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28.5.20
¿CÓMO VIVIR CON DIOS YA AHORA?
Todo el mundo está llamado a la santidad, pero ¿qué implica
esto en la vida cotidiana?
By Vadim Georgiev | Shutterstock
Estemos
presentes en el presente. Dios nos invita a vivir en la santidad aquí y ahora,
hoy, tal y como somos, allá donde estemos.
Por supuesto, es importante
tener en cuenta el pasado, apoyarnos sobre él para construir mejor el presente,
pero no sería sano para nosotros deleitarnos en él con nostalgia o rumiar
nuestros remordimientos.
Demos
gracias por lo que ha sido bueno, pidamos perdón por nuestros pecados,
arrojemos todo eso en el fuego de la misericordia y estemos atentos a lo que es más que a lo que fue.
Y lo mismo con el futuro.
Siempre
corremos el riesgo de encerrarnos en la ilusión del futuro mejor olvidando que
el mañana se prepara hoy, o nos arriesgamos a consumirnos en la angustia
olvidando que el temor a la cruz es peor que la cruz en sí misma.
“No se inquieten por el día
de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su
aflicción” (Mt 6,34).
No nos dejemos atrapar en
las trampas del Maligno, que intenta siempre desviarnos del hoy de Dios.
¡Busquemos la santidad día tras día en los más pequeños detalles de la vida
diaria!
Demos
prioridad a nuestro deber de estado
Un
padre de familia no tiene el mismo deber de estado que un monje, un estudiante
o una anciana. Sin embargo, todos están bajo unas responsabilidades ligadas a su estado de
vida.
El Señor quizás nos pida
cosas excepcionales, como pidiera a veces a grandes figuras de la Iglesia. Pero
primero nos pide cumplir con nuestras tareas ordinarias colmándolas de amor.
Hacer
los deberes, redactar un informe, lavar la vajilla, sacar la basura… Los
caminos de la santidad pasan por ahí.
Cuando
una misión, por hermosa y emocionante que sea, nos desvía de nuestro deber de
estado, incitándonos a descuidar a nuestro cónyuge, nuestros hijos, nuestros
allegados, nuestros estudios o nuestras obligaciones profesionales, podemos
deducir que no viene del Espíritu Santo.
Vivamos en la misericordia
Intentar
cumplir la voluntad de Dios sin vivir en la misericordia es arriesgarse, sin
lugar a dudas, a caer en el orgullo o en la desesperación.
Si consigo hacer cosas
bellas, terminaré por creer que soy capaz de lograr la santidad por mí mismo;
si, por el contrario, no logro mantener mis buenas resoluciones, caeré en el
desaliento.
Pero, en cualquier caso,
estaré lejos de la pobreza de corazón que nos capacita para
recibir el amor de Dios.
Incluso si la santidad pasa
por actos de amor concretos, no perdamos de vista que no es la obra de los
hombres, sino un don gratuito que viene de Dios.
Vivir
en la misericordia se traduce, cotidianamente, en nuestra capacidad para
perdonar y pedir perdón, en la bondad que nos impide juzgar a nuestros
semejantes , en la manera en que sabemos reconocer nuestros límites y pedir la ayuda
del otro, por la humildad de nuestra oración:
“Señor,
ten piedad, soy pecador”.
Cultivemos nuestros
talentos
Desconfiemos
de la falsa humildad, que no es sino el disfraz de nuestra cobardía y nuestra
pereza.
Es cierto, “el que se
humilla será ensalzado” (Lc 14,11),
pero a veces es más cómodo aspirar al último lugar para ahorrarse ejercer
responsabilidades exigentes y desarrollar las riquezas propias.
La
humildad es la verdad. Es ver todos los tesoros que Dios ha puesto en nosotros, recordándonos que Él nos
los confía para hacerlos dar fruto.
Y la
santidad es estar ahí donde Dios nos quiere: poco importa que sea a la cabeza de una
gran empresa o detrás de la caja registradora de una tienda, siempre y cuando
sea allí donde estemos llamados.
Busquemos el Reino de Dios y
el resto nos será dado por añadidura. Orientemos
nuestras elecciones en función de nuestra vocación a la santidad.
Establezcamos prioridades, sobre todo en materia
educativa: si el objetivo de la educación es ayudar a nuestros hijos a ser
santos, muchas preocupaciones se vuelven secundarias.
Escojamos
“la mejor parte” sin alterarnos por aquello que no vale la pena, no nos inquietemos por lo que
sucede, no depositemos nuestra energía en ambiciones terrenales: la mayoría de
los problemas adquieren una importancia relativa cuando los contemplamos bajo
la luz de nuestra vocación eterna.
Simplifiquemos nuestra vida
deseando solo una cosa: hacer la voluntad de Dios.