Los inesperados frutos de la oración en familia en la
cuarentena por la pandemia de Covid
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| Shutterstock | Da-Antipina |
Uno de los frutos más grandes que ha dado esta
cuarentena interminable es el descubrir la oración en familia.
Habíamos
empezado a hacerla en Cuaresma como una tradición cristiana familiar, y terminó
extendiéndose mucho más allá de lo planificado.
Con tantas historias
dramáticas que veíamos alrededor del mundo y viendo cómo
la enfermedad iba
aproximándose a nuestro país y que el desastre era inevitable, continuamos con
aquella promesa hecha a finales de febrero.
Cada noche nos uníamos en oración con mi
esposo y mis tres hijos de 14, 12 y 4 años.
Al principio,
las oraciones costaban, las intenciones eran escasas y superfluas. Conforme los
días fueron pasando, empezamos a ver que cada uno se extendía cada vez más en
sus peticiones, empezaban a interiorizarse las intenciones, imaginando las
diferentes situaciones de aquellos que podían estar sufriendo.
Mi niña más
pequeña empezaba a pensar en la soledad de los abuelos, de sus abuelos. Pensaba
que sería bueno que tuvieran una mascota, una que no diera alergias decía.
Otro de mis
hijos empezaba a descubrir sus debilidades y pedía fortaleza en cada una de
ellas.
Algunas
noches, las oraciones me producían lágrimas, porque a
pesar del encierro y de las circunstancias, solo podía agradecer en silencio
por la belleza de esos momentos, por el tesoro de cada uno de ellos y de sus
voces, por la unidad de la familia y la bendición de tener a Dios en casa para
poder interceder por aquellos que realmente necesitaban de oraciones.
Incluso los que menos fe tenían en este
círculo de oración empezaban a pedir fe y a agradecer por las oraciones
respondidas.
En ocasiones,
la más pequeña tenía arrebatos de ateísmo, y empezaba a debatir sobre si Dios
existía o no existía. Y tocaba hacer pequeñas reflexiones.
Concluía
pidiendo a María que cuide bien a su hijo, quizás pensando en que lo había
visto tantas veces crucificado. Pero estas reflexiones eran maravillosas.
No
siempre la atmósfera era la mejor. Había momentos en que los gritos abruptos
entre los juegos y las peleas de los niños rompían la armonía del momento
previo a la oración, y costaba mucho hacerla.
Sin embargo, creo que en muchos hogares
cristianos la oración ha tenido un proceso de maduración intenso. Ha
transformado los hogares, uniendo corazones, abriendo caminos, solidarizando
los corazones con muchas situaciones al interior y al exterior de la familia.
Jamás pensé que una costumbre tan dejada de
lado por muchas familias cristianas pudiera dar tantos frutos…
Estoy segura
de que, al interior de este hogar, hay mucha más paz ahora que en 18 años de
matrimonio, más bendiciones que en ningún otro momento.
La oración en
familia, las reflexiones unidos, el rezo del Rosario y la bendición de las
comidas son actividades que suponen un “estar” en presencia de Dios,
de quien el alma de la familia se alimenta y se transforma.
Es
al cobijo de Dios Padre como podemos encontrar la armonía, hacernos más
humildes, más dóciles a la voluntad de Dios y más fuertes en nuestra fe. Aunque
no lo veamos, lo podemos “reconocer” en los frutos producidos en cada una de
nuestras almas.
Muchas cosas
han cambiado en la vida y en el mundo, muchas situaciones nos han quebrado y
nos han obligado a renacer, muchas más nos harán ver que somos vulnerables y
débiles lejos de Dios.
Pero estamos
con Él, aunque sobrevenga el dolor y la enfermedad.
El abrazo de
Dios, de Su voluntad, es un bálsamo bien recibido pues tenemos fe en Su
presencia, en Su entrega y en Su amor.
Hoy me pongo
a pensar: cuánta riqueza inesperada tenemos hoy y que pobres éramos antes…
Lorena Moscoso
Fuente: Aleteia






