Puede
que criticar a otros te haga sentir mejor, pero sólo reconocer el propio pecado
y sentir el perdón te hace más humilde y mejor
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Critico. Juzgo. Ataco, hiero, condeno. A
las espaldas de los demás. En el silencio de mi pecado. Oculto en las sombras.
No soy directo para decir a los demás lo que pienso.
Juzgo
anónimamente. Con rabia, con envidia, con celos, con ira. Juzgo al que lo hace
mal porque su pecado me parece espantoso.
Tengo mis
intenciones. Hago que resalten sus pecados para que el mío pase desapercibido.
¡Qué débil soy!
Dios sabe que
estoy en camino, como dice san Pablo. Tengo ya la salvación. Pero aún no. Jesús
ya murió por mí. Pero yo tengo que morir para dar vida.
Ya poseo lo
que tanto anhelo. Pero todavía no es mío plenamente. La vida no consiste en
recibir algo y ya está. Estoy en camino. Voy corriendo hacia la meta. Lucho por
llegar a mi destino final. Soy pecador y estoy en camino. No he sido condenado.
Decía el Padre Kentenich: “Nuestra propensión al pecado, porque a
causa del pecado original muchas cosas se han enfermado en nosotros. Pero la
meta es siempre la misma.”
Conozco mi pecado, pero no dejo de mirar el
ideal. Miro a lo
alto. Sé que mi carne está enferma. Mi alma en desorden. No me compadezco de mí
mismo y no condeno al que no actúa como es debido.
Quisiera no
pecar más en adelante, eso lo sé, no pecar como me pide hoy Jesús. Pero es
imposible. Me cuesta creer en el perdón.
Y puedo caer
en el escrúpulo al que ser refiere el Padre Kentenich: “Claro, podemos confesarnos, pero a veces
dudamos ¿se nos habrán perdonado efectivamente los pecados? Por eso, ¡a
confesarse de nuevo y volver a confesarse!.”
Me cuesta
creer en su misericordia porque yo mismo no me perdono. Dudo. Guardo el dolor
por mi caída. Mi orgullo herido. Pensaba que nunca iba a cometer errores. Fui
débil. Dejé manchada mi alma.
Mi corazón anhela hacer las cosas
siempre bien y vivir en paz. Para sentirme así orgulloso de mí mismo. No lo logro. Soy débil. Caigo de nuevo.
Otra vez mi
piel manchada. No soy inmaculado. No soy del grupo de los puros, de los justos. Condenar
a otros me da paz. Me hace sentirme mejor. No es el camino.
El pecado reconocido y perdonado en mi alma
me hace más humilde. Soy
salvado por Jesús. No soy todopoderoso. No soy yo el salvador, como decía el
papa Francisco: “El redentor es uno solo y murió crucificado”.
Yo no salvo a
nadie. No estoy por encima de nadie. No soy mejor que los otros. Por eso no
dejo de luchar por llegar a la meta. Me llevará toda la vida, pero no me
desanimo.
Quiero
caminar para llegar más lejos. Quiero luchar para no perder la vida. Quiero
seguir hasta donde pueda. Puedo tropezar y caer. Lo sé. No me importa. No dejo
de intentarlo. Una y otra vez.
¿Convertirá
por fin Jesús mi corazón? Necesito una conversión profunda. Una Cuaresma santa
que cambie mi alma. Una Semana Santa en la que Jesús se abrace a mi cruz para
salvarme.
Estoy
arrepentido de mis faltas. Volveré a caer, conozco mi alma. Y me confesaré
muchas veces de nuevo de lo mismo. No quiero asumir que no tengo nada que hacer
para mejorar mi vida.
No quiero
tirar la toalla y decir que no puedo luchar contra mis tendencias y pecados. Claro
que puedo ser mejor persona. Puedo dejar que Dios entre en
mi alma y limpie lo que está sucio y ordene lo desordenado.
Él puede
hacerlo si yo le dejo la puerta abierta. Puede si asumo
que mis pecados no son una roca que no puedo superar. Camino. Lucho. Creo.
Carlos
Padilla Esteban
Fuente: Aleteia






