Pierdo
la paz sin fijar la mirada en quien de verdad importa
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En Jesús se manifiesta la salvación para
los judíos: “Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se
sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en Él. Y Él se puso a decirles: – Hoy se
cumple esta Escritura que acabáis de oír”. Lo que anunció el
profeta se hace realidad en Él.
Leía el otro
día: “Dios
presente en un cuerpo humano está escondido en el silencio de Dios. Su palabra
terrenal se halla habitada por la palabra silenciosa de Dios. Toda la vida de
Jesús está envuelta en el silencio y el misterio”[1].
Jesús manifiesta en su carne que Dios está
presente. Es uno más
entre los hombres. Pero al hombre le cuesta aceptar esa realidad. No lo
reconoce. Lo niega. Tanto amor hecho carne es rechazado. No lo puede
comprender.
En Nazaret,
donde Jesús había vivido, se manifiesta a los suyos. Y los suyos no lo reconocen.
Los que lo habían visto crecer no lo distinguen.
La escritura se hace carne en Él. Jesús es
el elegido, el hijo predilecto, el salvador soñado, el mesías anhelado.
Jesús es Dios
en la carne de los hombres. Esa paradoja es difícil de aceptar. Jesús
ha sido ungido por el Espíritu. Ha sido enviado. Pero es el hijo del
carpintero. Un joven como otros. Difícil saber en qué es
especial. Uno más.
Hoy Jesús
también quiere venir a mí a mostrarme su poder. Su presencia salvadora. Lo hace
en la carne humana de los que están conmigo. Lo hace en los que están cerca
amándome. Lo hace de forma discreta en los que me quieren en mis límites y me
aceptan en mis debilidades.
Y yo a
veces no distingo su presencia.
Hoy parece
que todos los ojos están fijos en Él. Están atentos. Buscan palabras de
esperanza. Quieren descubrir el sentido de sus vidas. El camino más rápido a la
felicidad. Todos los ojos fijos en Jesús. Fijan su
mirada en Él.
¡Cuántas cosas me pierdo cada día por no
fijar los ojos en la realidad que me rodea! Vivo perdido mirando otras cosas. Vivo
buscándome, pero no me encuentro. Pierdo la paz sin fijar la mirada en quien de
verdad importa.
Hoy todo el
pueblo escucha la palabra de Dios. Los oídos están atentos y los ojos están
fijos en Esdrás. “En aquellos días, el sacerdote Esdras trajo el libro de
la Ley ante la asamblea, compuesta de hombres, mujeres y todos los que tenían
uso de razón. Desde el amanecer hasta el mediodía, estuvo leyendo el libro a
los hombres, a las mujeres y a los que tenían uso de razón. Toda la gente
seguía con atención la lectura de la Ley».
Todos quieren
saber la verdad. Están ávidos de palabras de vida eterna. Y cuando escuchan
palabras de salvación adoran a Dios: “Después se inclinaron y adoraron al Señor,
rostro en tierra”.
Esdrás proclama
la palabra de Dios como lo hace Jesús: “Fue a Nazaret, donde se había criado,
entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para
hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo,
encontró el pasaje donde estaba escrito: – El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque Él me ha ungido”.
Lee la
palabra de Dios en medio de su pueblo. Todos están atentos. Con los ojos fijos
en sus palabras. Ávidos de noticias.
Yo también quiero
saber lo que está ocurriendo en cada instante. Lo quiero saber
todo. Es tanta la información que recibo cada día. Tanto lo que puedo saber al
instante.
Me pierdo. Tengo
los ojos fijos en las redes sociales para no perderme nada. No
quiero quedarme fuera de lo que pasa hoy, ahora.
Quiero ser
portador de la última noticia. Quiero saberlo todo y antes que los demás. Estar
informado es un bien en sí mismo. Es poder.
