En
el niño Jesús, envuelto en pañales y acostado en un pesebre, descubriremos la
ternura de Dios, su amor incondicional
Compartimos
con todos esta hermosa reflexión, escrita por Lauren Sevillano, consiliario de
Frater Salamanca, con la que os queremos desear, desde el Equipo Diocesano de
Segovia, una santa y feliz Navidad para cada uno de vosotros, vuestras familias
y todas las personas que, como el Niño Jesús, se sienten débiles, frágiles pero
que transmiten a los demás una inmensa ternura.
“Poco a poco, nos vamos
acercando a la Navidad. Y descubriremos una vez más el Misterio de la ternura
de Dios. La ternura, por definición, es un sentimiento afectuoso y
desinteresado que nos impulsa amar, proteger y cuidar a una persona frágil,
delicada y necesitada de cuidados. Sentir ternura ennoblece a la persona, pues
no reconoce en el otro a un ser inferior, sino a alguien infinitamente valioso
que nos necesita. En la ternura, no hay cabida para el egoísmo, ni para el
orgullo individualista, ni para los propios intereses, sólo es posible el
asombro.
Llama la atención cómo
los recuerdos que quedan grabados en el corazón de las personas no tienen que
ver con el éxito o el triunfo sino con las experiencias de encuentros donde
hemos vivido y sentido gratuidad y el cariño. En los momentos difíciles, la
ternura adquiere un valor especial: saber escuchar, acompañar, compartir los
problemas del otro, comprender, acariciar en el momento oportuno es lo que da
más fuerza y confianza.
En el niño Jesús,
envuelto en pañales y acostado en un pesebre, descubriremos la ternura de Dios,
su amor incondicional. En la pequeñez y debilidad de un niño, Dios se hace
ternura, caricia y sonrisa para nuestro mundo, tantas veces enfrentado y
dividido. Este es el gran Misterio de la Navidad y el admirable intercambio que
nos salva, pues como dice la liturgia de estos días “al revestirse Cristo de
nuestra frágil condición, no solo se confiere dignidad eterna a la naturaleza
humana, sino que por esta unión admirable, nos hace a nosotros eternos”.
Desde aquella primera
Navidad, nada hay en el hombre que no haya sido asumido y amado por Dios.
Nuestro Dios conoce nuestra vida y hace suya nuestra fragilidad y pequeñez.
Precisamente, por esto es Dios, el que verdaderamente con su venida nos trae la
paz, el amor y la felicidad que tanto deseamos estos días para nosotros y para
los demás”.
Por
Lauren Sevillano







