El
Domingo de Ramos se celebra a nivel diocesano
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| El Papa en la Universidad de Sofía, en Tokio © Vatican News |
En
una cultura “que quiere a los jóvenes aislados y replegados en mundos
virtuales, hagamos circular esta palabra de Jesús: ‘Levántate’”, sugiere el
Papa Francisco a todos los jóvenes del mundo.
“Joven,
a ti te digo, levántate”. (cf. Lc 7:14), es el lema escogido por el Papa
Francisco para su mensaje en la 35ª Jornada Mundial de la Juventud 2020, que se
celebra a nivel diocesano en todo el mundo el 5 de abril, Domingo de Ramos.
“Levántate”
significa también “sueña”, comenta el Pontífice en el texto, “arriesga”,
“comprométete para cambiar el mundo”, enciende de nuevo tus deseos, contempla
el cielo, las estrellas, el mundo a tu alrededor. “Levántate y sé lo que eres”.
El
verbo levantarse –que también significa” resurgir, despertarse a la
vida”– aparece en tres lemas elegidos por el Santo Padre recientemente
dirigidos a los jóvenes: El tema de la JMJ de Lisboa será: “María se levantó y
partió sin demora” (Lc 1,39); y en dos textos bíblicos que el Papa propone
para reflexionar: “¡Joven, a ti te digo, levántate!” (cf. Lc 7,14),
en el 2020, y “¡Levántate! ¡Te hago testigo de las cosas que has visto!”
(cf. Hch 26,16), en el 2021.
Christus vivit
Asimismo,
el versículo del Evangelio “Joven, a ti te digo, levántate” ya fue citado
por Francisco en la Christus vivit: “Si has perdido el vigor interior, los
sueños, el entusiasmo, la esperanza y la generosidad, ante ti se presenta Jesús
como se presentó ante el hijo muerto de la viuda, y con toda su potencia de
Resucitado el Señor te exhorta: ‘Joven, a ti te digo, ¡levántate!’ (cf. Lc 7,14)”
(n. 20).
En
torno a este pasaje que narra cómo Jesús, entrando en Naín, Galilea, sanó al
hijo único de la viuda, impresionado por el dolor desgarrador de esa mujer, el
Papa invita a reflexionar sobre varios puntos: “ver el dolor y la muerte”,
“tener compasión”, “acercarse y tocar”, “¡Joven, a ti te digo, levántate!”, y
“la vida nueva ‘de resucitados’”.
Después
de una elaborada propuesta, el Papa termina con una pregunta: “Queridos
jóvenes: ¿Cuáles son vuestras pasiones y vuestros sueños?”.
“Hacedlos
surgir”, exhorta, “y, a través de ellos, proponed al mundo, a la Iglesia, a los
otros jóvenes, algo hermoso en el campo espiritual, artístico, social. Os lo
repito en mi lengua materna: ¡hagan lío! Haced escuchar vuestra voz”.
Sigue
el mensaje completo del Santo Padre para la 35ª Jornada Mundial de la Juventud.
Mensaje del Santo Padre
“¡Joven,
a ti te digo, levántate!” (cf. Lc 7,14)
Queridos
jóvenes:
En
octubre de 2018, con el Sínodo de los Obispos sobre el tema: Los jóvenes,
la fe y el discernimiento vocacional, la Iglesia comenzó un proceso de
reflexión sobre vuestra condición en el mundo actual, sobre vuestra búsqueda de
sentido y de un proyecto de vida, sobre vuestra relación con Dios. En enero de
2019, encontré a cientos de miles de coetáneos vuestros de todo el mundo,
reunidos en Panamá para la Jornada Mundial de la Juventud. Eventos de este tipo
–Sínodo y JMJ– expresan una dimensión esencial de la Iglesia: el “caminar
juntos”.
En
este camino, cada vez que alcanzamos un hito importante, Dios y la misma vida
nos desafían a comenzar de nuevo. Vosotros los jóvenes sois expertos en esto.
Os gusta viajar, confrontaros con lugares y rostros jamás vistos antes, vivir
experiencias nuevas. Por eso, elegí como meta de vuestra próxima peregrinación
intercontinental, en el 2022, la ciudad de Lisboa, capital de Portugal. Desde
allí, en los siglos XV y XVI, numerosos jóvenes, muchos de ellos misioneros,
partieron hacia tierras desconocidas, para compartir también su experiencia de
Jesús con otros pueblos y naciones. El tema de la JMJ de Lisboa será: «María se
levantó y partió sin demora» (Lc 1,39). En estos dos años precedentes, he
pensado en que reflexionemos juntos sobre otros dos textos bíblicos: “¡Joven, a
ti te digo, levántate!” (cf. Lc 7,14), en el 2020, y “¡Levántate! ¡Te
hago testigo de las cosas que has visto!” (cf. Hch 26,16), en el
2021.
