Canonización de Newman y 4 beatas
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| Canonización del Cardenal Newman y 4 Beatas © Vatican Media |
El Papa
Francisco, en la Eucaristía con motivo de la Canonización del beato Newman y
otras 4 beatas, ha señalado tres pasos para crecer en la fe, señaladas por
los leprosos curados: invocar, caminar y agradecer.
A las 10:15
horas del domingo 13 de octubre de 2019, el Papa ha presidido la Santa Misa y
ha proclamado santos a: John Henry Newman, Giuseppina Vannini, Mariam Thresia Chiramel Mankidiyan, Dulce Lopes Pontes y Marguerite Bays.
Francisco ha
invitado a pedir ser “luces amables”, como los nuevos santos, en medio de
la oscuridad del mundo. Así, ha agradecido al Señor por ellos, que “han
caminado en la fe y ahora invocamos como intercesores”.
Tres son
religiosas, ha señalado el Pontífice, y “nos muestran que la vida consagrada es
un camino de amor en las periferias existenciales del mundo”. Santa Margarita
Bays, “en cambio, era una costurera y nos revela qué potente es la oración
sencilla, la tolerancia paciente, la entrega silenciosa. A través de estas
cosas, el Señor ha hecho revivir en ella el esplendor de la Pascua”.
En lo que se
refiere el santo Cardenal Newman, el Papa ha destacado “la santidad de lo
cotidiano”, y ha citado las palabras del cardenal inglés: “El cristiano tiene
una paz profunda, silenciosa y escondida que el mundo no ve. […] El cristiano
es alegre, sencillo, amable, dulce, cortés, sincero, sin pretensiones, […] con
tan pocas cosas inusuales o llamativas en su porte que a primera vista
fácilmente se diría que es un hombre corriente”.
Invocar
El Señor libera
y cura el corazón, si lo invocamos, si le decimos: “Señor, yo creo
que puedes sanarme; cúrame de mis cerrazones, libérame del mal y del miedo,
Jesús”, ha anunciado el Papa en su homilía.
En consonancia
con nuestro tiempo, el Papa ha comentado que “necesitamos ser sanados de la
falta de confianza en nosotros mismos, en la vida, en el futuro; de tantos
miedos; de los vicios que nos esclavizan; de tantas cerrazones, dependencias y
apegos: al juego, al dinero, a la televisión, al teléfono, al juicio de los
demás”.
Caminar
El Papa,
tomando el ejemplo de los leprosos, en el pasaje de Lucas 17,19, ha
explicado que la “requiere un camino, una salida, hace milagros si salimos de
nuestras certezas acomodadas, si dejamos nuestros puertos seguros, nuestros
nidos confortables”.
Así, ha
asegurado la fe “aumenta con el don y crece con el riesgo”, “avanza cuando
vamos equipados de la confianza en Dios. La fe se abre camino a través de pasos
humildes y concretos”.
Además, el
Santo Padre ha subrayado que “somos protectores de nuestros hermanos alejados”.
Somos “intercesores” para ellos, somos “responsables” de ellos, estamos
“llamados a responder y preocuparnos” por ellos, y ha planteado “¿Quieres
crecer en la fe?”: “Hazte cargo de un hermano alejado, de una hermana alejada”,
ha exhortado.
Agradecer
“Sólo Jesús
libra del mal y sana el corazón, sólo el encuentro con Él salva, hace la vida
plena y hermosa”, ha asegurado Francisco. “Cuando encontramos a Jesús, el
‘gracias’ nace espontáneo, porque se descubre lo más importante de la vida, que
no es recibir una gracia o resolver un problema, sino abrazar al Señor de la
vida”.
En esta línea,
el Papa ha indicado que decir “Gracias, Señor” al despertarnos, durante el día,
antes de irnos a descansar “es el antídoto al envejecimiento del corazón”, y ha
animado a hacerlo también en la familia, entre los esposos: acordarse de decir
gracias. “Gracias es la palabra más sencilla y beneficiosa”.
