“Servidor
de la esperanza”
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| El Papa ofrece la catequesis en la plaza de San Pedro © Vatican Media |
La
audiencia general ha tenido lugar esta mañana a las 9:20 horas en la Plaza de
San Pedro donde el Papa Francisco ha encontrado grupos de peregrinos y fieles
de Italia y de todo el mundo.
El
Santo Padre ha hablado de su reciente viaje apostólico a Marruecos. Se ha leído
un pasaje del Evangelio según San Mateo (13, 33).
Tras
resumir su discurso en diversas lenguas, el Santo Padre ha saludado en
particular a los grupos de fieles presentes procedentes de todo el mundo.
Después ha recordado el VI Día Internacional del Deporte para el Desarrollo y
la Paz convocado por las Naciones Unidas y que se celebra próximamente.
La
audiencia general ha terminado con el canto del Pater Noster y
la bendición apostólica.
***
Catequesis del Santo Padre
Queridos
hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El
sábado y el domingo pasado fui en viaje apostólico a Marruecos, invitado por Su
Majestad el Rey Mohammed VI al que renuevo mi gratitud, así como a las demás
autoridades marroquíes por su calurosa bienvenida y por toda la colaboración,
especialmente al Rey: ha sido tan fraternal, tan amistoso, tan cercano.
Doy
gracias sobre todo al Señor, que me ha permitido dar un paso más en el camino
del diálogo y el encuentro con los hermanos y hermanas musulmanes, para ser, -como
decía el lema del viaje, - “Siervo de la esperanza” en el mundo de hoy. Mi
peregrinación ha seguido las huellas de dos santos: Francisco de Asís y Juan
Pablo II. Hace 800 años, Francisco llevó el mensaje de paz y fraternidad al
sultán al-Malik al-Kamil; en 1985, el Papa Wojtyła realizó su memorable visita
a Marruecos, después de haber recibido en el Vaticano, - el primero entre los
Jefes de Estado musulmanes-, al Rey Hassan II. Pero algunos podrían
preguntarse: ¿Pero por qué el Papa va a ver a los musulmanes y no solo a los
católicos? ¿Por qué hay tantas religiones? Con los musulmanes somos
descendientes del mismo Padre, Abraham. ¿Por qué Dios permite que haya tantas
religiones? Dios ha querido permitirlo: los teólogos escolásticos se
refirieron a la voluntas permissiva de Dios. Quería permitir esta
realidad: hay tantas religiones; algunas nacen de la cultura, pero siempre
miran al cielo, miran a Dios. Pero lo que Dios quiere es la fraternidad entre
nosotros y de manera especial, -aquí está el motivo de este viaje- con nuestros
hermanos hijos de Abraham como nosotros, los musulmanes. No debemos tener miedo
de la diferencia: Dios lo ha permitido. Debemos tener miedo si no trabajamos en
fraternidad, para caminar juntos en la vida.
Servir
a la esperanza, en un tiempo como el nuestro, significa, ante todo, construir
puentes entre las civilizaciones. Y para mí ha sido una alegría y un honor
poder hacerlo con el noble Reino de Marruecos, encontrando a su pueblo y a sus
gobernantes. Recordando algunas cumbres internacionales importantes que
tuvieron lugar en ese país en los últimos años, reiteramos con el Rey Mohammed
VI el papel esencial de las religiones en la defensa de la dignidad humana y la
promoción de la paz, la justicia y el cuidado de la creación, que es nuestra
casa común. Con esta perspectiva, también firmamos un llamamiento por Jerusalén
junto con el Rey, para que la Ciudad Santa se conserve como patrimonio de
la humanidad y lugar de encuentro pacífico, especialmente para los fieles de
las tres religiones monoteístas.
Visité
el Mausoleo de Mohammed V, rindiendo tributo a su memoria y a la de Hassan II,
así como el Instituto para la formación de los imanes, predicadores y
predicadoras. Este Instituto promueve un Islam respetuoso de las otras
religiones y rechaza la violencia y el fundamentalismo, es decir, subraya que
todos somos hermanos y debemos trabajar por la fraternidad.
Dediqué
una atención especial a la cuestión de las migraciones, sea hablando con
las autoridades, como en el encuentro dedicado específicamente a los migrantes.
