¿Cómo alegrar al niño Jesús cuando tantas tristezas y preocupaciones turban
el ánimo?
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recorrer el camino eterno que existe entre el sueño y la realidad. Entre la
puesta de sol y el amanecer. Entre la muerte y la vida. Entre la tristeza más
honda y la alegría más permanente.
El camino largo
o corto que existe entre el ayer y el mañana. Entre el no y el sí
como respuesta. Entre la desesperación y la esperanza. Entre el odio y el amor
eterno. Esa distancia la recorren mis pasos hasta llegar al pie de un pesebre.
De rodillas
permanezco en silencio. No quiero dejar sin tocar los anhelos que llevo
en el alma. Se los entrego a Dios hecho niño pobre en mi portal. De
rodillas caigo derrotado, vencido, confiado.
¿Cuáles son mis
sueños? ¿Dónde están esos sueños que nunca nacieron a la
luz? ¿Dónde quedaron mis miedos y mis más íntimos anhelos? ¿Dónde
la angustia y la paz?
Deseo una vida
más plena, un camino lleno de estrellas, una vida más humana en la que reine
Dios y venzan los sueños. Deseo una noche llena de estrellas, de esperanza y un
día que no acabe al llegar la puesta de sol.
Deseo abrazar
los silencios con el alma en vilo, suspirando por días mejores. Quiero vivir
sujeto a la esperanza que Dios ha sembrado en mi alma, ha
tejido en la piel frágil de mi cuerpo.
Añoro levantar
el mar entre mis manos, en el hueco de mi alma, como si fuera posible contener
toda su inmensidad. Sueño con recorrer caminos infinitos que lleven a
Dios como único puerto verdadero. Dejando de lado tantas quimeras que
quisieron confundirme en el camino.
Deseo acoger en
mi alma el sí que hoy pronuncio de nuevo con voz queda, sujeto a la tierra,
apegado a los hombres y anclado en el cielo.
Quiero
comprender que no es fácil la cruz, ni el dolor, ni la muerte. He
sentido cuánto duelen en mi piel la agonía ante el dolor, la herida en la
carne, el fracaso, la derrota.
Y no entiendo
que las cosas no sean como sueña mi alma, no entiendo que el sol no pueda
reinar sin morir nunca. Acaricio un presente distinto al futuro soñado.
Lo abrazo
doblegado como un náufrago sobre una tabla endeble, en medio de mi mar. Lo
beso. Y acepto el pasado que pesa en el alma, como un lastre.
Ya no puedo cambiarlo.
Y me detengo
cansado a la puerta del portal. Hace frío en el alma. Fuera y
dentro de mí. Deseo el calor del abrazo de María, de José, del Niño. Un
abrazo en familia. Un abrazo en mi establo. Con la lumbre de siempre.
Los animales. Los ángeles. Hasta los pastores.
Pero me veo tan
vacío de todo en esta noche de invierno… Tan desprovisto de méritos y
logros. Tan indigno. ¿Cómo voy a calentar yo al niño cuando
estoy muerto de frío?
¿Cómo voy a
darle poder en su indefensión cuando yo mismo me siento impotente en medio de
este mundo en guerra? ¿Cómo voy a alegrarle con tantas tristezas y
preocupaciones que turban mi ánimo?
¿Cómo voy a
ahuyentar sus miedos ante el futuro incierto, cuando comparto sus mismos miedos
y me angustia el mañana? Me arrodillo cansado, desprovisto de todo, esperando
que Él llene mis alforjas vacías, estando Él también vacío.
¿Cómo va a
hacerlo si es sólo un niño? No sé cómo, pero confío en su poder que no veo. Escucho en mi corazón:
“Un niño nos ha
nacido, un hijo se nos ha dado. Hoy nos ha nacido el Salvador”.
Con esa
esperanza basta para calentar el alma que se ha enfriado. Basta para albergar
una esperanza nueva en medio de mi desolación. Basta para soñar sin
desfallecer, luchando con todas mis fuerzas.
No dejo de
esperar contra toda esperanza. Un niño llenará mi alma de alegría.
Lo sé. Esta misma noche. Antes de que amanezca. No sé bien cómo lo hará, pero
me alegro con paz al pensar en ese momento soñado.
Lo imposible
puede ser posible. ¿Cuáles son mis sueños? ¿Cuáles los milagros que susurra mi
lengua al oído de Dios? Tengo escrita en mi piel una promesa. No la olvido. Un
niño me ha nacido. Dios conmigo. Sujetándome en el hueco de su mano.
Me ha nacido
para que no viva solo nunca más. Es tan fácil creer que estoy solo. Tan
vulnerable mi ánimo a la desesperación. Tan tentador dejar de luchar.
Sé que el
Niño crece en mi pecho y toma forma. Se hace gigante en mi alma. Me da
una fuerza que antes desconocía. Veo que es Navidad dentro de mi llanto.
Y brota su luz
en mi sonrisa ancha llena de paz. En la soledad que es compañía con la que
abrazo sus pequeños brazos. Y siento que ha nacido casi sin darme cuenta.
El corazón se
calma. Y los vientos. Y mi barca navega en su mar. Tan pequeño, tan infinito.
Ese Dios que es paz y silencio. Canto y calor de una familia.
Ya no temo.
¿Qué podría hacerme el hombre? Nada que perder. Todo lo he entregado.
Sonrío. Y se calma el viento. Ya no hace frío.
Carlos
Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






