Para un amigo en el día de su ordenación sacerdotal
Querido amigo:
“Tú eres
sacerdote para siempre” (Sal 110).
¿Por qué tú?
“Mi
vocación es don y misterio”, escribió san Juan Pablo II. Él llamó
para Sí a quienes quiere para “que estuvieran con él, y para enviarlos a
predicar” (Mc 3,14).
“Estamos aquí
por la voluntad del pueblo y sólo saldremos por la fuerza de las bayonetas”,
dijo el revolucionario diputado francés Mirabeau. Aunque la voluntad del pueblo
es versátil…
Nosotros somos sacerdotes por la voluntad
de Dios y la llamada de la Iglesia y eso nos da una fuerza y una libertad que
nadie podrá arrebatarnos jamás. Un pastor según el corazón de Dios siempre es
libre e inclasificable.
“Soy una
mezcla de anarquista y de conservador, pero en unas proporciones que están por
determinar”, dijo el actor y héroe de guerra francés Jean Gabin. En este
ámbito, sé como Gabin…
A
veces escucharás que los sacerdotes son “como todo el mundo”. Esto es, a la
vez, cierto y profundamente falso.
Es muy
cierto, somos quizás más “hombres” que muchos hombres, porque medimos
nuestra debilidad y nuestro pecado a fuerza de frecuentar la santidad del
Maestro.
El sacerdocio
es una realidad tan alta que, a veces, es imposible no traicionarla.
También somos
muy humanos porque mantenemos nuestra vida en las fronteras de las alegrías y
las penas, en los confines del Cielo y de la Tierra.
Entramos en
las casas a bendecir a los enfermos, sumergimos a los niños en las aguas
bautismales, somos el Alfa y la Omega, en los balbuceos del recién nacido y en
los estertores del agonizante.
Cargamos con
inmensas alegrías, con pesadísimas penas y enormes secretos… Sabemos lo que hay
en las personas.
Al
mismo tiempo, decir que somos “como todo el mundo” es absolutamente falso. Son
además palabras vanas, porque cada persona es una excepción.
No somos como
todo el mundo, porque somos hombres de Dios que actuamos en la
persona de Cristo, revestidos de su autoridad en la medida de
nuestra obediencia.
Lo esencial
de nuestra vida sigue siendo una realidad oculta, la de la oración, la del
trabajo y la de la pena aceptada con amor.
No
reivindiques esta “diferencia” como un derecho, asúmela como un deber. Avanza
con Abraham “como si vieras lo invisible”.
Toda
fecundidad se arraiga en la vida interior y, te lo aseguro, en un secreto que
ya conoces: se obtiene también en el sufrimiento.
Nuestra
propia lucha espiritual, los gritos de las personas, nos golpean como olas
incesantes del mar.
Decía el
Santo Cura de Ars que “el sacerdocio es el amor del Corazón de
Jesús”, que se hiere con la angustia de las personas.
Las almas
nacen con dolor y en la renuncia al espíritu de posesión. Nosotros damos toda
nuestra vida para hacer nacer a Dios en las almas y debemos aceptar no retener
jamás para nosotros las vidas de otros.
“Tienen un
solo Padre” (Mt 23,9).
Pasamos como
pasa Cristo, en la libertad de un amor que se da por completo sin dejarse
poseer nunca. “Esa es la alegría que me inunda. A él le toca crecer, y a mí
menguar” (Jn 3,29). ¡Hermano, que tu
dicha permanezca!
Por el padre Luc de Bellescize
Fuente: Edifa






