Nada es
perfecto, ni siquiera en Navidad… ¿y si empezaras de cero?
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| Nate Bolt CC |
No
es fácil tener una familia perfecta. Sé que no existe le perfección cuando
hablo de relaciones humanas, de vínculos. Siempre se puede hacer más. Siempre
puedo dar más, sonreír más, amar más perdonar más. Siempre puedo crecer más. En
realidad, hay algo clave en estas fechas navideñas. Es necesario que cambie mi
corazón. Dice el apóstol:
“Revestíos,
pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de
bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y
perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os
perdonó, perdonaos también vosotros”.
En Navidad me reencuentro
con muchos seres queridos y otros no tan amados. Comparto la cena navideña con
hermanos, primos, tíos, padres, sobrinos.
Todo
se reviste de esperanza en medio de muchos vínculos que están sanos, y otros
vínculos que están rotos. Nada es perfecto. Ni siquiera en Navidad.
Tengo el deseo de que lo
sea, pero no lo es. Hay heridas, rencores no olvidados, palabras que no
desaparecen del recuerdo. Hay escenas que guardo. Han quedado grabadas a fuego
en el alma.
¿Cómo se pueden olvidar las
ofensas recibidas? Interpreto, juzgo, tengo mi punto de vista. ¿Cuántos puntos
de vista posibles existen? Tantos como corazones.
El rencor me aleja, construye
muros insuperables. Me aleja a distancias infinitas. No
quiero volver a ver al que fue alguien amado, a aquel con el que comparto una
misma sangre.
Ser de la misma familia no
significa que el amor sea verdadero y profundo. No, el tiempo deja heridas. El
corazón sufre. Me dan miedo estas fiestas que reabren preguntas tapadas, desafíos
olvidados. Mis heridas me hacen sufrir y sentirme infeliz en estos días
navideños. El otro día leía:
“Llamamos
un estado de ánimo, que es positivo en el caso de la felicidad y negativo en el
caso de la infelicidad. Estos estados de ánimo son productos de una
multiplicidad de sentimientos que los seres
humanos percibimos permanentemente y que provienen de la elaboración de siete emociones básicas: angustia,
tristeza, rabia, aburrimiento, asco, culpa y alegría”.
¿Cómo es mi estado de ánimo
esta fiesta? ¿Qué sentimientos tienen más fuerza
en el alma? De
repente afloran sentimientos negativos. Rabia, rencor, no olvido ofensas.
Y ahora en Navidad las
recuerdo vivamente. Es lo que tienen estas fechas. No me puedo olvidar de lo
que me dijeron. ¿Para qué voy a compartir la cena con los
que no me quieren?
Es cierto. Mi punto de
vista. Yo soy el ofendido. ¿No tengo razón? Seguramente los sentimientos son
verdaderos. Si me siento ofendido eso es verdadero. Independientemente de que
el otro también sienta lo mismo.
Yo soy
responsable de lo que siento. Y también de lo que puedo hacer con mis
sentimientos. Puedo
incluso cambiar mis sentimientos, aunque me parezca imposible. Puedo
cambiar los pensamientos que los provocan.
Y aún algo más grande, puedo
perdonar.
La misericordia es un don de Dios en
mi alma. Pero tengo que querer perdonar para dejar que un día Dios lo logre en
mí. Perdonar al que me hizo daño no significa exculparlo. No quiere decir que no sea
culpable de la ofensa. No lo libero de su responsabilidad.
La verdad es que el perdón
me libera a mí. Me quita a mí las cadenas que
me atan y hacen infeliz. El perdón derriba los muros y construye puentes.
Es imposible, me digo en mi
interior. No puedo perdonar lo imperdonable. Me humillaron, hablaron mal de mí,
me insultaron, me dejaron solo, me abandonaron, me cuestionaron en mi dignidad.
¿Cómo
se pueden olvidar las ofensas? Es imposible para mi corazón humano
tan limitado. Pero no es imposible para Dios. Para Él todo es posible.
Eso me da tanta paz…
Él puede hacer el milagro si
le dejo actuar en mí. Su misericordia puede hacerme misericordioso. Si todo el
poder de su perdón llega a mi alma, puedo volverme yo capaz de un perdón
imposible.
Con aquellos de mi familia
con los que no me hablo. Con ese primo, con ese hermano, con mi padre, con mi
madre. No importa quién sea.
Creo que puedo
volver a empezar de cero. Puedo acercarme y abrazar. Puedo reconstruir los
vínculos rotos. Puedo tener palabras de ternura y cariño. Puedo hacerlo, aunque me
parezca imposible.
El pasado no va a cambiar.
No es posible. Pero puedo cambiar el futuro. Depende de mi sí, de
mi valentía, de mis palabras llenas de bondad. Depende de mí que soy hijo de
Dios y una y otra vez vuelvo hasta Él suplicando misericordia.
Y recibo el perdón como un
niño. Y siento que no es justo que me perdone y lo hace. ¿Y yo? Yo luego no
logro perdonar a mi hermano.
Quiero que me pidan perdón.
Que se humillen. Que reconozcan públicamente su error. Que cambien sus hábitos
y sus formas. Pretendo que se comporten de otra forma. Que enmienden el daño
causado. Pongo la responsabilidad en el otro.
Y nada cambia. Porque el otro
hace lo mismo. Y vivo estancado en un silencio enfermizo. En una frialdad
hiriente. No se puede crecer así.
Navidad es el tiempo del
perdón, de la ternura, del abrazo, de la misericordia. Le pido a Dios ese milagro en mi alma.
Carlos
Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






