Ciclo
de los Hechos de los Apóstoles
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Francisco bendice a
un niño en la Audiencia general © Vatican Media
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Pedro
respondió ofreciendo una clave de la vida cristiana: “Obedeced a Dios en vez de
a los hombres”. Esto significa escuchar a Dios “sin reservas, sin demoras, sin
cálculos; adherirnos a Él para ser capaces de hacer una alianza con Él y con
aquellos que encontramos en nuestro camino”, ha explicado el Papa Francisco.
En
el discurso en lengua italiana, el Papa, continuando el ciclo de catequesis
sobre los Hechos de los Apóstoles, se ha centrado en el tema: “‘Cuando Pedro
pasaba…’ (Hch 5, 15). Pedro, principal testimonio del Resucitado”. (Libro
bíblico: De los Hechos de los Apóstoles 5, 12.15-16).
En
las heridas de los enfermos –asegura el Pontífice- “está siempre la presencia
de Jesús, las heridas de Jesús. Ahí está Jesús llamándonos a cada uno de
nosotros a cuidarlos, a apoyarlos, a sanarlos”. Así, ha narrado que la acción
sanadora de Pedro despertó el odio y la envidia de los saduceos, que encarcelaron
a los apóstoles y, conmocionados por su misteriosa liberación, les prohibieron
enseñar, ante lo que Pedro dio la “respuesta cristiana”: “Yo obedezco a Dios en
vez de a los hombres”.
Enfermos, privilegiados
del anuncio del Reino
Lleno
del Espíritu de su Señor –describe el Santo Padre– Pedro pasa y, sin que él
haga nada, su sombra se convierte en “caricia” sanadora, en comunicación de
salud, en efusión de la ternura del Resucitado que se inclina sobre los
enfermos y restaura la vida, la salvación y la dignidad. De este modo, afirma,
“Dios manifiesta su cercanía y hace de las heridas de sus hijos ‘el lugar
teológico de su ternura'”.
En
el capítulo 5 de los Hechos –relata el Papa– la Iglesia naciente se muestra
como un “hospital de campo” que acoge las personas más débiles, es decir, a los
enfermos. A ojos de los apóstoles, como a los ojos de los cristianos de todas
las épocas, los enfermos “son destinatarios privilegiados del feliz anuncio del
Reino, son hermanos en los que Cristo está presente de modo especial, para que
todos nosotros los busquemos y los encontremos”, ha indicado.
Sigue
la catequesis completa del Santo Padre, pronunciada en italiano, y traducida al
español por la redacción de zenit español.
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Catequesis del Papa
Queridos
hermanos y hermanas, ¡buenos días!
La
comunidad eclesial descrita en el Libro de los Hechos de los Apóstoles vive de
tanta riqueza que el Señor pone a su disposición –¡el Señor es generoso!–,
experimenta un crecimiento numérico y un gran entusiasmo, a pesar de los ataques
externos. Para mostrarnos esta vitalidad, Lucas, en el libro de los Hechos de
los Apóstoles, señala también lugares significativos, por ejemplo el pórtico de
Salomón (cf. Hch 5,12), lugar de encuentro de los creyentes. El pórtico (stoà)
es una galería abierta que sirve como refugio, pero también como lugar de
encuentro y testimonio. Lucas, en efecto, insiste en los signos y
prodigios que acompañan a la palabra de los Apóstoles y en el cuidado especial
de los enfermos a los que se dedican.
En
el capítulo 5 de los Hechos, la Iglesia naciente se muestra como un “hospital
de campo” que acoge las personas más débiles, es decir, a los enfermos. Su
sufrimiento atrae a los Apóstoles, que no poseen “ni plata ni oro” (Hch 3,6)
-como dice Pedro al lisiado-, sino que son fuertes en el nombre de Jesús.
A
sus ojos, como a los ojos de los cristianos de todas las épocas, los enfermos
son destinatarios privilegiados del feliz anuncio del Reino, son hermanos en
los que Cristo está presente de modo especial, para que todos nosotros los
busquemos y los encontremos (cf. Mt 25, 36.40). Los enfermos son privilegiados
para la Iglesia, para el corazón sacerdotal, para todos los fieles. No hay que
descartarlos, al contrario, hay que curarlos, cuidarlos: son el objeto de la preocupación
cristiana.
Entre
los apóstoles emerge Pedro, que tiene preeminencia en el grupo apostólico por
el primado (cf. Mt 16, 18) y la misión recibida del Resucitado (cf. Jn 21,
15-17). Es él quien da luz verde a la predicación del kerigma el día
de Pentecostés (cf. Hch 2, 14-41) y quien, en el Concilio de Jerusalén,
desempeñará un papel principal (cf. Hch 15 y Gál 2, 1-10).
Pedro
se acerca a las camillas y pasa entre los enfermos, como lo hizo Jesús,
asumiendo enfermedades y dolencias (cf. Mt 8,17; Is 53,4). Y Pedro, el pescador
de Galilea, pasa, pero deja que se manifieste otro: ¡que sea el Cristo vivo y
obrero!
El
testigo, en efecto, es el que manifiesta a Cristo, tanto de palabra como en
presencia del cuerpo, lo que le permite relacionarse y ser una extensión del
Verbo hecho carne en la historia. Pedro es el que hace las obras del Maestro
(cf. Jn 14,12): mirándolo con fe, se ve a Cristo mismo. Lleno del Espíritu de
su Señor, Pedro pasa y, sin que él haga nada, su sombra se convierte en
“caricia” sanadora, en comunicación de salud, en efusión de la ternura del
Resucitado que se inclina sobre los enfermos y restaura la vida, la salvación y
la dignidad. De este modo, Dios manifiesta su cercanía y hace de las heridas de
sus hijos “el lugar teológico de su ternura” (Homilía matutina, Santa Marta,
14.12.2017).
En
las heridas de los enfermos, en las enfermedades que impiden avanzar en la
vida, está siempre la presencia de Jesús, las heridas de Jesús. Ahí está Jesús
llamándonos a cada uno de nosotros a cuidarlos, a apoyarlos, a sanarlos. La
acción sanadora de Pedro despertó el odio y la envidia de los saduceos, que
encarcelaron a los apóstoles y, conmocionados por su misteriosa liberación, les
prohibieron enseñar. Esta gente vio los milagros que los apóstoles no hicieron
por arte de magia, sino en el nombre de Jesús; pero no quisieron aceptarlo y
meterlo en la cárcel, los golpearon. Entonces fueron milagrosamente liberados,
pero los corazones de los saduceos eran tan duros que no querían creer lo que
veían. Pedro respondió ofreciendo una clave de la vida cristiana: “Obedeced a
Dios en vez de a los hombres” (Hch 5,29), porque ellos -los tristes- le
decían: “No tienes que seguir adelante con estas cosas, no tienes que
curar” – “Yo obedezco a Dios ante los hombres”: es la gran respuesta cristiana.
Esto
significa escuchar a Dios sin reservas, sin demoras, sin cálculos; adherirnos a
Él para ser capaces de hacer una alianza con Él y con aquellos que encontramos
en nuestro camino. Pidamos también al Espíritu Santo la fuerza para no
asustarnos frente a aquellos que nos mandan que nos callemos, nos calumnien e
incluso ataquen nuestras vidas. Pidámosle que nos fortalezca interiormente para
estar seguros de la presencia amorosa y consoladora del Señor a nuestro lado.
Traducción
de Zenit/ Rosa Die Alcolea
Fuente:
Zenit






