzarnos en nuestro
centro.
El inconveniente es que el otro
está haciendo exactamente lo mismo conmigo. Por esta vía no se alcanzará nunca
ninguna unidad. Se hace el camino inverso.
La
Trinidad nos indica el verdadero camino hacia la unidad.
Partiendo de las personas divinas,
en lugar del concepto de naturaleza, los orientales han
encontrado que tenían que asegurar de otro modo la unidad divina. Lo han hecho
elaborando la doctrina de la perijóresis.
Aplicada a la Trinidad,
perijóresis (literalmente, mutua compenetración) expresa la
unión de las tres personas en la única esencia [4].
Gracias
a ella las tres Personas están unidas, sin confundirse; cada persona se
“identifica” en la otra, se da a la otra y hace ser a la otra. El concepto se basa en las palabras
de Cristo: “Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí”.
Jesús amplió este principio a la
relación que existe entre él y nosotros: “Yo estoy en el Padre y vosotros en mí
y yo en vosotros” (Jn 14, 20); “Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos
en la unidad” (Jn 17, 23).
La
vía hacia la verdadera unidad está en imitar entre nosotros, en la Iglesia, la
perijóresis divina.
San Pablo indica su fundamento cuando dice que “somos miembros los unos de los otros” (Rom
12, 5).
En Dios la perijóresis se basa
en la unidad de la naturaleza, en nosotros sobre el hecho de que somos “un
solo cuerpo y un solo Espíritu”.
El Apóstol nos ayuda a
comprender qué significa, en la práctica, vivir entre nosotros la perijóresis o
mutua compenetración: “Si un miembro sufre, todos los miembros sufren juntos; y
si un miembro es honrado, todos los miembros se alegran con él” (1 Cor 12, 26);
“Llevad el peso los unos de los otros, así cumpliréis la ley de Cristo” (Gál 6,
2).
Los
“pesos” de los demás son las enfermedades, los límites, los disgustos, y
también los defectos y los pecados.
Vivir
la perijóresis significa “identificarse” con el otro, ponerse, como suele
decirse, en su pellejo, intentar comprender, antes que juzgar.
Las tres personas divinas están
siempre comprometidas en glorificarse mutuamente. El Padre glorifica al Hijo;
el Hijo glorifica al Padre (Jn 17, 4); el Paráclito glorificará al Hijo (Jn 16,
14).
Cada persona se da a conocer
haciendo conocer a la otra. El Hijo enseña a clamar ¡Abba!; el Espíritu Santo enseña
a gritar: “¡Jesús es el Señor!” y “Ven, Señor” Maranatha. No enseñan
a pronunciar el nombre propio, sino el de las otras personas.
Hay
un solo “lugar” en el universo donde la regla “ama a tu prójimo como a ti
mismo” es puesta en práctica, en sentido absoluto, ¡y es en la Trinidad! Cada persona divina ama a la otra exactamente
como a sí misma.
¡Qué distinta es la atmósfera
que se respira cuando y en un cuerpo social nos esforzamos por vivir con estos
ideales sublimes ante los ojos!
Pensemos en una familia en la
que el marido defiende y exalta a la propia esposa ante los hijos y ante los
extraños, y lo mismo hace la mujer respecto al marido.
Pensamos en una comunidad en que
uno se esfuerza por poner en práctica la recomendación de Santiago: “No
murmuréis los unos de los otros, hermanos” (Sant 4, 11), o la de san Pablo: “Amaos
cordialmente con amor fraterno” (Rom 12, 10).
De este paso, uno podría incluso
llegar a alegrarse del nombramiento de otra persona que se estima en un
determinado puesto de honor (por ejemplo al cardenalato), como si hubiera sido
nombrado él mismo.
Pero dejemos decir estas cosas a
los santos, los únicos que tienen el derecho de hacerlo, porque las ponen en
práctica.
En una de sus admoniciones san
Francisco de Asís dice: “Bienaventurado aquel siervo que no se enorgullece por
el bien que el Señor dice y obra por medio de él, más que por el bien que dice
y obra por medio de otro” [5].
San Agustín decía al pueblo: “Si
amas la unidad, todo lo que en ella es poseído por alguien, ¡lo posees tú
también! Destierra la envidia y será tuyo lo que es mío, y
si yo destierro la envidia, es mío lo que tú posees. La envidia separa, la
caridad une… Solo la mano actúa en el cuerpo; pero ésta no actúa solo para sí,
actúa también para el ojo. Si está a punto de recibir un golpe que no está
dirigido a la mano, sino al rostro, ¿dice quizás la mano: “No me muevo, porque
el golpe no está dirigido a mí”?” [6].
Quería decir: si tú
te esfuerzas por poner el bien de la comunidad por encima de tu afirmación
personal, todo carisma y todo honor presente en ella será tuyo,
igual que en una familia unida el éxito de un miembro hace felices a todos los
demás.
Por eso, la caridad es “la mejor
vía de todas” (1 Cor 12, 31): ella multiplica los carismas, hace del carisma de
uno el carisma de todos.
