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20.4.20
¿TANTO BOMBARDEO INFORMATIVO NOS IMPIDE IR A LO ESENCIAL?
Si perdemos la paz al llenarnos de mensajes cada día, hay
algo que puede ayudarnos a ser dueños de nosotros mismos
Shutterstock | David Moreno Hernandez
La pandemia del coronavirus nos obliga, en muchos
países a estar alerta. Para evitar el contagio masivo, numerosos gobiernos han
decretado el estado de emergencia y obligan al confinamiento en nuestras casas.
De la noche a
la mañana, nos hemos encontrado entre cuatro paredes, sin poder salir al
exterior salvo excepciones y con un peligro sanitario que
nos hace estar en alerta.
Hipnotizados ante la
pantalla
El número de muertes tan alto y tan
sorprendente ha hecho que nos hayamos quedado pegados a la pantalla casi
tanto como nos ocurrió el 11-S. Los atentados de las Torres Gemelas de Nueva
York crearon una sensación tan potente en nosotros que nos
“hipnotizaron” ante la televisión.
Ahora puede ocurrir algo similar: nada más
levantarnos, conectamos con la radio o la televisión para conocer cómo está
nuestro país, seguimos con los informativos, las ruedas de prensa de las
autoridades, las tertulias políticas, los programas “magazine”…. El consumo
de televisión y otras pantallas ha subido estratosféricamente desde
que comenzó la pandemia.
El coronavirus se ha apoderado de la
comunicación. Es
noticia por los cuatro costados porque reúne todas las características que Carl
Warren anotó para que algo fuera noticia:
novedad,
proximidad,
muerte o enfermedad,
morbo,
emoción,
negatividad…
¿Necesitamos tanta
conexión?
Con la restricción de nuestras actividades,
el peligro de la pandemia y la necesidad de conocer la situación de
nuestro entorno y cómo evoluciona la pandemia, puede ocurrir que nos
encontremos continuamente pendientes de alguna pantalla.
A la
información se une la comunicación a través del whatsapp y las redes
sociales. Hay un bombardeo que no distingue entre memes,
información contrastada, bulos, “fakes”, rumores, humor, sentimientos,
actividad laboral diferente, etc… Todo llama la atención y estamos atentos a
todo “por
si es de interés”.
Nos
mueve el instinto de supervivencia
Esta actitud es hasta cierto punto lógica
porque, tal como la describen los psicólogos, responde al instinto
de supervivencia: la persona está atenta a un posible peligro.
Informarse es, en cierto modo, una primera precaución para estar alerta.
Por nosotros mismos y por nuestra familia, nuestros amigos…
Angustia
y desesperanza
Sin embargo, al cabo del día -o al cabo de
unas semanas- hacemos balance y nos damos cuenta de que el cúmulo de mensajes
de todo tipo nos genera estrés, nos fatiga
la cabeza, nos hace perder el tiempo y -lo que es peor- nos lleva a la desesperanza.
La vida se nos ha alterado
A eso se añade la presión de nuestra vida
personal y familiar, que ha podido verse alterada: los
niños no van al colegio y no pueden salir de casa, los
mayores necesitan atención especial, el horario habitual
ha saltado por los aires…
Y lo mismo
ocurre con el trabajo: muchos se
encuentran con imposibilidad para desplazarse, otros han perdido su sustento,
muchos han tenido que adaptarse al teletrabajo…
Perdemos la paz
Todo este conjunto de situaciones puede
hacer que nuestras 24 horas sean trepidantes. Al final
del día, vemos que hemos ido al galope, despejando balones y con el agua al
cuello para llegar a todo. Pero por el camino, hemos perdido la paz.
¿Saturados?
Hay que retomar el control
Prestar atención sin control a cualquier acontecimiento tiene su
lado negativo. Nos puede llevar a la saturación, al cansancio y
la desesperanza. Estamos llenos de datos pero perdemos las riendas de nuestra
vida.
Ir a lo esencial
Para que esto no ocurra, vale la pena tener
en cuenta una cuestión fundamental: ¿cuál es mi propósito de vida?
Hay que hacer
un esfuerzo por enfocar mi pensamiento y
poder reflexionar sobre mi razón de ser. Pongámoslo
por escrito o grabémonoslo a fuego en
el alma. Para eso tenemos una herramienta excelente: la inteligencia
y la voluntad. Ellas están por encima del mero instinto de
supervivencia y hay que ponerlas a trabajar.
A partir de
que hayamos recordado cuál es nuestro propósito de vida, podremos examinar si
nuestra jornada va encaminada a ese objetivo o nos hemos despistado.
El activismo es una forma
de materialismo
Tal vez en tiempos de cuarentena nos
hayamos metido de lleno en la acción. A pesar de que el espacio
es más restringido, es fácil caer en el activismo. Hacer, hacer y
hacer, gestionar, cambiar, adecuar… todos son verbos de acción. Si nos quedamos
en ese plano, el activismo es una forma clara de materialismo.
Hay
materialismo si hay consumismo. Y ahora tal vez no consumimos productos materiales
pero sí consumimos en exceso ideas, información, entretenimiento, ocio…
Dar valor trascendente a
nuestro día
La situación cambiará radicalmente si a esa
acción continua en nuestro día a día le damos a partir de ahora valor
trascendente. ¿Cómo hacerlo? Sencillamente atendiendo a nuestra
propia naturaleza humana, que tiene una dimensión espiritual.
Cada hecho
material puede lograr en nosotros un trazado espiritual: podemos conectar
con Dios mientras teletrabajamos, ayudamos a los niños en
las tareas escolares, cocinamos o limpiamos. La presencia de Dios puede ser un
contínuo, porque Él está siempre pendiente de nosotros y porque podemos
ofrecerle todo, nuestras 24 horas. “Dios anda entre los pucheros”, decía santa
Teresa. Y hoy anda entre los papeles, los mails, el móvil, el microondas, las
sábanas y los juguetes de los niños.
Volveremos a la calma
Que yo llene mi vida de comunicados,
whatsapps, noticias y memes es moverme solo en el plano material, pero si ahí
busco a Dios, también Él me ayudará a distinguir lo urgente de lo
importante. No todo lo urgente y novedoso merecerá que le haga
caso de inmediato. Bajaremos el ritmo de deseo de datos.
Cuando dejamos
entrar a Dios en nuestra vida, Él nos ayuda a encontrar la
medida de las cosas: qué valor le tengo que dar a cada una de ellas, qué
necesidad tengo de estar informado, cuándo detecto que la curiosidad o la
superficialidad me pueden, cuándo me domina la vanidad en un selfie…
Un parón para hablar con
Dios
En esta situación de cuarentena que
fácilmente provoca la sobreinformación y la saturación,
hacer un parón al día -o en varios momentos- para dedicarlos a la oración,
nos ayudan a resetear, a retomar el volante y ajustar el rumbo de nuestra vida.
La paz uno se
la gana batallando, pero esa batalla puede ser tan pequeña como decidir
claramente: “ahora apago la televisión” o “cierro el móvil por un rato”.
Escuchar a Dios para ser
dueños de nosotros mismos
En ese momento, elevar la mente a Dios y hablar
con Él, escucharle en nuestro interior, es algo sencillo pero
muy grande que nos devuelve a un paisaje distinto: es lo que nos devuelve el
equilibrio, la esperanza y la fortaleza para ser dueños de nosotros mismos también
durante la cuarentena, aunque las circunstancias sean difíciles.