Anímate
a salir de tu zona de confort (también en lo espiritual)
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| Shutterstock |
Si,
por una necesidad, se nos pide que conduzcamos un automóvil que no es el
nuestro, inicialmente podemos sentirnos incómodos: “¡Prefiero ir con el mío!”,
pero luego nos vemos obligados a acostumbrarnos.
¿Quién de nosotros, cuando
se enfrenta a una interrupción del camino que normalmente recorre, no
experimenta enojo o un poco de miedo por la incertidumbre de tener que
enfrentar algo diferente?
Estas situaciones nos muestran
cómo generalmente preferimos permanecer en nuestra zona de
confort,
una condición en la que nos sentimos seguros.
Sin embargo, es igualmente
evidente que -después de un tiempo de manejar el automóvil que desconocíamos-
descubrimos que podemos hacerlo, que incluso tenemos
más recursos de los que nunca imaginamos.
Es en esos momentos cuando
nos damos cuenta de que hemos crecido, que la percepción de nuestras
habilidades se ha ampliado y que estamos contentos con eso.
Siguiendo el nuevo modo de
las cosas descubrimos otros puntos de vista, nos conocemos más y nos
sentimos más capaces de enfrentar la dificultad. En otras palabras, hemos
abandonado nuestra zona de confort.
Igual, después del
aprendizaje, todavía es importante tener nuestra propia “zona
segura”,
porque de vez en cuando será necesario regresar y descansar.
¿Zona de confort espiritual?
También
en la vida espiritual, tendemos a vivir en una zona de confort que, por
placentera y gratificante que sea, nos impide disfrutar de toda la belleza del
viaje hacia nuestro interior y hacia Dios.
Salir de nuestra zona de
confort espiritual significa por ejemplo dar la túnica a aquellos que nos piden
una capa, poner la otra mejilla, callar cuando sea necesario, dejar ir cuando
algo nos hace daño, renunciar a nuestros modos “seguros” y controladores de
hacer las cosas.
En resumen, experimentar una
condición de desnudez que nos libera de la obsesión
por protegernos.
Empezar a caminar con
aquellos con los que antes no lo habíamos hecho. De esta forma, podremos explorar nuevos paisajes y
permanecer abiertos en el camino habitual de la vida.
Más allá del equilibrio
En
el Evangelio, Jesús nos invita a salir de esas áreas de tranquilidad (donde
simplemente nos gustaría estar en equilibrio) cuando nos invita a dar a
quienes no pueden restituirnos, a amar a nuestros enemigos y a esperar lo
imposible.
Situaciones de desequilibrio
y de amor en las que las cuentas no regresan. Actitudes que nos exponen y que
nos hacen descubrir recursos y posibilidades que, en cambio, en la reciprocidad
de dar y recibir, permanecerían completamente inexploradas.
La búsqueda del equilibrio,
la restitución y la reciprocidad son imágenes de esa zona de confort que
también buscamos en nuestra vida espiritual.
Busca algo más
Amar
a nuestro prójimo, amar a quien nos ama, a quien nos reconoce y nos paga con su
afecto, ya es mucho (no podemos darlo por sentado).
Pero, una vez más, es una
situación que se asemeja a la tranquilidad de la sala de estar en la que nos
sentamos a ver nuestras series favoritas en la noche.
En cambio, Jesús nos insta a
salir de estas zonas de confort para explorar las oportunidades que residen en
nuestros corazones. Esto es lo que significa tratar de amar
al enemigo.
De lo contrario, no habrá
nada nuevo en nuestra vida: seremos como los paganos que no salen de sus
aburridos hábitos de amabilidad y de amar solo a aquellos de quienes saben que
reciben.
Descubrimos nuestras
energías espirituales cuando estamos dispuestos a experimentar la falta de
equilibrio y a buscar más el amor, que nunca está en
nuestra zona de comodidad.
La recompensa radica no solo
en la novedad de lo que podemos descubrir, sino también en reconocer
el gran potencial que llevamos dentro, un potencial que solo surge de esta
manera.
¿Perfecto en qué?
Este
es el camino a la perfección sí, pero la perfección de Dios. Y Dios
es perfecto en un amor desequilibrado y con pérdida.
El término “perfecto” (teleios) señala -en el griego- a quien ha logrado su
objetivo, quien ha desarrollado plenamente el potencial que
lleva dentro.
El joven rico (Mt 19, 22)
fue invitado por Jesús a ser perfecto, es decir, a vender lo que tenía, a
desequilibrarse, a descubrir los recursos que llevaba dentro y que
-permaneciendo en su zona de confort- nunca conocería, con la consecuencia de
no ser completamente feliz.
Ese joven se fue triste,
porque prefería permanecer en su seguridad antes que arriesgarse a salir.
Entonces, antes de no
conducir un automóvil que no sea el tuyo, ¡piensa en todo lo que puedes
descubrir sobre el mundo y sobre ti mismo si lo haces!
Luisa Restrepo
Fuente: Aleteia






