“La
Iglesia nunca es ajena, humana ni espiritualmente, a cuantos sufren”, afirmó el
Papa Francisco hablando de los matrimonios rotos o que se encuentran en
dificultad
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| El Papa Francisco. Foto: Daniel Ibáñez / ACI Prensa |
El
Papa recibió este sábado 30 de noviembre a los participantes en el curso
organizado por el Tribunal de la Rota Romana en el histórico Palacio de la
Cancellería sobre la tutela del matrimonio y el cuidado pastoral de las parejas
heridas.
Francisco
explicó que muchas situaciones difíciles por las que puede atravesar un
matrimonio “no pueden tratarse con una aproximación meramente burocrática, casi
mecánica. Se trata, más bien, de entrar en la vida de las personas que sufren,
que tienen sed de serenidad y de felicidad personal y de pareja”.
Recordó
que hoy, “las heridas del matrimonio provienen de muchas y diferentes causas:
psicológicas, físicas, ambientales, culturales…; a veces están cerradas por el
cierre del corazón humano al amor, por el pecado que nos afecta a todos”.
Este
cierre “socava surcos profundos y amargos en los corazones de muchas personas
implicadas, heridas sangrientas ante las que la Iglesia no desviará la mirada a
otra parte”.
Por
ese motivo, “la Iglesia, cuando se encuentra con esta realidad de parejas
heridas, en primer lugar, llora y sufre con ellas; se acerca con el aceite del
consuelo para aliviar y curar; quiere cargar sobre ella el dolor con el que se
encuentra”.
El
Papa continuó: “La Iglesia busca siempre y sólo el bien de las personas
heridas, busca la verdad de su amor; no tiene otra cosa en mente que sostener
su justa y deseada felicidad, la cual, ante que un bien personal al que todos,
humanamente aspiran, es un don que Dios reserva a sus hijos y que proviene de
Él”.
Por
ese motivo, “toda causa eclesiástica que afronta un matrimonio herido, y por lo
tanto los trabajadores, los jueces, las partes afectadas, los testimonios,
deben siempre en primer lugar confiarse al Espíritu Santo para que, guiados por
Él, puedan escuchar con justo criterios, sepan examinar, discernir y juzgar”.
“Un
proceso no es algo matemático para ver simplemente qué motivo pesa más que
otro. No. Es el Espíritu Santo el que debe guiar el proceso, siempre. Si no
está el Espíritu Santo, lo que hacemos no es eclesial”, aseguró.
Fuente:
ACI Prensa