Me obsesiono por no perderme los detalles y
acabo dando importancia a lo que no la tiene. Como si la vida se jugara en miles de
pequeños retazos de historias. Como si todo fuera igual de importante.
La opinión de
un desconocido en las redes sociales. Lo que le pasa a alguien que no conozco.
Lo que vive o sufre aquel a quien amo y camina conmigo. Como si todas las
noticias tuvieran el mismo peso.
Las que ya
han ocurrido y las que son sólo rumores. Las que no me afectan en absoluto y
las que sí tienen consecuencias en mi vida. Es como si todas tuvieran el mismo
valor y requirieran de mí toda la atención.
No es verdad.
Son pocas las noticias que en realidad me
importan y me afectan.
Son las que tienen que ver con mi vida. Con las personas a las que amo y me
importan. Tienen que ver con mi futuro. Con mis planes.
Importan las
noticias que me afectan directamente. No las otras que no tienen nada que ver
conmigo. ¿Por qué vivo tan ávido de noticias, volcado en el mundo
queriendo controlarlo todo?
Me supera el
mundo y todo lo que pasa a mi alrededor. Va todo demasiado rápido.
Una noticia sigue a la otra. Y no me da tiempo a asimilar nada de lo que pasa.
Espero en mi corazón siempre una buena noticia. Pero a veces equivoco el lugar
donde la busco.
Leía el otro
día: “El
reino de Dios sólo puede ser anunciado desde el contacto directo y estrecho con
las gentes más necesitadas de respiro y liberación. La buena noticia de Dios no puede
provenir del espléndido palacio de Antipas en Tiberíades; tampoco de las
suntuosas villas de Séforis ni del lujoso barrio residencial de las elites
sacerdotales de Jerusalén”[2].
La buena
noticia no viene de esos lugares donde la busco. ¿Cuál es esa buena noticia? La que me dice
que Dios me ha salvado. La que me habla de una esperanza que con frecuencia me
falta. La que me lleva a vivir con más paz y calma porque
sé que todo está en las manos de Dios.
Me gusta
pensar que las palabras de Dios son las que van a llenar mi corazón como he
repetido en el salmo: “Tus palabras, Señor, son espíritu y vida.
La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es
fiel e instruye al ignorante”.
Sé que la
palabra de Dios es vivificante. No me deja indiferente, me
salva. Llena mi corazón de paz. Y llena de fuego mi alma. Es la palabra que
crea y transforma mi vida. En eso confío.
Hay personas
especialistas en contarme malas noticias. Me dicen lo que me puede salir mal.
Me cuentan lo mal que les ha ido a otros por hacer lo mismo que yo hago.
Es como si
quisieran amargarme la vida. O quitarme la sonrisa de los labios. No sé si no
quieren estar ellos alegres o simplemente no desean que yo lo esté. Y con ello
pretenden amargarme, no alegrarme. Me dicen lo malo que puede sucederme, nunca
lo bueno. Hablan mal de otros. Los critican.
Parece mal
visto contar buenas noticias. Es casi como caer en el buenismo. Decir sólo
cosas buenas parece falso.
La vida no es
así, me recuerdan algunos. Muere mucha gente. Otros fracasan. Muchos son
infieles. Hay tantas injusticias. A la mayoría se les muere algún ser querido.
Casi nunca salen las cosas como pienso.
Me recuerdan
que por mucho que me empeñe es difícil que llegue a la meta. Me dicen que no
voy a alcanzar la cumbre que sueño. Y que la vida no es como me la pintan.
Me animan a
no ser tan infantil. Me recuerdan que tengo que aprender a ver debajo del agua
y no sólo ver lo bueno de los demás. Claramente siempre hay un mal visible.
Jesús no es
así. Él trae una buena noticia. Ve lo bueno y me anima a creer en Él, en mí
mismo, en los demás. Quiero alegrar la vida a otros con buenas noticias. No
quiero amargar, quiero alegrar los corazones.
Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia






