Descubre en la Biblia lo que la mujer está llamada a ser para la humanidad
![]() |
| Di I_B - Shutterstock |
¿Misógina, la Biblia?
¡No, si entendemos el significado profundo de los textos! Las mujeres ocupan un
lugar central en numerosas narraciones. Ellas muestran todas las posibilidades
de inteligencia, coraje y también ternura de la mujer. Lo explica Anne-Marie
Pelletier, exégeta y profesora de la Escuela Catedral de París, autora de
varios trabajos sobre las mujeres en la fe cristiana.
En el Antiguo
Testamento, desde el principio, la mujer ocupa el segundo lugar: ella es
creadas después del hombre. ¿Entonces no hay paridad?
Dos evocaciones
son esenciales. En primer lugar, si la Biblia es un libro sagrado, tiene la
particularidad de revelar a Dios como aquel que se une a la humanidad allí
donde ella está, tal como ella vive, con su generosidad y sus fallos.
Por lo tanto,
no es sorprendente que el texto refleje en parte las injusticias, las
violencias y también la misoginia que nuestras sociedades vehiculan.
Luego, los
primeros capítulos del Génesis no son una reconstitución del origen, sino una
meditación teológica muy fina sobre la humanidad.
Esta reflexión
también pasa por un lenguaje que ya no sabemos cómo interpretar. De ahí la
necesidad de mirar de cerca.
En la Biblia,
hay dos relatos de la creación de la humanidad y el que coloca en escena la
creación de la mujer en el Jardín del Edén. Antes de leerlo, primero debes
comprender el primero.
Luego
descubrimos una pareja humana donde cada uno tiene su lugar, en el mismo nivel
que el otro: “Dios creó al ser humano a su imagen, a la imagen de Dios lo
creó, los creó hombre y mujer” (Gn 1, 27).
Y son los dos,
él y ella, los que reciben aquí la Creación para gobernarla. Y es uno con,
unido(a) con el otro, como están calificados con el hermoso título de “imagen
de Dios”.
¿Cómo se puede
crear dos seres diferentes a la imagen de un Dios único? ¿Cuál es el
significado de esta diferencia?
Pues nos dice
cosas fundamentales sobre nosotros y sobre Dios, porque la humanidad no ha sido
creada por Dios como una realidad que le sea extraña.
Si existe
estructurada por la relación de lo masculino y lo femenino es porque el mismo
Dios es relación, además de ser un único Dios.
Así, desde el
Antiguo Testamento, mucho antes de que se revelara el misterio de la Trinidad,
existe esta conciencia de que el Dios único es simultáneamente un Dios de
intercambio, de relación.
Él no es
solitario, eternamente enfrentado a sí mismo, sino amor. Nuestra
humanidad “a su imagen” no puede ser entonces otra cosa que relacional.
La mujer es
creada para ser una “ayuda” para el hombre (Gen 2:18). ¿Cómo explicar esto sin
limitar el lugar de la mujer a un rol de subordinada?
Primeramente,
debemos comprender la palabra “ayuda” de manera justa, tal como resuena en
hebreo y no con las connotaciones actuales.
Esta palabra,
en la Biblia, se aplica a Dios. ¡Nada menos! Dios es “la ayuda”, es decir, la
ayuda de aquellos que están amenazados de muerte. ¡Así, el término es mucho
menos infame para las mujeres de lo que pensamos!
Y, de
hecho, el primer ser humano necesita el cara a cara con el otro para
existir. De lo contrario, es Narciso que se ahoga contemplándose a sí
mismo.
En cuanto a la
frase de san Pablo que recuerda “la mujer fue creada para el hombre” (1
Cor 11: 9), es, por supuesto, del todo provocadora. Y a menudo ha sido
explotada al servicio de la injusticia.
Y sin embargo, “ser
para el otro”, cuando uno es cristiano, es algo más que una alienación. ¡Es una
forma de parecerse a Dios! Él es “para nosotros”, desde la Creación,
hasta la hora de la recreación que Él hace en la persona y en la obra de su
Hijo.
Este “para el
otro” es en consecuencia también lo que el hombre, en lo masculino, tendrá que
vivir, a imagen de la mujer iniciadora. Porque solo así se cumplirá en él la
imagen de Dios que nos revela Cristo.
Según el
Génesis, el pecado es introducido por la mujer. Sin embargo, Dios castiga tanto
a el hombre como a la mujer. ¿Por qué hacer pesar sobre la mujer la
culpabilidad?
En ninguna
parte del Génesis se dice que la mujer sea más culpable que el hombre. ¡El
texto bíblico es mucho más fino! En la narración, la desobediencia es
compartida, al igual que el fruto del árbol prohibido.
De hecho, la
sutileza del texto consiste en evocar algo de la misteriosa solidaridad que une
a las generaciones humanas y que nos hace a todos frágiles frente a la
tentación. Una manera de expresarlo es poner en escena a aquella que infanta
estas generaciones, es decir, una mujer.
