Dejar de temer que nada salga como espero, tener paciencia y libertad
interior... eso es lo que realmente me da paz
No sé por qué
me cuesta tanto que me cambien los planes. Voy en una dirección y súbitamente
algo inesperado altera el rumbo.
El tiempo
perdido, las ocasiones desperdiciadas, … me duele en el ama cambiar los planes.
Dejar de hacer algo. Comenzar a hacer algo diferente. Así, sin haberlo
previsto.
Son los imprevistos del
camino. Los que aparecen y alteran el rumbo. Y yo me enfado, me
frustro, me irrito. Quiero como un niño caprichoso que todo vuelva a ser como
antes. Quiero aquí y ahora lo que deseo, lo que sueño.
Hay un dicho
popular que me interpela: “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus
planes”. No quiero hacerle reír, pero una y otra vez le cuento mis
planes. Delineo un camino. Dibujo un paisaje. Lleno mi agenda de deseos
y sueños.
Escribo, para
no olvidarme, todo lo que quiero hacer, cómo y cuándo. Lo exijo. Pero ¿y
si Dios de repente me cambia los planes? Puede hacerlo.
Pero yo le
cuento. Una y otra vez lo hago. No quiero que Él borre y vuelva a escribir
sobre mi agenda. Puede hacerlo. Yo me defiendo buscando seguridades.
Lucho contra mí
mismo deseando lo que aún no poseo. Es larga la vida, lo tengo claro. Larga o
corta. Y mis planes. ¿Qué importan mis planes?
Yo sólo quiero
esa libertad interior para tener paz en momentos en los que las
contrariedades vengan a intentar amargar mis pasos. La paz del alma en
medio de la tormenta. Leía el otro día:
“Señor, quiero
ser una niña pequeña e irresponsable, despreocupada y dormilona en tus brazos
fuertes de Padre. Estoy tranquila y en paz porque con tu amor y tu sonrisa lo
tengo todo. Nada me inquieta porque Tú estás conmigo, me aprietas contra tu
corazón y me proteges de todo mal. Eres bueno y sólo quieres mi bien, aunque no
siempre lo entienda así, confío. Renuncio a controlarlo, entenderlo y llegar a
todo. No estoy sola, estás siempre pendiente de mi porque soy tu hija”.
Quisiera vivir
siempre así cuando veo que todo se nubla a mi alrededor. Hago reír a Dios,
seguramente, pero yo no sonrío cuando Él lo cambia todo. ¿Qué querrá decirme
ahora? La paciencia… Dice la Biblia:
“Hombre de
Dios, busca la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre.
Combate el buen combate de la fe”.
Paciencia para
esperar sin desesperarme. Paciencia con las personas que me cuestan por su
forma de ser. Paciencia con el que no entiende, con el que yerra, con el que
ofende, con el que no cumple. Paciencia cuando me dicen que ahora mismo van a
hacer algo y no lo hacen.
Mis planes. Mis
exigencias. Siempre vivo con prisas. No aguardo pacientemente a que
nazca una flor, o crezca una planta. No tengo paciencia con esa semilla que
tarda tanto en morir para dar vida.
Jesús es manso
y paciente. No se altera cuando irrumpen en su vida para alterarle sus planes.
No se irrita, no pierde nunca la paz.
Un corazón
manso es lo que deseo. ¿Cómo pretendo tan a menudo comprender los planes de
Dios? Es imposible. No quiero hacerlo.
Sus planes son
incomprensibles. Simplemente vivo el momento sin prisas. No quiero vivir en el
mañana. No quiero desear que el tiempo no pase. O que
pase muy rápido para saber cómo termina todo.
Los plazos de
Dios, sus tiempos. Vistos desde una mirada eterna. En la que el pasado y el
futuro se unen. Miro a Dios confiado en medio del mar revuelto.
Confío, quiero
confiar. Quiero dejar de temer que nada salga como espero. Quiero
que sus planes sean los que me alegren el corazón siempre. No es tan sencillo.
Me da miedo que la vida me supere y perder la paz. Santa Teresita tenía miedos.
En una confesión encontró la paz:
“Mi alma era
como un libro en el que el Padre leía mejor que yo. Me lanzó a velas
desplegadas al mar de la confianza y el amor, que me atraía fuertemente, pero
por el cual no me animaba a navegar. Me dijo, que mis faltas no desagradaban a
Dios, que en nombre de Dios me decía de parte suya que Dios estaba muy
contento de mí. ¡Qué feliz fui al escuchar palabras tan consoladoras! Jamás
había oído decir que las faltas podían no desagradar a Dios. Tal
aseveración me colmó de alegría y me hizo soportar pacientemente el exilio de
esta vida”.
Mis faltas no
desagradan a Dios. Tampoco mi turbación y tristeza ante las contrariedades de
la vida. No le molestan ni mis miedos, ni mis caídas. Me quiere como
soy y me anima a adentrarme en las aguas revueltas del océano.
Los cambios de
planes me alteran. Siempre será así, lo asumo. Pero una vez que acepto
la realidad como es quiero vivir sin enfadarme. Abrazar con paz el
nuevo día, el camino marcado. Aceptar con un corazón alegre la vida con sus
límites.
No quiero tener
miedo a lo que está por venir. No quiero la angustia. No deseo la
impaciencia en mi alma. Es tan difícil caminar por senderos desconocidos. Tan
duro empezar nuevas rutas que no conozco. Soltar amarras, remar adentro.
Y luego esperar
con paciencia a que ocurra lo que espero. ¿Y si no ocurre? ¿Y
si no sucede cuando quiero? No me amargo. Acepto lo que hay en mi corazón.
Le doy un sí a
Dios con alegría. Él sabe mejor que yo lo que me conviene. Sabe lo que tengo
que hacer. Aceptar la vida como es sin pretender cambiarla.
Carlos
Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






