“Tomen
y coman, esto es mi Cuerpo” (Mt 26,26). Jesús nos invita encarecidamente a
comulgar
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| Piotr Hukalo/EAST NEWS |
Pero
¿es grave no comulgar regularmente? “Les aseguro que si no comen la carne del
Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes” (Jn 6,53).
Entonces ¿debemos comulgar siempre en la misa?
La comunión, una necesidad
vital
En
el Padre Nuestro, pedimos recibir cada día ese Pan “súper esencial”. Luego, en
el discurso sobre el Pan de vida, Jesús compara la comunión de su cuerpo con el
maná del desierto. “El maná era manjar diario de los hebreos en el desierto,
así el alma cristiana debe sustentarse, todos los días, del pan celestial. [El]
Concilio Tridentino [desea] que todos los fieles que asistan a la santa Misa
comulguen, no sólo espiritualmente, sino también sacramentalmente”, manifestaba
san Pío X en el decreto Sacra Tridentina sobre la comunión frecuente (año
1905).
Este
mismo Papa denunció ese “veneno jansenista, que había inficionado hasta las
almas piadosas so pretexto del honor y veneración debidos a la Eucaristía”,
alejando a tantos fieles de la comunión. Es primero Cristo quien quiere
compartir su cuerpo eucarístico: “He deseado ardientemente comer esta Pascua
con ustedes antes de mi Pasión” (Lc 22,15). Comulgar, concluía el papa León
XIII, es “cumplir un deseo muy querido por el corazón de Jesús”, al cual debe
corresponder nuestro propio deseo.
Santa
Gertrudis de Hefta vio un día a una hermana abstenerse de comulgar y le
preguntó a Dios: “¿Por qué, Señor, permites que esta hermana no venga a
comulgar?”. Y Él le respondió: “¿Es culpa mía si esta hermana bajó tan
cuidadosamente ante sus ojos el velo de su indignidad que le fue imposible ver
la ternura de mi amor paternal?”. La comunión no es, pues, una recompensa por
buena virtud, “es una necesidad vital”, como afirma san Pío X. Y cabe añadir
que es necesaria para “recibir la fuerza para reprimir las pasiones, purificarse
de las faltas leves y poder evitar las faltas graves a las que se expone la
fragilidad humana”.
Privarse de la comunión es
también privar a la humanidad de esta gracia
La
tradición oriental habla de comunión “continua”: “Hemos de hacer de este banquete
eucarístico nuestra ocupación continua para preservarnos de la hambruna y la
anemia del alma”, escribió san Nicolás Cabasilas.
No
obstante, para recibir a Jesús-Hostia, conviene que no tengamos falta grave o
que no estemos en una situación en la que la Iglesia nos invite a la comunión
de deseo en vez de la comunión sacramental. Los Padres del Concilio de Trento
suplicaron entonces a los fieles que, “gracias a la misericordiosa ternura de
nuestro Dios”, se dispusieran en estado de recibir a menudo el cuerpo de Cristo
a través del sacramento de la reconciliación y la conversión de vida.
Aunque
nuestra comunión es muy personal, no es individual. El cardenal Journet
invitaba a rezar así: “Dios mío, quiero recibirte, pero no solo por mí, sino
por todos aquellos en el mundo que tienen hambre de ti, a veces sin saberlo”.
Privarse de la comunión es privar también a la humanidad de esta inmensa
gracia.
Fuente:
Edifa






