Siempre
puede haber un milagro, vive expectante sin perder la alegría
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| Neonshot - Shutterstock |
Epifanía significa aparición, manifestación del misterio que estaba oculto. Lo visible me habla de lo invisible. Lo temporal de lo eterno. La carne del amor de Dios.
El domingo pasado vivimos la epifanía de
los Reyes magos. Jesús se manifestaba en carne de niño a los sabios del mundo.
Hoy celebramos la
manifestación de Jesús como Hijo de Dios en el Jordán ante el pueblo judío que
esperaba al Mesías.
El próximo domingo celebraremos la tercera
Epifanía, la manifestación de Jesús y su poder en las bodas de Caná.
Jesús manifiesta el poder de Dios con sus
milagros. Son tres manifestaciones del amor de Dios. Se hace
visible a los hombres. Hace presente la eternidad.
Dios se manifiesta en mi vida de muchas
maneras. Lo hace de tal forma que a veces me confundo pensando que no es Él.
Pero sí, está oculto y muestra su poder.
No se manifiesta cuando yo quiero. A veces
imploro que se haga presente. Y no sucede. Espero el milagro que me hable de lo
trascendente. Pido, exijo, grito.
En el Jordán el pueblo está expectante: “En
aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación y todos se preguntaban si no
sería Juan el Mesías”. Esperan al Mesías. No lo ven.
Sé que el hombre siempre quiere tocar a
Dios. Quiere ver su poder. Quiere acariciar la gloria en la tierra. La luz en
la noche. La esperanza en la desolación.
La expectación se alimenta con el deseo de
ver algo sorprendente. A menudo me veo expectante. Deseo que
suceda algo con todas mis fuerzas. El anhelo crece en mi interior. Mi corazón
de niño suele estar expectante ante la vida.
Me da miedo envejecer antes de tiempo y
perder la frescura de los niños. Me da miedo acomodarme y no esperar nada de la
vida, de los demás, de mí mismo.
La expectación guardada en el alma me
mantiene despierto, joven, niño. Como los niños en la noche de reyes que no
duermen porque están expectantes.
Espero mucho de Dios y de la vida. Sueño
mucho, con fuerza. Anhelo mucho. No descanso
en paz porque vivo soñando con el cielo. Lo espero todo, lo deseo todo.
Quisiera que sucediera ahora mismo, entre mis manos.
No quiero acostumbrarme a los milagros.
Son cotidianos, tal vez por eso me resultan evidentes. Pero son la
manifestación de Dios en medio de mi rutina.
Comenta el siquiatra Enrique Rojas: “La
felicidad consiste en la administración inteligente del deseo. Y la infelicidad
es un sótano sin vistas a la calle. El buen equilibrio entre lo que uno ha
deseado y lo que uno ha conseguido”.
Soy de imágenes. Y no me gusta pensar en un
sótano sin ventanas. Prefiero una sala con grandes ventanas llena de luz.
La felicidad llega a mí en un desequilibrio
entre los deseos que espero expectante y lo que ya se ha manifestado como
verdad en mis pasos.
No quiero dejar de lado lo ya conseguido.
Quiero disfrutar de lo que tengo. Sin dejar de anhelar y desear con toda el alma.
¿Cómo son mis deseos? Leía el otro día: “Los
deseos profundos parecen manifestar las mismas características que las personas
auténticamente inteligentes, es decir, la humildad y la sencillez; tal vez
aspiran a cosas modestas y discretas, pero estas pequeñeces abren grandes
horizontes”[1].
Me gustaría tener deseos sencillos y
humildes. Deseos profundos y verdaderos. No quiero pedir lo que no me va a dar
la felicidad ni la paz.
¿Qué espero lleno de expectación? Como los
niños que no duermen esperando a los Reyes. O el pueblo judío esperando al
Mesías. ¿Qué espero de la vida?
No quiero volverme viejo. Ni dejar de
soñar, de esperar. No quiero quedarme al borde del camino lamentando lo que no
fue. O pensar que ya no puedo creer en el futuro que viene.
Siempre
puede haber un milagro en
mi vida. Algo sencillo. Algo pequeño. No importa. Deseo tocar el cielo con mis
manos torpes. Deseo la luz del sol que llene mi rostro de alegría. Deseo
escuchar esa canción que ensanche mi alma.
Deseo
más amor del que tengo. Deseo una vida más llena de Dios. Deseo que lo que amo sea eterno. Deseo
una paz que no deje de inquietarme. Deseo tocar las alturas viviendo con
modestia. Deseo pasar desapercibido cambiando la historia.
Deseo todo ahora mismo, en mis manos. Y
deseo entregarlo todo sin guardarme nada. Deseo que se hagan realidad todos mis
sueños. Y deseo renunciar a todos ellos sólo por amor a Dios.
Deseo escuchar la música que calme mis miedos.
Deseo una sonrisa que nunca se acabe. Deseo un abrazo en el que Dios me abrace.
Deseo vivir con sentido haciendo todo lo que hago.
Son deseos sencillos los que deseo. Hondos.
Muy hondos. Vivo expectante. Sin perder nunca la alegría.
Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia






