Creo
que yo lo pongo todo. Que sin mí nada es posible. Que mis palabras contienen
toda la sabiduría de Dios. ¿Es suficiente?
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| Victoria Gonzales/Unsplash | CC0 |
Quiero
pensar que puedo lograr lo que anhelo. Quiero creer que si pongo todas mis
fuerzas en acción llegaré lejos. Casi tan lejos como sueño. Pero tengo que ponerme
manos a la obra, con todas mis fuerzas.
Toni
Nadal le decía a su sobrino, el tenista Rafael Nadal, antes de un partido muy
importante: «Si eres capaz de jugar cada punto como si fuera el último, si eres
capaz de jugar este partido como si te fuera la vida en ello, si pones más
ilusión que él, si estás dispuesto a correr más que él, yo creo que tendrás
muchas opciones de victoria».
En
ocasiones me tienta la meta que veo ante mis ojos. El objetivo final. El premio
que me prometen. Me tienta el aplauso, el éxito. Pero me olvido de todo lo
demás. No me gustan el sacrificio, el esfuerzo por levantarme después de una
derrota, la lucha oculta que nadie ve por llegar más lejos. Correr más. Luchar
más. Exigirme más. No todo va a ser fácil. Eso lo tengo claro. Aunque ahora se
empeñan en convencerme de lo contrario.
Todo
parece fácil. Y si luego fracaso, no importa, elijo un nuevo camino, desisto
del que llevo ya recorrido. Volver a empezar. Seguir luchando. No importa
cuánto tiempo. Palabras como disciplina, sacrificio, renuncia, esfuerzo,
parecen tan imposibles. Hoy es mejor lo que es fácil. Y es más valioso lo que
se consigue sin lucha.
Sueño
con ser santo, con hacer de mi vida un camino de amor junto a Jesús. Es un
camino de esfuerzo y gratuidad al mismo tiempo. Pero más gratuidad y don, que
esfuerzo. Como escribe el poeta Óscar Romero: «De vez en cuando, nos ayuda dar
un paso atrás y contemplar el vasto panorama. El Reino no solamente está más
allá de nuestros esfuerzos, sino que trasciende nuestra visión. Cumplimos en
nuestra vida solamente una ínfima fracción de la magnífica empresa que es la
obra de Dios. Nada de lo que hacemos es completo, lo cual es otra forma de
decir que el Reino siempre nos trasciende. Ninguna declaración expresa todo lo
que puede ser dicho».
Pienso
que tocar la santidad es gratuidad. Es la misericordia de Dios que desciende
sobre mi alma y me anima a dar la vida y me levanta. Pero lo que yo hago, lo
que yo entrego, es ínfimo. Es una parte tan pequeña que hasta me da risa. Creo
que yo lo pongo todo. Que sin mí nada es posible. Que mis palabras contienen
toda la sabiduría de Dios. Encierro en una vasija de barro todo el fuego de
Dios. Pretendo contenerlo. Quiero convencer al mundo entero de la verdad de
Jesús. Y me exijo hacerlo todo bien para llegar a la meta y mostrar en mi
perfección el rostro de Jesús.
¿Con
qué fin? ¿Cuánta vanidad hay dentro de mí? Quiero que el mundo se salve, yo el
primero. ¿Es esa la santidad a la que aspiro? El reino queda tan lejos, es tan
grande que no lo abarco. Me siento pequeño en una misión imposible. Dar de
comer a tantos. Llevar la alegría a todos los tristes. La esperanza a los que
se encuentran tan perdidos. La santidad no tiene que ver con hacerlo todo bien.
En ello siempre estoy en deuda. Me esfuerzo, me exijo, estoy dispuesto a dar la
vida y luego me encuentro tan limitado en la entrega, tan pecador, tan poco
fiel.
¿Quiénes
son las personas más santas que conozco? ¿Qué baremos uso para determinar su
nivel de santidad? Me quedo en la apariencia muchas veces.
Juzgo
a los pecadores y a los santos por lo que veo por fuera. Y lo de dentro lo
pongo yo con mi imaginación. Si es santo en apariencia, seguro que hará todo
bien en su casa y desprenderá olor a incienso a su paso. Si me parece pecador
por fuera, por algún pecado público cometido, imagino las aberraciones que hará
en su tiempo libre, aquello que no se ve.
Mi
forma superficial de medir el grado de santidad de los demás me impresiona. Me
quedo en un acto solo y salvo o condeno toda su vida. Menos mal que Jesús no me
mira así. ¿No lucho yo cada día con toda mi alma por ser santo en cada cosa que
hago? ¿No intento en esa lucha estar a disposición de lo que Dios quiera hacer
conmigo? Decía el P.Kentenich: «He aquí el anhelo del hombre religioso de hoy:
ver lo divino personificado; busca santidad vivida. La santidad de la vida
diaria da una respuesta clara a ese anhelo».
Quiero
ver a Dios hecho carne en hombres enamorados de su amor. Quiero ser yo ese
hombre enamorado que refleje la misericordia de Dios. Jesús mira mi vida
completa. Cada acto, cada pensamiento, cada deseo del corazón.
No
me juzga sólo por un pecado o sólo por un acto heroico. Su juicio es
misericordia. Mira todo lo que hay en mí. Mi vida completa. Con sus luces y
sombras. Ve lo bueno dentro de mi carne herida. Y me ama.
Carlos
Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






