Haga lo
que haga, esté donde esté, rompiendo moldes
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| Por Impact Photography/Shutterstock |
Detenerme
por última vez ante un camino, un monte, un rostro, una canción. Detener los
pasos súbitamente y comenzar de nuevo a andar.
Observar por última vez el
mismo parque de siempre, la misma orilla del mar, ese atardecer de antes.
Reconocer ese olor del aire, ese sabor del cielo, ese gusto de la vida, la
misma vida.
Recordar lentamente las
palabras dichas en algún momento y las calladas a tiempo o a destiempo. Recoger
los silencios prendidos de las hojas de los árboles y guardarlos en lo más
hondo de mi alma. Caminar por
la misma carretera. Escuchar y cantar la misma canción.
Sostengo conmovido el
recuerdo de un encuentro, de un rostro, de un paisaje. Calculo el espacio que
existe entre un hasta pronto y un para siempre. Un espacio casi infinito.
Me detengo ante un salto en
el mar que me hace temblar de miedo, de respeto, de sorpresa desde mi
acantilado. Siento que voy a dejar de hacer lo que hasta ahora hacía tan
fácilmente, sin problemas, sin angustias.
Y me veo
emprendiendo un camino nuevo, desconocido, inquietante. Voy descalzo. Voy
tranquilo. El alma se ensancha, o tiembla.
En medio de la noche creo
descubrir rostros amigos. Dibujo torpemente, a mi manera, en una hoja en blanco
una ruta que desconozco. Lo hago con la mirada clara, sin pretender saber nada.
Quiero aprender a beber del
agua que me da vida y me quita la sed. Quizás no sea para siempre y sí solo por
un momento, sin que sirva de precedente.
Decido
navegar sin prisas, dejando pasar por mi alma una fila inagotable de recuerdos. No deseo llegar a la
meta del siguiente día, aunque me parezca fácil.
Sé que un día no lejano todo
cobrará otra luz, tendrá otros colores. Es la
vida una repetición de gestos que se hacen historias, recuerdos, momentos
sagrados.
Y yo, que soy un soñador
empedernido, los guardo como un tesoro, muy dentro de mis entrañas. Recojo
ese amor sembrado un día en un abrazo, en una sonrisa, en una mirada.
Temo ese olvido que es el
cáncer que amenaza con lacerar mi alma, queriendo borrar así todo lo guardado.
Contemplo arrebatado ese tesoro lleno de recuerdos, cincelado en mi vientre.
Allí donde no podrá llegar el olvido.
Y es que yo no
quiero olvidar sino
recordarlo todo. No quiero ser un después, sino un para siempre. No quiero
borrar de golpe todo lo que me ha dado sentido. No lo quiero.
Porque la
vida se compone de aciertos y fracasos, de luces y de sombras. Y yo las guardo
todas. Para aprender de cada decisión, de cada paso.
Por eso no quiero dejar de
ser, aunque mi ausencia dibuje un vacío, un hueco de ausencia. Sólo
pretendo seguir siendo yo mismo. Haga lo que haga. Esté donde esté.
¿Qué importa ese lugar en el
tiempo, y ese tiempo lleno de lugares? En el cielo, un día sin tiempo, todo se
unirá en un sentido pleno. Y el pasado se fundirá con un futuro cierto. Estará
todo claro, al menos así lo creo.
Y mientras tanto compongo
días y noches. Despierto amaneceres y dejo caer unas lágrimas al ponerse el
sol. Y todo ello sin dejar de soñar con una vida nueva.
Por eso hoy viene a mi alma
la letra de una canción de siempre. Sus palabras me despiertan y me hacen soñar
otra vez, siempre de nuevo, más hondo, con algo muy grande:
“¿Cómo
creer que la vida se escribe de pronto, en un solo silencio, en una respuesta?
¿Cómo acallar los sentidos cuando gritan vida? ¿Cómo ser un hombre con sabias
respuestas? ¿Cómo hacer del mundo mi gran aventura? Rompiendo los moldes, soñando
imposibles, Levantando el sol en mis manos pobres, amando la vida. ¿Cómo ser yo
mismo sin más pretensiones, sin buscar elogios, sin querer la gloria? ¿Cómo
amar al otro cuando grita odio? ¿Cómo ser valiente sin miedo a la vida? ¿Cómo
hacer que todo en mí tenga sentido?”.
Sólo
quiero amar la vida, seguir amándola una y otra vez cada mañana. Aunque duela a veces,
aunque muerda y hiera. Aunque no me guste o la sienta fría. No importa. La
amaré de nuevo.
Porque
sólo si la amo valdrá de algo mi entrega. Sólo si me ato, si sufro y me dejo
tocar por los hombres, por la vida misma.
Sé que al hacerlo a veces
romperé los moldes. Los míos los primeros. Esos moldes en los que quiero
contenerme para no desentonar ni herir, ni quedar mal siendo yo mismo. Esos
moldes que aprendí de pequeño, como dice una canción, Remando:
“De
chica me decía esta es la forma correcta de andar y de dirigirme a quien tuve
delante”.
Esos moldes aprendidos para
recibir cariño como respuesta a mis gestos y palabras. Esos moldes contenidos
en los que soy educado y correcto. Rompo esos moldes que pretenden contentar a
todos, no airando a nadie.
Y rompo
más moldes. Los
que están escritos. Los que dicen cómo tiene que ser una persona perfecta,
correcta, pulcra, eficiente. Esas personas completas que siempre aciertan y
todo lo hacen a su hora, en su momento.
Es quizás por eso que sigo
soñando imposibles no siendo ya tan niño. Y sigo con ese deseo tan puro de
querer sostener el sol entre mis manos pobres. Ese sol que brilla en mi alma y
más lejos, en lo más alto.
Guardo una esperanza sagrada
en medio de la noche. Y veo en la calma que me envuelve un anhelo profundo de
atravesar la tormenta.
Pero no pido hoy que cese la
tempestad violenta. No quiero que huyan de mí las nubes y cesen los vientos. No
quiero cambiar el presente, alterar los pasos que he dado siguiendo una
estrella.
Sólo quiero, eso sí,
desaprender lo que no me hace bien y aprender a bailar bajo la lluvia. Como un
niño con zapatos nuevos o pies descalzos. Eso
es lo que más sueño, lo que más quiero.
Carlos
Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