Algunos de ellos dieron testimonio de que la vida de quienes emigran cambia y
vuelve a ser humana cuando encuentran una comunidad que los acoge como
personas. Esto es fundamental. Precisamente en Marrakech, Marruecos, el pasado
diciembre se ratificó el “Pacto mundial para una migración segura, ordenada y
regular”. Un paso importante de cara a que la comunidad internacional asuma su
responsabilidad.
Como
Santa Sede, hemos ofrecido nuestra contribución que se resume en cuatro
verbos: acoger a los migrantes, proteger a los migrantes, promover a los
migrantes e integrar a los migrantes. No se trata de dejar caer desde arriba
programas de asistencia social sino de recorrer juntos un camino a través de
estas cuatro acciones, para construir ciudades y países que, al tiempo que
conservan sus respectivas identidades culturales y religiosas, estén abiertos a
las diferencias y sepan cómo valorarlas en nombre de la fraternidad humana.
La
Iglesia en Marruecos está muy comprometida en la cercanía a los migrantes. A mí
no me gusta decir migrantes; me gusta más decir personas migrantes.
¿Sabéis por qué? Porque migrante es un adjetivo, mientras que el término
persona es un sustantivo. Hemos caído en la cultura del adjetivo: usamos muchos
adjetivos y a menudo olvidamos los sustantivos, esa es la sustancia. El
adjetivo siempre debe estar vinculado a un sustantivo, a una persona; por
lo tanto una persona migrante. Entonces hay respeto y no caemos en esta cultura
de adjetivos que es demasiado líquida, demasiado gaseosa. La Iglesia en
Marruecos, decía, está muy comprometida a estar cerca de las personas
migrantes, por lo que quería manifestar mi agradecimiento y alentar a quienes
se entregan con generosidad a su servicio cumpliendo la palabra de Cristo:
“Era forastero y me recibisteis” (Mt 25: 35).
El
domingo estuvo dedicado a la comunidad cristiana. En primer lugar, visité el
Centro Rural de Servicios Sociales, administrado por las religiosas Hijas de la
Caridad, las mismas que tienen aquí en Santa Marta el dispensario y el
ambulatorio para los niños y estas monjas trabajan con la colaboración de
numerosos voluntarios, ofrecen varios servicios a la población.
En
la catedral de Rabat encontré a los sacerdotes, a las personas consagradas y al
Consejo Ecuménico de las Iglesias. Es un pequeño rebaño en Marruecos, y por eso
recordé las imágenes evangélicas de la sal, de la luz y de la levadura (ver Mt
5: 13-16; 13:33) que leímos al comienzo de esta audiencia. Lo que importa no es
la cantidad, sino que la sal dé sabor, que la luz brille y que la levadura
tenga la fuerza de hacer que toda la masa fermente. Y esto no proviene de
nosotros, sino de Dios, del Espíritu Santo que nos hace testigos de Cristo allí
donde estemos, en un estilo de diálogo y amistad, para vivirlo; ante todo,
entre nosotros los cristianos, porque, dice Jesús, “por esto sabrán todos que
sois mis discípulos: si os amáis los unos a los otros “(Jn 13:35).
Y
la alegría de la comunión eclesial encontró su fundamento y su plena
expresión en la Eucaristía dominical, celebrada en un complejo deportivo de la
capital. ¡Miles de personas de unas 60 nacionalidades diferentes! Una epifanía
singular del Pueblo de Dios en el corazón de un país islámico. La parábola del
Padre misericordioso hizo que brillase en medio de nosotros la belleza del
diseño de Dios, que quiere que todos sus hijos participen en su alegría, en
la fiesta del perdón y la reconciliación. En esta fiesta entran los que
saben reconocerse necesitados de la misericordia del Padre y regocijarse con Él
cuando un hermano o una hermana regresan a casa. No es casualidad que allí
donde los musulmanes invocan cada día al Clemente y al Misericordioso, haya
resonado la gran parábola de la misericordia del Padre. Es así: solo aquellos
que renacen y viven en el abrazo de este Padre, solo aquellos que se sienten hermanos
pueden ser servidores de la esperanza en el mundo.
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Fuente:
Zenit






