"La sagrada
Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, quiere decir, Cristo
mismo, nuestra Pascua"
El
Sacramento Eucarístico tiene diversos nombres, los cuales están referidos en el
Catecismo de la Iglesia Católica, esa maravillosa síntesis de la Fe, la
doctrina y la moral de la Iglesia Católica a la luz de la Sagrada Escritura, de
la Tradición Apostólica y del Magisterio Eclesiástico. Dicho catecismo fue
publicado en 1992 durante el pontificado de San Juan Pablo II. Para los
lectores ávidos de crecimiento espiritual y de formación, pienso que es oportuno
transcribir 'ipsis litteris' los numerales que se refieren al tema:
"1328.
La riqueza inagotable de este sacramento se expresa en los diferentes nombres
que le son dados. Cada uno de estos nombres evoca algunos de sus aspectos. Se
llama:
Eucaristía,
porque es acción de gracias a Dios. Las palabras «eucharistein» (Lc 22, 19; 1
Cor 11, 24) y «eulogein» (Mt 26, 26; Mc 14, 22) recuerdan las bendiciones
judaicas que proclaman - sobre todo durante la refección - las obras de Dios:
la creación, la redención y la santificación.
1329.
Cena del Señor (cf. 1 Cor 11, 20), porque se trata de la cena que el Señor
celebró con los discípulos en la víspera de su pasión y de la anticipación del
banquete nupcial del Cordero (cf. Ap 19, 9.) en la Jerusalén celeste.
Fracción
del Pan, porque este rito, propio de la refección de los judíos, fue utilizado
por Jesús cuando bendecía y distribuía el pan como jefe de familia (cf. Mt 14,
19; 15, 36; Mc 8, 6.19), sobre todo en la última cena (cf. Mt 26, 26: 1 Cor 11,
24). En este gesto que los discípulos lo reconocerán después de su resurrección
(Lc 24, 13-35) y es con esta expresión que los primeros cristianos designarán
sus asambleas eucarísticas (cf At 2, 42.46: 20, 7.11). Quieren con eso
significar que todos los que comen del único pan partido, Cristo, entran en
comunión con Él y forman un solo cuerpo en Él (1 Cor 10, 16-17).
Asamblea
eucarística («sýnaxis»), porque la Eucaristía es celebrada en asamblea de
fieles, expresión visible de la Iglesia (1 Cor 11, 17-34).
1330.
Memorial de la pasión y resurrección del Señor.
Santo
Sacrificio, porque actualiza el único sacrificio de Cristo Salvador e incluye
la ofrenda de la Iglesia; o todavía santo Sacrificio de la Misa, «Sacrificio de
alabanza» (Hb 13, 15) (Sl 116, 13.17), Sacrificio espiritual (1 Pe 2, 5)
Sacrificio puro (Ml 1, 11) y santo, pues completa y sobrepasa todos los
sacrificios de la Antigua Alianza.
Santa
y divina Liturgia, porque toda la liturgia de la Iglesia encuentra su centro y
su expresión más densa en la celebración de este sacramento; en el mismo
sentido se le llama también celebración de los Santos Misterios. Se habla
igualmente del Santísimo Sacramento, porque es el sacramento de los
sacramentos. Y, con este nombre, se designan las especies eucarísticas
guardadas en el sagrario.
1331.
Comunión, pues es por este sacramento que nos unimos a Cristo, el cual nos
torna participantes de su cuerpo y su sangre, para formar un solo cuerpo (1 Cor
10, 16-17); se llama también a las cosas santas («tà hágia»; «sancta»)
(Constitutiones apostolicae 8, 13, 12; Didaké 9,5; 10,6) - es el sentido
primario de la «comunión de los santos» de que habla el Símbolo de los
Apóstoles -, pan de los ángeles, pan del cielo, remedio de la inmortalidad
(163), viático...
1332.
Santa Misa, porque la liturgia en que se realiza el misterio de la salvación
termina con el envío de los fieles («missio»), para que vayan a cumplir la
voluntad de Dios en su vida cotidiana.
+ + + + +
"La
sagrada Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, quiere
decir, Cristo mismo, nuestra Pascua" (Presbyterorum Ordinis, Pablo VI).
¿Qué más se puede decir para exaltar este divino misterio?
Si
todo esto es la Eucaristía... ¿cómo ignorarla? ¡Hay tantísimos católicos que de
ella no participan porque no les importa! Su semana pasa sin el encuentro
obligatorio del Día del Señor que transcurre como un día más, ofrecido de forma
tácita "al mundo, al demonio y a la carne", los clásicos enemigos del
alma.
Otra
pregunta, y está impregnada de preocupación: ¿Cómo se disminuye el valor de la
Eucaristía? Con efecto, ¡cuántos reducen y hasta descomponen las normas
litúrgicas propias para la digna celebración, como si estas fuesen patrimonio
del celebrante o de los fieles, conquistando un rito vacío de ortodoxia y de
piedad!
Por
último, una interrogación dolorida e indignada. ¿Hasta cuándo tendremos que
soportar esa ola de profanaciones contra el Santísimo Sacramento del Altar que
se constata por todos lados, en tantos países? Digamos que en un país pagano o
arreligioso, se explicaría -aunque nunca se puede justificar. ¿Pero en países
de tradición católica, esa irreverencia y ese sacrilegio? ¡Cuán lamentable es!
Pero
felizmente la ignorancia, la desfiguración y el odio no tendrán la última
palabra. A los fieles adoradores nos resta empeñarnos en aumentar nuestro
fervor reparador, meditando -por ejemplo y por qué no- aquella escena que los
Evangelios de Jesús cuentan dando el merecido a los vendedores y profanadores
del templo (Mc 11, 15-18; Jo 2, 13-16, Mt 21, 12-13 e Lc 19, 45-48).
Por
Padre Rafael Ibarguren EP - Asistente Eclesiástico de las Obras Eucarísticas de
la Iglesia.
Fuente:
GaudiumPress






