Para ser alegre, de entrada cambiar la mirada
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¿Qué tengo que hacer para cambiar de vida,
para mejorar, para ser feliz? ¿Qué tengo que hacer para alcanzar la vida
eterna?
A menudo vierten sobre mí esa
misma pregunta. Buscan recetas, o caminos de esperanza, o respuestas a
preguntas eternas.
A mí no me gusta vivir dando
consejos. Pensando lo que a otros les conviene hacer. Como si tuviera yo un
recetario para la vida.
Esa pregunta brota en el corazón
de cada uno. ¿Qué tengo que hacer?, me pregunto a mí
mismo. Yo mismo quiero encontrar la respuesta para mí. Aunque
no tenga la respuesta para todos.
Convertirse
significa cambiar de vida, de hábitos. Dejar de hacer el mal, y comenzar a hacer el bien en su
lugar.
Cambiar exige dejar de mirar la
vida como antes. Para ser alegre, cambio la mirada.
Sé que pierdo la alegría por cosas sin importancia. Mi mirada es estrecha,
autorreferente.
Me agobio cuando no coincide lo
que deseo con lo que tengo. La insatisfacción me llena de frustración. No soy
capaz de ser feliz a contracorriente. Dejando de sentir como todos sienten.
Sueño con una felicidad que es
más profunda, que viene de dentro. Necesito la conversión del corazón,
radicalidad de vida. Un cambio profundo.
Me
gustaría cambiar de golpe. Me cuesta dar ese paso. Lo intento. ¿Qué tengo que hacer?, le
pregunto a Jesús camino a Belén. ¿Qué tengo que dejar al borde del camino? ¿Qué
tengo que cambiar para ser feliz, para hacer que la vida de otros sea más
feliz?
A
menudo me obsesiono queriendo estar yo bien. Veo lo que me falta, lo que necesito.
Pienso en mí, sólo en mí. En lo que me falta para ser feliz.
Y se me olvida que el cambio de
mirada es lo que cambia todo. ¿Qué tengo que cambiar para que otros sean
más felices? Dejo de pensar en mí. En mi necesidad, en mis
gustos, en mis placeres.
Pienso en no hacer el mal. Pero
sobre todo en hacer el bien. Crecer en generosidad, en amabilidad.
Me acerco a mi prójimo que
camina conmigo en este Adviento. Aquel que está a mi lado. Busco hacer felices
a los que están conmigo.
Eso supone un cambio. Me
intereso por ellos, por sus vidas. Pienso en lo que necesitan. ¿Qué tengo que
hacer?
La
vida no consiste simplemente en no hacer el mal. Hay que hacer el bien. Hay que
amar. No sólo
consiste en no caer en el odio.
El
amor es concreto. ¿Qué quieres que haga por ti? El amor son obras, no buenas razones.
Amar desde dentro, con mi vida, con mi entrega, con mis gestos, con mi tiempo.
Me gusta Juan que escucha y
responde desde Dios. Aconseja y muestra una forma de vivir. Quiero vivir de tal
manera que mis actos sean testimonio de Jesús hecho carne. Que no me haga falta
hablar. Que sin palabras mis obras sean Palabra de Jesús.
¡Qué lejos estoy del cielo! Creo
que pienso mucho en mí, en lo que necesito para ser feliz, en lo que me falta y
me deja inquieto y triste.
¿De dónde viene esa tristeza que
tengo? Del miedo. Soy un convencido. Si dejara de vivir con miedo sería más
feliz.
¿Qué
tengo que hacer para no tener miedo? Me pongo en camino. Es mucho lo que hay por delante.
Mucho lo que me queda por hacer.
Me da miedo cambiar mis hábitos,
mis costumbres. Tengo miedo de preguntar, no vaya a ser que me exijan
demasiado. Tal vez me he habituado a la estabilidad y cualquier novedad me da
miedo.
En una película le decían al
protagonista: “Lo
tuyo es publicidad engañosa. Hablas de que te gustan la aventura y la novedad.
Pero lo que realmente amas es la estabilidad y los recuerdos”.
Me autoengaño. Digo que quiero
el riesgo de lo nuevo. La aventura de la inseguridad. Pero no es así. Me asusta
cualquier cambio de mis rutinas. Me da miedo perder los espacios seguros en
los que me creo feliz.
Quiero dejar de controlarlo
todo. Es tan difícil. Pretendo asegurar el mañana. Quiero seguir igual, como
hasta ahora, hasta el cielo. ¿No tengo nada que cambiar?
Sí, tengo
mucho que mejorar en mi corazón. Pero me resisto. Mis cadenas y
seguros. Mis miedos al cambio y a perder. Mis mentiras convertidas en hábitos.
Mis egoísmos que me intentan proteger.
Y los miedos que se entrelazan
como enredadera al tronco de mi alma. Y las nubes que ocultan la sonrisa detrás
de tristezas reconocidas.
Puedo cambiar. Puedo
hacer más cosas. Para que otros sean felices. Para que así yo mismo sea más
feliz.
Carlos Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






