¿Quieres
(re)construir unas buenas relaciones familiares con tus seres queridos? ¡La
Biblia puede ayudarte!
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¿Sufres por los conflictos
familiares que reinan en tu familia? ¿Y si algunos personajes bíblicos pudieran
ayudarte? El sacerdote Olivier Bonnewinn explica cómo, en la Biblia, las
familias se rompen y se reconcilian, pero recuerda que Dios no las abandona jamás.
¡Una fuente de ánimos para las familias de hoy en día!
¿Hay
un modelo de familia en la Biblia?
La
Sagrada Escritura no presenta una doctrina sobre la familia
ideal. A
través de los relatos, desvela las verdades universales sobre las relaciones
familiares y su maduración. En mi libro La famille dans la Bible
: quand Abraham, Joseph et Moïse éclairent nos propres histoires [“La familia en la
Biblia: cuando Abraham, José y Moisés aclaran nuestras propias historias”], me
dejo guiar por los itinerarios de tres familias: la de Abraham, la de José y la
de Moisés. En la obra cruzo diferentes disciplinas en una perspectiva
teológica: la exégesis, la antropología, la ética y algunos datos de
psicología. Al leer estas aventuras inspiradas, el lector ve sus vicisitudes
familiares aclaradas por la palabra de Dios.
¿En
qué te centras en la historia de Abraham?
Me
intereso por la paternidad. ¿Cómo abandona Abraham su familia
“disfuncional” para fundar la suya propia? A través de miles de kilómetros
recorridos, efectúa una trayectoria interior impresionante, pasa por
privaciones y tentaciones. Afronta, por ejemplo, lo que hoy se llama “gestación
subrogada”: Sara,
que padece esterilidad, se ampara en la fecundidad de su
sirvienta Agar,
que le concede un hijo con su marido: instrumentalizan el vientre de la
esclava y reciben a Ismael.
Dios no permanece inactivo.
Entra en este drama y deshace los nudos que se resultan. Al cabo de los años,
ayuda a Abraham y a Sara a desarrollar relaciones de alianza auténticas, tanto
entre ellos como con extraños y con Él mismo. Con una infinita delicadeza, los
acerca a la paternidad. Después de veinticinco años de camino, Sara
da felizmente a luz a Isaac, cuyo nombre significa “reír”. Pero la
aventura no ha terminado. No basta con traer al mundo a un hijo para ser padre
plenamente. La paternidad de Abraham se forja con acontecimientos tales como el destete de Isaac y la
expulsión de Agar y de Ismael, el “sacrificio” de Isaac, su matrimonio
concertado…
La
historia de José y sus hermanos, es la de la envidia…
Las
relaciones entre hermanos y hermanas a veces son complicadas. Por supuesto, son una
fuente de alegría y de felicidad. Pero también están marcadas por una rivalidad que puede
transformarse en envidia, en odio, incluso en deseo de
muerte. Miremos, por ejemplo, las disputas familiares que pueden suceder con
una herencia…
El relato de José y de sus
hermanos escenifica esta realidad. Un adolescente de 17 años despierta la
envidia de sus hermanos, ellos conspiran contra él y lo encierran en un pozo
para venderlo como esclavo. La actitud de su padre no es ajena a esta rivalidad
mortal. Él hace de José su preferido. La confusión, las medias verdades, las mentiras y los secretos destruyen esta
familia. Y hacen falta decenas de años para que germine un trabajo de perdón.
¿Y Dios? Interviene poco en
el acercamiento de los hermanos. No es un sustituto de su compromiso –o de su
falta de compromiso– con la paz familiar y la (re)construcción de sus lazos. Deja
que cada uno tenga su libertad y su responsabilidad. Y, al mismo tiempo,
los apoya, obrando en el secreto de Su Providencia.
La
historia de Moisés, que se debate entre tres familias, ¿cómo
puede ayudar a los jóvenes que buscan su identidad?
¡No solamente a los jóvenes!
También para adultos de todas las edades. Todos nos planteamos la misma
pregunta crucial: “¿Cómo descubrir quién soy y construir quien
quiero ser?”.
La encontramos en Moisés, un joven tartamudo, frágil, zarandeado entre tres
familias, tres culturas, tres religiones.
¿Cómo construye él su
identidad? ¡Todo es tan cambiante a su alrededor! ¿Quiénes son sus padres?
¿Cómo articular esas múltiples figuras parentales, cómo acceder a su “yo”
verdadero? Moisés no encuentra la clave de este enigma. Sin embargo, de
repente, “más allá del desierto”, Alguien lo llama por su nombre desde el
centro de una zarza ardiente.
Moisés se construye
volviéndose hacia Él, “Yo soy el que soy” (Ex 3,14),
y comprometiéndose por la justicia. Al final de su vida, su identidad nómada
conoce un logro sorprendente. Se convierte en una identidad
hospitalaria para
todo un pueblo y, a través de él, para millones de personas.
¿Cómo
acompaña Dios a todas estas sagas familiares?
Durante su periplo, Abraham
recibe palabras y señales de ánimo de Dios. Recibe apoyo para atravesar sus
angustias, sus contradicciones y sus pecados. Dios permanece al lado de todos,
incluso en la noche de sus errancias y de sus rechazos. En varias ocasiones, Él
renueva su promesa y su confianza sin ser asfixiante. Sucede lo mismo con José
y Moisés, aunque las intervenciones divinas son más discretas. Dios toma el
camino del perdón que salva a cada uno de las situaciones más intrincadas, con
dulzura, paciencia e inteligencia.
¿Cada
familia tiene una vocación?
Cada
familia está formada por personas únicas en un contexto único. Cada una es única y
posee una vocación propia que descubrir con el paso de los años. Dios no nos
llama en lo abstracto. Él no escribe los “destinos familiares” como un gran
arquitecto.
Tiene tantísimo respeto por
la libertad humana que procura despertar, educar, liberar de obstáculos
mortíferos…
Su plan: hacer una alianza.
Él propone establecer un diálogo personal y común, contraer una alianza
particular y comunitaria para avanzar en Su compañía.
Entrevista
realizada por Bénédicte Drouin
Fuente:
Aleteia