Como
podéis comprobar, el verbo común en los tres temas es levantarse. Esta
expresión asume también el significado de resurgir, despertarse a la vida. Es
un verbo recurrente en la Exhortación Christus vivit (Vive Cristo),
que os he dedicado después del Sínodo de 2018 y que, junto con el Documento
final, la Iglesia os ofrece como un faro para iluminar los senderos de vuestra
existencia. Espero de todo corazón que el camino que nos llevará a Lisboa
concuerde en toda la Iglesia con un fuerte compromiso para aplicar estos dos
documentos, orientando la misión de los animadores de la pastoral juvenil.
Pasemos
ahora a nuestro tema para este año: ¡Joven, a ti te digo, levántate! (cf. Lc 7,14).
Ya cité este versículo del Evangelio en la Christus vivit: «Si has perdido
el vigor interior, los sueños, el entusiasmo, la esperanza y la generosidad,
ante ti se presenta Jesús como se presentó ante el hijo muerto de la viuda, y
con toda su potencia de Resucitado el Señor te exhorta: “Joven, a ti te
digo, ¡levántate!” (cf. Lc 7,14)» (n. 20).
Este
pasaje nos cuenta cómo Jesús, entrando en la ciudad de Naín, en Galilea, se
encontró con un cortejo fúnebre que acompañaba a la sepultura a un joven, hijo
único de una madre viuda. Jesús, impresionado por el dolor desgarrador de esa
mujer, realizó el milagro de resucitar a su hijo. Pero el milagro llegó después
de una secuencia de actitudes y gestos: «Al verla, el Señor se compadeció de
ella y le dijo: “No llores”. Y acercándose al féretro, lo tocó (los que lo
llevaban se pararon)» (Lc 7,13-14). Detengámonos a meditar sobre alguno de
estos gestos y palabras del Señor.
Ver el dolor y la muerte
Jesús
puso su mirada atenta, no distraída, en ese cortejo fúnebre. En medio de la
multitud percibió el rostro de una mujer con un sufrimiento extremo. Su mirada
provocó el encuentro, fuente de vida nueva. No hubo necesidad de muchas
palabras.
Y
mi mirada, ¿cómo es? ¿Miro con ojos atentos, o lo hago como cuando doy un
vistazo rápido a las miles de fotos de mi celular o de los perfiles sociales?
Cuántas veces hoy nos pasa que somos testigos oculares de muchos eventos, pero
nunca los vivimos en directo. A veces, nuestra primera reacción es grabar la
escena con el celular, quizás omitiendo mirar a los ojos a las personas
involucradas.
A
nuestro alrededor, pero a veces también en nuestro interior, encontramos
realidades de muerte: física, espiritual, emotiva, social. ¿Nos damos cuenta o
simplemente sufrimos las consecuencias de ello? ¿Hay algo que podamos hacer
para volver a dar vida?
Pienso
en tantas situaciones negativas vividas por vuestros coetáneos. Hay quien, por
ejemplo, se juega todo en el hoy, poniendo en peligro su propia vida con
experiencias extremas. Otros jóvenes, en cambio, están “muertos” porque han
perdido la esperanza. Escuché decir a una joven: “Entre mis amigos veo que se
ha perdido el empuje para arriesgar, el valor para levantarse”. Por desgracia,
también entre los jóvenes se difunde la depresión, que en algunos casos puede
llevar incluso a la tentación de quitarse la vida. Cuántas situaciones en las
que reina la apatía, en las que caemos en el abismo de la angustia y del
remordimiento. Cuántos jóvenes lloran sin que nadie escuche el grito de su
alma. A su alrededor hay tantas veces miradas distraídas, indiferentes, de
quien quizás disfruta su propia happy hour manteniéndose a distancia.
Hay
quien sobrevive en la superficialidad, creyéndose vivo mientras por dentro está
muerto (cf. Ap 3,1). Uno se puede encontrar con veinte años
arrastrando su vida por el suelo, sin estar a la altura de la propia dignidad.
Todo se reduce a un “dejar pasar la vida” buscando alguna gratificación: un
poco de diversión, algunas migajas de atención y de afecto por parte de los
demás… Hay también un difuso narcisismo digital, que influye tanto en los
jóvenes como en los adultos. Muchos viven así. Algunos de ellos puede que hayan
respirado a su alrededor el materialismo de quien sólo piensa en hacer dinero y
alcanzar una posición, casi como si fuesen las únicas metas de la vida. Con el
tiempo aparecerá inevitablemente un sordo malestar, una apatía, un aburrimiento
de la vida cada vez más angustioso.