Por lo tanto,
es bien “por un solo hombre” (cf. Rom 5:12), figura de la humanidad, que el
pecado entra al mundo, y no por una deficiencia de la mujer de la cual el
hombre estaría exonerado.
Luego, la
humanidad dará a luz, por las mujeres, a niños, que a su vez ratificarán el
rechazo de la palabra de Dios, sospechando a su vez de Dios como un rival
amenazador, que se establecerán en la desobediencia.
En la Biblia,
¿surge un bosquejo de la feminidad y de su condición frente a el hombre, como
Dios originalmente los quería?
La Biblia está
marcada de figuras femeninas, algunas negativas y otras positivas. A menudo
aparecen a la sombra de los hombres, dominados por ellos.
Y, sin embargo,
aquí también, el lector atento se da cuenta de que muchas de estas mujeres
tienen la misma importancia que los hombres.
Estas mujeres
saben asociar la humildad y la confianza, como Ana, la madre de Samuel. Ellas
son capaces de mantener la esperanza en el corazón mismo de la derrota y de la
humillación, como Judith.
Las encontramos
vigilando la vida amenazada y ultrajada, como Rizpa, que cruza brevemente el
Segundo Libro de Samuel pero que muestra tan bien la fuerza de la compasión.
Desde las
matriarcas, sin las cuales la promesa hecha a Abraham habría sido en vano,
estas mujeres vienen al socorro de la vida, contra la muerte, como
Dios.
Y al enseñar
esta prioridad, también preparan a Israel, y luego a nosotros mismos tras él, a
reconocer el triunfo de la vida sobre todos los poderes de la muerte.
Podemos notar
este sorprendente verso en san Pablo donde anuncia que con Cristo “ya no hay
hombre ni mujer” (Ga 3:28). Entonces, ¿se habrá abolido la diferencia entre los
sexos y con ella la complementariedad?
¡Obviamente que
no! Interpretar las palabras de san Pablo en este sentido es asumir que Dios se
contradeciría o se desmentiría.
Si, desde el
momento de su creación, la humanidad es sexuada con el significado que dijimos
anteriormente, la humanidad restaurada en su verdad por Cristo no puede dejar
de ser estructurada por la diferencia de los sexos.
Cristo no
destruye lo que está al principio y en el comienzo. Él no nos introduce en un
tipo de indiferenciación que haría la relación superflua o imposible. Por el
contrario, de nuevo hace accesible la verdad original.
Es por eso que
debemos discernir, en estas palabras de la Carta a los Gálatas, el anuncio de
que ya no hay más hombre y mujer limitados por esta enemistad suscitada entre
ellos por el pecado. Es solo esta enemistad la que se supera.
Porque la
hostilidad que describe el Génesis 3 cuando habla, entre ellos, de codicia y de
seducción, ahora es superable. ¡Por fin! el hombre y la mujer encuentran la
verdad de su creación.
La relación
jubilosa descrita por el Cantar de los cantares ya no es un sueño o una
aspiración a menudo decepcionada. Podrá vivirse a la vanguardia de una experiencia
mutua que habrá enfrentado, en el poder de Cristo, todas las dificultades de la
vida en común.
En la famosa “mujeres,
sean sumisas a sus maridos” de san Pablo, ¿deberíamos ver la prueba de su
machismo, o esto debe colocarse en el contexto cultural?
San Pablo tiene
una mala reputación sobre este punto con muchos cristianos y aún más con las
cristianas. Por supuesto, él es un hombre de su tiempo, de lo
contrario sería un títere.
Pero él es como
alguien que escudriña y entiende las cosas a la luz de Cristo.
Por lo tanto,
debemos cuestionar este texto para alcanzar su verdadero significado, sabiendo
que éste no podrá esclarecerse sin la luz de lo que vive Cristo mismo,
obedeciendo hasta la muerte, para salvar a los hombres y compartir su vida
filial.
Aceptemos
estudiarlo más allá de su contexto y de su tiempo hasta alcanzar una verdad que
concierna a cada uno. Si ahí san Pablo invitara a las mujeres a estar
servilmente delante de sus esposos, él traicionaría la voluntad de Dios, que
nos quiere a ambos libres, de la libertad que nace del amor y que es su signo.
De hecho, esta
Carta a los Efesios comienza con la exigencia dirigida a todos, tanto hombres
como mujeres: “Sean sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo”. La
sumisión no es por lo tanto lo que sería reservado para las mujeres.
Además, y una
vez más, la sumisión de la cual se trata aquí encuentra su significado solo
cuando se refiere a la persona de Jesús, en la manera en que él mismo vivió la
sumisión, aquella del amor, por el amor.
Por Florence
Brière-Loth
Fuente:
Aleteia