Son cosas, me doy cuenta, fáciles
de decir, pero difíciles de poner en práctica; en cambio, es bonito saber que,
con la gracia de Dios, son posibles y algunas almas las han realizado y las
realizan también para nosotros en la Iglesia.
Contemplar
la Trinidad ayuda realmente a vencer “la odiosa discordia del mundo”. El primer milagro que el Espíritu obró en
Pentecostés fue hacer a los discípulos “concordes” (Hch 1, 14), “un solo
corazón y una sola alma” (Hch 4, 32).
Él está siempre dispuesto a
repetir este milagro, a transformar cada vez la dis-cordia en con-cordia.
Se
puede estar divididos en la mente, en lo que cada uno piensa acerca de
cuestiones doctrinales o pastorales legítimamente debatidas en la Iglesia, pero
nunca divididos en el corazón: In
dubiis libertas, in omnibus vero caritas.
Esto significa, propiamente,
imitar la unidad de la Trinidad; ella es, en efecto, “unidad
en la diversidad”.
Entrar en la Trinidad
Hay algo todavía más dichoso que podemos
hacer respecto a la Trinidad que contemplarla e imitarla, y es ¡entrar en ella!
Nosotros no
podemos abrazar el océano, pero podemos entrar en él; no
podemos abrazar el misterio de la Trinidad con nuestra mente, pero ¡podemos
entrar en él! Cristo nos ha dejado un medio concreto para hacerlo, la Eucaristía.
En el icono de Rublev, los tres ángeles
están dispuestos en círculo en torno a una mesa; sobre esa mesa hay una copa y
dentro de la copa, se vislumbra un cordero. No se podía decir de forma más
sencilla y eficaz que la Trinidad nos da cita cada día en la Eucaristía.
El banquete de Abraham en el
encinar de Mambré es figura de este banquete. La visita de los tres a Abraham
se renueva para nosotros cada vez que nos acercamos a la Comunión.
También aquí, es decir, a
propósito de la Eucaristía, es iluminadora la doctrina de la perijóresis trinitaria.
Ella nos dice que donde hay una persona de la Trinidad, allí están también las
otras dos, inseparablemente unidas.
En el momento de la Comunión se
realiza en sentido estricto la palabra de Cristo: “Yo en ellos y tú en mí”.
“Quien me ve a mí, ve al Padre”, quien me recibe a mí recibe al Padre. No
llegaremos nunca a valorar plenamente la gracia que se nos ofrece. ¡Comensales
de la Trinidad!
San Cirilo de Alejandría formuló con el
habitual rigor teológico, esta verdad que une indisolublemente Trinidad y
Eucaristía.
Dice: “Somos
consumados en la unidad con Dios Padre por medio de Cristo. Recibiendo, en
efecto, en nosotros corporal y espiritualmente, lo que el Hijo es por
naturaleza, nos hacemos partícipes y consortes de toda la naturaleza
suprema” [7].
La misma
persona de la que he referido el testimonio al principio, me confió, en otra
ocasión, una experiencia suya de la Trinidad.
Me permito
compartir también esta porque nos ayuda a entender que la Iglesia no es
solamente lo que la gente ve o piensa de ella. Decía:
“La otra
noche, el Espíritu me introdujo en el misterio del amor trinitario. El
intercambio extasiante de dar y recibir se obró también a través de mí: de
Cristo, a quien yo estaba unida, hacia el Padre y del Padre hacia el Hijo.
Pero, ¿cómo expresar lo inefable? No veía nada, pero era mucho más que ver, y
mis palabras son impotentes para traducir este intercambio en el júbilo, que se
respondía, se lanzaba, recibía y daba. Y de ese intercambio fluía una vida
intensa de Uno a Otro, como una leche tibia que fluye desde el seno de la madre
a la boca del niño agarrado a este bienestar. Y era yo aquel niño, era toda la
creación que participa en la vida, en el reino, en la gloria, habiendo sido
regenerada por Cristo. ¡Oh, Trinidad santa y viviente! Quedé como fuera de mí,
durante dos o tres días, y todavía hoy esta experiencia permanece fuertemente
grabada en mí”.
La Trinidad
no es sólo un misterio y un artículo de nuestra fe, es una realidad viva y
palpitante. Como decía al principio, el Dios vivo de la Biblia al que estamos
buscando no es otro que la Trinidad viviente. Que el Espíritu nos introduzca
también a nosotros en ella y nos haga gustar su dulce compañía.
© Traducido del original italiano por Pablo
Cervera Barranco
[2] Reproduzco aquí en parte lo que
escribí en mi libro Contemplando la Trinità (Àncora,
Milán 2002) 7ss [trad. esp. Contemplando la Trinidad(Monte
Carmelo, Burgos 62012).
[4] Cf. Ps. Cirilo de Alejandría, De
Trinitate, 23; PG 77 1164B; San Juan Damasceno, De
fide orthodoxa, 3,7.
Fuente:
Aleteia