Las
actitudes negativas también pueden ser provocadas por los fracasos personales,
cuando algo que nos importaba, para lo que nos habíamos comprometido, no
progresa o no alcanza los resultados esperados. Puede suceder en el ámbito
escolar, con las aspiraciones deportivas, artísticas… El final de un “sueño”
puede hacernos sentir muertos. Pero los fracasos forman parte de la vida de
todo ser humano, y en ocasiones pueden revelarse también como una gracia.
Muchas veces, lo que pensábamos que nos haría felices resulta ser una ilusión,
un ídolo. Los ídolos pretenden todo de nosotros haciéndonos esclavos, pero no
dan nada a cambio. Y al final se derrumban, dejando sólo polvo y humo. En este
sentido los fracasos, si derriban a los ídolos, son una bendición, aunque nos
hagan sufrir.
Podríamos
seguir con otras condiciones de muerte física o moral en las que un joven se
puede encontrar, como las dependencias, el crimen, la miseria, una enfermedad
grave… Pero dejo para vuestra reflexión personal tomar conciencia de lo que ha
causado “muerte” en vosotros o en alguien cercano, en el presente o en el
pasado. Al mismo tiempo, recordemos que aquel muchacho del Evangelio, que
estaba verdaderamente muerto, volvió a la vida porque fue mirado por
Alguien que quería que viviera. Esto puede suceder incluso hoy y cada día.
Tener compasión
Con
frecuencia, las Sagradas Escrituras expresan el estado de ánimo de quien se
deja tocar “hasta las entrañas” por el dolor ajeno. La conmoción de Jesús lo
hace partícipe de la realidad del otro. Toma sobre sí la miseria del otro. El
dolor de esa madre se convierte en su dolor. La muerte de ese hijo se convierte
en su muerte.
En
muchas ocasiones los jóvenes demostráis que sabéis con-padecer. Es
suficiente ver cuántos de vosotros se entregan con generosidad cuando las
circunstancias lo exigen. No hay desastre, terremoto, aluvión que no vea
ejércitos de jóvenes voluntarios disponibles para echar una mano. También la
gran movilización de jóvenes que quieren defender la creación testimonia
vuestra capacidad para oír el grito de la tierra.
Queridos
jóvenes: No os dejéis robar esa sensibilidad. Que siempre podáis escuchar el
gemido de quien sufre; dejaos conmover por aquellos que lloran y mueren en el
mundo actual. «Ciertas realidades de la vida solamente se ven con los ojos
limpios por las lágrimas» (Christus vivit, 76). Si sabéis llorar con quien
llora, seréis verdaderamente felices. Muchos de vuestros coetáneos carecen de
oportunidades, sufren violencia, persecución. Que sus heridas se conviertan en
las vuestras, y seréis portadores de esperanza para este mundo. Podréis decir
al hermano, a la hermana: “Levántate, no estás solo”, y hacer experimentar que
Dios Padre nos ama y que Jesús es su mano tendida para levantarnos.
Acercarse y “tocar”
Jesús
detiene el cortejo fúnebre. Se acerca, se hace prójimo. La cercanía nos empuja
más allá y se hace gesto valiente para que el otro viva. Gesto profético. Es el
toque de Jesús, el Viviente, que comunica la vida. Un toque que infunde el
Espíritu Santo en el cuerpo muerto del muchacho y reaviva de nuevo sus
funciones vitales.
Ese
toque penetra en la realidad del desánimo y de la desesperación. Es el toque de
la divinidad, que pasa también a través del auténtico amor humano y abre
espacios impensables de libertad, dignidad, esperanza, vida nueva y plena. La
eficacia de este gesto de Jesús es incalculable. Esto nos recuerda que también
un signo de cercanía, sencillo pero concreto, puede suscitar fuerzas de
resurrección.
Sí,
también vosotros jóvenes podéis acercaros a las realidades de dolor y de muerte
que encontráis, podéis tocarlas y generar vida como Jesús. Esto es posible,
gracias al Espíritu Santo, si vosotros antes habéis sido tocados por su amor,
si vuestro corazón ha sido enternecido por la experiencia de su bondad hacia
vosotros. Entonces, si sentís dentro la conmovedora ternura de Dios por cada
criatura viviente, especialmente por el hermano hambriento, sediento, enfermo,
desnudo, encarcelado, entonces podréis acercaros como Él, tocar como Él, y transmitir
su vida a vuestros amigos que están muertos por dentro, que sufren o han
perdido la fe y la esperanza.
“¡Joven, a ti te digo,
levántate!”
