Sostén tu vida sobre tu identidad, acude a lo que te da
esperanza para perseverar
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| © Pixabay |
A veces
se piensa que la fidelidad consiste en mantenerse firme en las promesas que se
hicieron un día, que implica no dudar de ellas en el camino y mantenerse
siempre firme en la tentación. Pero, en el día a día de nuestra vida, nos damos
cuenta de que no alcanza para ser fiel con mantenerse; que no es suficiente con
convertirse cada día y con obligarse, en el buen sentido de la palabra, a
guardar un compromiso.
La fidelidad es más. La
fidelidad es llevar a plenitud lo que se es. Somos fieles si llegamos a ser.
Por eso, cuando la vida es
cuesta arriba, hace falta algo más que mantenerse; hace
falta recordar el primer amor, quién es el que nos está amando y cómo
quiere llenar nuestra vida.
A
veces pensamos que estaremos más completos si cumplimos metas; si perseveramos
hasta el final por alcanzarlas; si, según nuestros parámetros, logramos
objetivos. Pero, en medio de esta dinámica nos
olvidamos de ser, de llevar a la plenitud lo que somos y lo que hay en lo
profundo de nuestro corazón.
Por ello es necesario
recordar que la finalidad última de nuestra
vida se encuentra más en la línea de la gratuidad y menos en la línea de la
utilidad.
La fidelidad consiste en ver las cosas como realmente son y ver lo que están
llamadas a ser, es decir, comenzar a sostener
la propia vida sobre la identidad.
No
alcanza con mantener promesas que no van acompañadas de amor. Por ello, para
crecer en fidelidad, hay que permanecer junto a aquel que me muestra el
camino. Ir
al lugar donde me enciendo para poder entender mejor cómo servir.
Beber de la fuente. Recordar
todos los días que en Jesús fui completado y llevado a la plenitud. Esto es lo
que nos da esperanza para perseverar.
Entonces,
¿cómo permanecer siendo lo que somos y responder a lo que se nos va pidiendo?
¿Por dónde pasa el camino? Pasa por la realidad, por lo que en el encuentro
con ella me vaya diciendo. La vida y la fidelidad se van desarrollando en el
encuentro real con las personas, con la realidad y con Dios.
La fidelidad posee una gran
cuota de creatividad histórica. Es decir, no se trata de mantenerse incólume en
lo que se pensó, alguna vez, era lo que se tenía que hacer.
Se trata de renovarse
día a día en el encuentro, y en ese encuentro, en lo que se va realizando en mi vida,
en lo que se me va mostrando; saber escuchar y confirmar las promesas
permaneciendo fiel a lo que soy.
La
fidelidad es la fe realizándose en el amor humilde. Fe que asume la
historia concreta como lugar donde vivirse como don y devolverse en gratuidad a
quien nos prometimos. Fe hecha fidelidad que se hace real en el tramo concreto
de cada día.
“Esta
fidelidad nunca la podemos conquistar con nuestras fuerzas; no es únicamente
fruto de nuestro esfuerzo diario; proviene de Dios y está fundada en el «sí» de
Cristo, que afirma: mi alimento es hacer la voluntad del Padre
(cf. Jn 4, 34). Debemos entrar en este «sí», entrar en este «sí» de
Cristo, en la adhesión a la voluntad de Dios, para llegar a afirmar con san
Pablo que ya no vivimos nosotros, sino que es Cristo mismo quien vive en
nosotros. Así, el «amén» de nuestra oración personal y comunitaria envolverá y
transformará toda nuestra vida, una vida de consolación de Dios, una vida
inmersa en el Amor eterno e inquebrantable” (Benedicto
XVI).
Luisa Restrepo
Fuente:
Aleteia






