«Sí, hay oscuridad en los corazones humanos,
pero mayor es la luz de Cristo», dijo el Papa Francisco durante su mensaje
navideño este 25 de diciembre de 2019
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| Urbi Et Orbi © Vatican Media |
Al mediodía, según la tradición, el Papa dio
su bendición Urbi et Orbi (a la ciudad y al mundo) desde la Logia central de la
basílica de San Pedro.
Haciendo un recorrido por los conflictos
del mundo, el Papa mencionó particularmente el Medio Oriente, Siria, Líbano,
Tierra Santa, Irak, Yemen, el Continente americano, Venezuela, Ucrania, los
pueblos del África: la República Democrática del Congo, Burkina Faso, Malí,
Níger y Nigeria.
Finalmente abogó por los migrantes: «Es la
injusticia la que los obliga a cruzar desiertos y mares, transformados en
cementerios», denunció. Es la injusticia lo que los obliga a sufrir abusos
indescriptibles, esclavitud de todo tipo y tortura en campos de detención
inhumanos. Es la injusticia lo que los hace retroceder de lugares donde
podrían tener la esperanza de una vida digna y les hace encontrar muros de
indiferencia».
«Que Emmanuel sea luz para toda la humanidad
herida. Que aligere nuestro corazón a menudo endurecido y egoísta y nos haga
instrumentos de su amor”, dijo el Papa.
AK
Este es el texto del Mensaje del Santo Padre para la Navidad de 2019:
Mensaje del Papa Francisco
«El pueblo que caminaba en tinieblas vio una
luz grande» (Is 9,1)
Queridos hermanos y hermanas: ¡Feliz Navidad!
En el seno de la madre Iglesia, esta noche ha nacido nuevamente el Hijo de Dios
hecho hombre. Su nombre es Jesús, que significa Dios salva. El Padre, Amor
eterno e infinito, lo envió al mundo no para condenarlo, sino para salvarlo
(cf. Jn 3,17). El Padre lo dio, con inmensa misericordia. Lo entregó para
todos. Lo dio para siempre. Y Él nació, como pequeña llama encendida en la
oscuridad y en el frío de la noche.
Aquel Niño, nacido de la Virgen María, es la
Palabra de Dios hecha carne. La Palabra que orientó el corazón y los pasos de
Abrahán hacia la tierra prometida, y sigue atrayendo a quienes confían en las
promesas de Dios. La Palabra que guió a los hebreos en el camino de la
esclavitud a la libertad, y continúa llamando a los esclavos de todos los
tiempos, también hoy, a salir de sus prisiones. Es Palabra, más luminosa que el
sol, encarnada en un pequeño hijo del hombre, Jesús, luz del mundo.
Por esto el profeta exclama: «El pueblo que
caminaba en tinieblas vio una luz grande» (Is 9,1). Sí, hay tinieblas en los
corazones humanos, pero más grande es la luz de Cristo. Hay tinieblas en las
relaciones personales, familiares, sociales, pero más grande es la luz de
Cristo. Hay tinieblas en los conflictos económicos, geopolíticos y ecológicos,
pero más grande es la luz de Cristo.
Que Cristo sea luz para tantos niños que
sufren la guerra y los conflictos en Oriente Medio y en diversos países del
mundo. Que sea consuelo para el amado pueblo sirio, que todavía no ve el final
de las hostilidades que han desgarrado el país en este decenio. Que remueva las
conciencias de los hombres de buena voluntad. Que inspire a los gobernantes y a
la comunidad internacional para encontrar soluciones que garanticen la
seguridad y la convivencia pacífica de los pueblos de la región y ponga fin a sus indecibles sufrimientos. Que sea apoyo para el pueblo
libanés, de este modo pueda salir de la crisis actual y descubra nuevamente su
vocación de ser un mensaje de libertad y de armoniosa coexistencia para todos.
Que el Señor Jesús sea luz para la Tierra
Santa donde Él nació, Salvador del mundo, y donde continúa la espera de tantos
que, incluso en la fatiga, pero sin desesperarse, aguardan días de paz, de
seguridad y de prosperidad. Que sea consolación para Irak, atravesado por
tensiones sociales, y para Yemen, probado por una grave crisis humanitaria.
Pienso en los niños de Yemen.
Que el pequeño Niño de Belén sea esperanza
para todo el continente americano, donde diversas naciones están pasando un
período de agitaciones sociales y políticas. Que reanime al querido pueblo
venezolano, probado largamente por tensiones políticas y sociales, y no le haga
faltar el auxilio que necesita. Que bendiga los esfuerzos de cuantos se están
prodigando para favorecer la justicia y la reconciliación, y se desvelan para
superar las diversas crisis y las numerosas formas de pobreza que ofenden la
dignidad de cada persona.
Que el Redentor del mundo sea luz para la
querida Ucrania, que aspira a soluciones concretas para alcanzar una paz duradera.
Que el Señor recién nacido sea luz para los
pueblos de África, donde perduran situaciones sociales y políticas que a menudo
obligan a las personas a emigrar, privándolas de una casa y de una familia. Que
haya paz para la población que vive en las regiones orientales de la República
Democrática del Congo, martirizada por conflictos persistentes. Que sea
consuelo para cuantos son perseguidos a causa de su fe, especialmente los
misioneros y los fieles secuestrados, y para cuantos caen víctimas de ataques
por parte de grupos extremistas, sobre todo en Burkina Faso, Malí, Níger y
Nigeria.
Que el Hijo de Dios, que bajó del cielo a la
tierra, sea defensa y apoyo para cuantos, a causa de estas y otras injusticias,
deben emigrar con la esperanza de una vida segura. La injusticia los obliga a
atravesar desiertos y mares, transformados en cementerios. La injusticia los
fuerza a sufrir abusos indecibles, esclavitudes de todo tipo y torturas en
campos de detención inhumanos. La injusticia les niega lugares donde podrían
tener la esperanza de una vida digna y les hace encontrar muros de
indiferencia.
Que el Emmanuel sea luz para toda la
humanidad herida. Que ablande nuestro corazón, a menudo endurecido y egoísta, y
nos haga instrumentos de su amor. Que, a través de nuestros pobres rostros,
regale su sonrisa a los niños de todo el mundo, especialmente a los abandonados
y a los que han sufrido a causa de la violencia. Que, a través de nuestros
brazos débiles, vista a los pobres que no tienen con qué cubrirse, dé el pan a
los hambrientos, cure a los enfermos. Que, por nuestra frágil compañía, esté
cerca de las personas ancianas y solas, de los migrantes y de los marginados.
Que, en este día de fiesta, conceda su ternura a todos, e ilumine las tinieblas
de este mundo.
Raquel Anillo
© Librería Editorial Vaticano
Fuente: Zenit