El
Evangelio no dice el nombre del muchacho que Jesús resucitó en Naín. Esto es
una invitación al lector para que se identifique con él. Jesús te habla a ti, a
mí, a cada uno de nosotros, y nos dice: «¡Levántate!». Sabemos bien que también
nosotros cristianos caemos y nos debemos levantar continuamente. Sólo quien no
camina no cae, pero tampoco avanza. Por eso es necesario acoger la ayuda de
Cristo y hacer un acto de fe en Dios. El primer paso es aceptar levantarse. La
nueva vida que Él nos dará será buena y digna de ser vivida, porque estará
sostenida por Alguien que también nos acompañará en el futuro, sin dejarnos
nunca, ayudándonos a gastar nuestra existencia de manera digna y fecunda.
Es
realmente una nueva creación, un nuevo nacimiento. No es un condicionamiento
psicológico. Probablemente, en los momentos de dificultad, muchos de vosotros
habréis sentido repetir las palabras “mágicas” que hoy están de moda y deberían
solucionarlo todo: “Debes creer en ti mismo”, “tienes que encontrar fuerza en
tu interior”, “debes tomar conciencia de tu energía positiva”… Pero todas estas
son simples palabras y para quien está verdaderamente “muerto por dentro” no
funcionan. La palabra de Cristo es de otro espesor, es infinitamente superior.
Es una palabra divina y creadora, que sola puede devolver la vida allí donde se
había extinguido.
La nueva vida “de
resucitados”
El
joven, dice el Evangelio, «empezó a hablar» (Lc 7,15). La primera reacción
de una persona que ha sido tocada y restituida a la vida por Cristo es
expresarse, manifestar sin miedo y sin complejos lo que tiene dentro, su
personalidad, sus deseos, sus necesidades, sus sueños. Tal vez nunca antes lo
había hecho, convencida de que nadie iba a poder entenderla.
Hablar
significa también entrar en relación con los demás. Cuando estamos “muertos”
nos encerramos en nosotros mismos, las relaciones se interrumpen, o se
convierten en superficiales, falsas, hipócritas. Cuando Jesús vuelve a darnos
vida, nos “restituye” a los demás (cf. v. 15).
Hoy
a menudo hay “conexión” pero no comunicación. El uso de los dispositivos
electrónicos, si no es equilibrado, puede hacernos permanecer pegados a una
pantalla. Con este mensaje quisiera lanzar, junto a vosotros, los jóvenes, el
desafío de un giro cultural, a partir de este “levántate” de Jesús. En una
cultura que quiere a los jóvenes aislados y replegados en mundos virtuales, hagamos
circular esta palabra de Jesús: “Levántate”. Es una invitación a abrirse a una
realidad que va mucho más allá de lo virtual. Esto no significa despreciar la
tecnología, sino utilizarla como un medio y no como un fin. “Levántate”
significa también “sueña”, “arriesga”, “comprométete para cambiar el mundo”,
enciende de nuevo tus deseos, contempla el cielo, las estrellas, el mundo a tu
alrededor. “Levántate y sé lo que eres”. Gracias a este mensaje, muchos rostros
apagados de jóvenes que están a nuestro alrededor se animarán y serán más
hermosos que cualquier realidad virtual.
Porque
si tú das la vida, alguno la acoge. Una joven dijo: “Si ves algo bonito, te
levantas del sofá y decides hacerlo tú también”. Lo que es hermoso suscita
pasión. Y si un joven se apasiona por algo, o mejor, por Alguien, finalmente se
levanta y comienza a hacer cosas grandes; de muerto que estaba, puede
convertirse en testigo de Cristo y dar la vida por Él.
Queridos
jóvenes: ¿Cuáles son vuestras pasiones y vuestros sueños? Hacedlos surgir y, a
través de ellos, proponed al mundo, a la Iglesia, a los otros jóvenes, algo
hermoso en el campo espiritual, artístico, social. Os lo repito en mi lengua
materna: ¡hagan lío! Haced escuchar vuestra voz. De otro joven
escuché: “Si Jesús hubiese sido uno que no se implica, que va sólo a lo suyo,
el hijo de la viuda no habría resucitado”.
La
resurrección del muchacho lo reúne con su madre. En esta madre podemos ver a
María, nuestra Madre, a quien encomendamos a todos los jóvenes del mundo. En
ella podemos reconocer también a la Iglesia, que quiere acoger con ternura a
cada joven, sin excepción. Pidamos, pues, a María por la Iglesia, para que sea
siempre madre de sus hijos que permanecen en la muerte, y que llora e invoca
para que vuelvan a la vida. Por cada uno de sus hijos que muere, muere también
la Iglesia, y por cada hijo que resurge, también ella resurge.
Bendigo
vuestro camino. Y vosotros, por favor, no os olvidéis de rezar por mí.
Roma,
San Juan de Letrán, 11 de febrero de 2020, Memoria de la Bienaventurada Virgen
María de Lourdes.
Rosa
Die Alcolea
Fuente:
Zenit






