¿Por
qué esta inquietud? Porque tengo que dar resultados. Como si al final del día
me esperara Jesús para medir mis frutos...
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A menudo me siento como el apóstol Pedro. Él ha
visto al maestro, ha vuelto a Galilea como les dijo Jesús a las mujeres. Y
ahora está esperando.
No sabe bien
lo que espera, ni él, ni los otros discípulos. Mientras tanto se pone a hacer
algo. Se pone a hacer lo que mejor sabe hacer, lo que más ama:
“Simón Pedro les dice: – Me voy a pescar.
Ellos contestan: – Vamos también nosotros contigo. Salieron y se embarcaron; y
aquella noche no cogieron nada”.
Y sus amigos
le siguen. Pasan toda la noche pescando. Deseando que las redes se llenen de
peces. Toda la noche esperando, haciendo algo. Y al final el
resultado es desalentador. No consiguen nada.
Muy a menudo
busco resultados. Invierto mis fuerzas. Creo que sé hacer las cosas bien. Y
actúo yo con mi poder. Digo que cuento con Dios, pero soy yo.
Yo decido
cómo y dónde echar las redes. Yo sé pescar. Y por eso pesco. Me acostumbro a lo
que sé hacer bien. Y le pido a Dios que haga fecunda mi entrega.
Me doy por entero, eso creo al menos. Y le pido a Dios que me haga dar frutos. Por
los frutos me conocerán, he escuchado tantas veces.
Y me asusta
que no haya nada que contar al hacer memoria de mi historia. ¿Qué
he hecho de provecho? ¿A quién he salvado la vida? ¿Quién
recordará mi paso por su historia?
Me asustan las redes vacías. Los días
rotos. El alma herida después de tanta entrega. El olvido.
Tengo la tentación de ponerme en el centro. Quizás me han dicho que sólo así mi
vida valdrá la pena.
Tengo que producir y ser fecundo. Siento que soy yo el que pesca, el que
produce, el que hace. Y vivo alterado, corriendo de un lado a
otro, tratando de hacer cosas.
¿Por qué estoy inquieto? Porque tengo que
dar resultados. Como
si al final del día me esperara Jesús para medir mis frutos.
Por los
frutos me conocerá. Sabrá si soy perezoso o diligente, bueno en mis intenciones
o mezquino. Verá si hay maldad en mi alma o bondad.
¿Qué es lo que he hecho con mi vida?
Quisiera ser más dócil y apartarme del centro de la escena. Pretendo ser el
protagonista. Y no dejo espacio a Dios.
Decía el
padre José Kentenich:
“El instrumento en las manos de Dios sólo
quiere una cosa: – Dejar espacio a Dios, y que Él haga espacio a su fecundidad.
De ahí su serio esfuerzo por desasirse por completo de sí mismo, porque el
capricho humano quita espacio a Dios y su acción”[1].
Desasirme de
mis caprichos, de mis sueños.
Jesús les
cambia los planes a los discípulos. Estaban cansados. No habían pescado y no
habían dormido nada. Y Jesús les pide que vuelvan a intentarlo:
“Echad la red a la derecha de la barca y
encontraréis. La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de
peces”.
Me cuesta entender sus planes, pero su
mirada ve más que la mía.
Los discípulos hacen caso a Jesús sin haberlo reconocido antes, sin saber que
era Él el que estaba en la playa. Se fían. A mí me
cuesta más.
Escuchaba el
otro día una definición de santidad del Padre Kentenich:
“Santidad es la finura de oído y la
docilidad para escuchar las inspiraciones del Espíritu Santo”[2].
Basta con
leves insinuaciones. ¡Qué lejos estoy de la santidad! ¡Qué sordo soy! Me
gustaría ser capaz de ver más. De oír mejor. Me gustaría no ponerme en el
centro continuamente y poner más a Jesús.
Añade el
Padre Kentenich:
“En nuestra condición de instrumentos sólo
deseamos lo que Él desea; por eso queremos sólo la fecundidad que Él haya
previsto para nosotros”[3].
Quiero ser
como ese servidor fiel que sólo hace lo que tiene que hacer. ¡Cuánto
me cuesta ser fiel en lo pequeño sin esperar nada!
Simplemente
tengo que echar la red a la derecha. Aunque haya bregado ya antes durante toda
la noche. Aunque esté cansado. No importa. Me vuelvo a fiar.
Yo no lo sé
todo. No tengo el control de todo. Mejor dicho, no tengo el control de nada.
Mi vida no está en mis manos. No soy dueño de todo lo que hago.
Mirar la vida como instrumento me sana, me
libera. Dejo de
ser el principal protagonista de la historia. Sólo soy el instrumento que Dios
usa para conseguir lo que Él desea.
Soy la misma
red. Soy el hombre dócil que obedece. ¿Me cuesta obedecer? Mucho, lo sé. Me
cuesta hacer lo que otros me dicen. Y entender que, en sus palabras, en su
entendimiento, humano como el mío, me está hablando Dios.
Esa forma de
mirar la vida no es sencilla. Necesito que el Espíritu Santo cambie mi corazón
y me haga abierto y dócil.
Quiero ser
tierra fértil en la que la semilla de su Palabra arraigue y pueda así dar
fruto. Dejo de conjugar mi vida en primera persona. Es Él.
Es lo que
quiero gritar con Juan al reconocerlo en mi vida:
“Y aquel discípulo que Jesús tanto quería
le dice a Pedro: – Es el Señor”.
Lo veo en la
playa de mi mar. Lo veo esperando a que yo vuelva con las
redes cargadas o vacías. Lo veo y lo reconozco. Grito con
fuerza:“Es
el Señor”.
Es Jesús que me ama con locura y ha venido a mi barca, a mi lago, a mi orilla.
Ha venido a mis rutinas. A mis trabajos, a mi cansancio.
Le ha
conmovido mi entrega generosa. Sólo me dice que le haga caso y eche las redes
donde Él me dice. Yo hago caso. Quiero ser dócil a su
palabra.
Carlos
Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