A continuación,
ofrecemos la homilía completa del Papa Francisco:
Homilía del Papa
«Tu fe te ha
salvado» (Lc 17,19). Es el punto de llegada del evangelio de hoy,
que nos muestra el camino de la fe. En este itinerario de fe vemos
tres etapas, señaladas por los leprosos curados, que invocan, caminan y agradecen.
En primer
lugar, invocar. Los leprosos se encontraban en una condición
terrible, no sólo por sufrir la enfermedad que, incluso en la actualidad, se
combate con mucho esfuerzo, sino por la exclusión social. En tiempos de Jesús
eran considerados inmundos y en cuanto tales debían estar aislados, al margen
(cf. Lv 13,46). De hecho, vemos que, cuando acuden a Jesús,
“se detienen a lo lejos” (cf. Lc 17,12). Pero, aun cuando su
situación los deja a un lado, dice el evangelio que invocan a Jesús «a gritos»
(v. 13). No se dejan paralizar por las exclusiones de los hombres y gritan a
Dios, que no excluye a nadie. Es así como se acortan las distancias, como se
vence la soledad: no encerrándose en sí mismos y en las propias aflicciones, no
pensando en los juicios de los otros, sino invocando al Señor, porque el Señor
escucha el grito del que está solo.
Como esos
leprosos, también nosotros necesitamos ser curados, todos. Necesitamos ser
sanados de la falta de confianza en nosotros mismos, en la vida, en el futuro;
de tantos miedos; de los vicios que nos esclavizan; de tantas cerrazones,
dependencias y apegos: al juego, al dinero, a la televisión, al teléfono, al
juicio de los demás. El Señor libera y cura el corazón, si lo invocamos,
si le decimos: “Señor, yo creo que puedes sanarme; cúrame de mis cerrazones,
libérame del mal y del miedo, Jesús”. Los leprosos son los primeros, en este
evangelio, en invocar el nombre de Jesús. Después lo harán también un ciego y
un malhechor en la cruz: gente necesitada invoca el nombre de Jesús, que
significa Dios salva. Llaman a Dios por su nombre, de modo directo,
espontáneo. Llamar por el nombre es signo de confianza, y al Señor le gusta. La
fe crece así, con la invocación confiada, presentando a Jesús lo que somos, con
el corazón abierto, sin esconder nuestras miserias. Invoquemos con confianza
cada día el nombre de Jesús: Dios salva. Repitámoslo; es rezar. La oración es
la puerta de la fe, la oración es la medicina del corazón.
La segunda
etapa es caminar. En el breve evangelio de hoy aparece una decena
de verbos de movimiento. Pero, sobre todo, impacta el hecho de que los leprosos
no se curan cuando están delante de Jesús, sino después, al caminar: «Mientras
iban de camino, quedaron limpios», dice el texto (v. 14). Se curan al ir a
Jerusalén, es decir, cuando afrontan un camino en subida. Somos purificados en
el camino de la vida, un camino que a menudo es en subida, porque conduce hacia
lo alto.
La fe requiere
un camino, una salida, hace milagros si salimos de nuestras certezas
acomodadas, si dejamos nuestros puertos seguros, nuestros nidos confortables.
La fe aumenta con el don y crece con el riesgo. La fe avanza cuando vamos
equipados de la confianza en Dios. La fe se abre camino a través de pasos
humildes y concretos, como humildes y concretos fueron el camino de los
leprosos y el baño en el río Jordán de Naamán, en la primera lectura (cf. 2
Re 5,14-17). También es así para nosotros: avanzamos en la fe con el
amor humilde y concreto, con la paciencia cotidiana, invocando a Jesús y
siguiendo hacia adelante.
Hay otro
aspecto interesante en el camino de los leprosos: avanzan juntos.
«Iban» y «quedaron limpios», dice el evangelio (v. 14), siempre en plural: la
fe es caminar juntos, nunca solos. Pero, una vez curados, nueve se van y sólo
uno vuelve a agradecer. Entonces Jesús expresa toda su amargura: «Los otros
nueve, ¿dónde están?» (v. 17). Casi parece que pide cuenta de los otros nueve
al único que regresó. Es verdad, es nuestra tarea —de nosotros que estamos aquí
para “celebrar la Eucaristía”, es decir, para agradecer—, es
nuestra tarea hacernos cargo del que ha dejado de caminar, de quien ha perdido
el rumbo: somos protectores de nuestros hermanos alejados. Somos intercesores
para ellos, somos responsables de ellos, estamos llamados a responder y
preocuparnos por ellos. ¿Quieres crecer en la fe? Hazte cargo de un hermano
alejado, de una hermana alejada.
Invocar,
caminar y agradecer: es la última etapa. Sólo al que
agradece Jesús le dice: «Tu fe te ha salvado» (v. 19). No sólo está
sano, sino también salvado. Esto nos dice que la meta no es la salud, no es el
estar bien, sino el encuentro con Jesús. La salvación no es beber un vaso de
agua para estar en forma, es ir a la fuente, que es Jesús. Sólo Él libra del
mal y sana el corazón, sólo el encuentro con Él salva, hace la vida plena y
hermosa. Cuando encontramos a Jesús, el “gracias” nace espontáneo, porque se
descubre lo más importante de la vida, que no es recibir una gracia o resolver
un problema, sino abrazar al Señor de la vida.
Es hermoso ver
que ese hombre sanado, que era un samaritano, expresa la alegría con todo su
ser: alaba a Dios a grandes gritos, se postra, agradece (cf. vv. 15-16). El
culmen del camino de fe es vivir dando gracias. Podemos preguntarnos: nosotros,
que tenemos fe, ¿vivimos la jornada como un peso a soportar o como una alabanza
para ofrecer? ¿Permanecemos centrados en nosotros mismos a la espera de pedir
la próxima gracia o encontramos nuestra alegría en la acción de gracias? Cuando
agradecemos, el Padre se conmueve y derrama sobre nosotros el Espíritu Santo.
Agradecer no es cuestión de cortesía, de buenos modales, es cuestión de fe. Un
corazón que agradece se mantiene joven. Decir: “Gracias, Señor” al
despertarnos, durante el día, antes de irnos a descansar es el antídoto al
envejecimiento del corazón. Así también en la familia, entre los esposos:
acordarse de decir gracias. Gracias es la palabra más sencilla y beneficiosa.
Invocar,
caminar, agradecer. Hoy damos gracias al Señor por los nuevos santos, que han
caminado en la fe y ahora invocamos como intercesores. Tres son religiosas y
nos muestran que la vida consagrada es un camino de amor en las periferias
existenciales del mundo. Santa Margarita Bays, en cambio, era una costurera y
nos revela qué potente es la oración sencilla, la tolerancia paciente, la
entrega silenciosa. A través de estas cosas, el Señor ha hecho revivir en ella
el esplendor de la Pascua. Es la santidad de lo cotidiano, a la que se refiere
el santo Cardenal Newman cuando dice: «El cristiano tiene una paz profunda,
silenciosa y escondida que el mundo no ve. […] El cristiano es alegre,
sencillo, amable, dulce, cortés, sincero, sin pretensiones, […] con tan pocas
cosas inusuales o llamativas en su porte que a primera vista fácilmente se
diría que es un hombre corriente» (Parochial and Plain Sermons, V,5).
Pidamos ser
así, “luces amables” en medio de la oscuridad del mundo. Jesús, «quédate con
nosotros y así comenzaremos a brillar como brillas Tú; a brillar para servir de
luz a los demás» (Meditations on Christian Doctrine, VII,3). Amén.
Rosa Die
Alcolea
© Librería
Editorial Vaticano
Fuente:
Zenit






