Patrona de Lima, América,
Filipinas e Indias Orientales
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| El Papa Francisco con la imagen de la Santa Peruana © Peru.Com |
«Primera
canonizada de América. Compartió sus obras de caridad con san Martín de Porres
e influyó en la vida de diversos santos. Es la patrona de Lima, América,
Filipinas e Indias Orientales, de la policía nacional de Perú y de las fuerzas
armadas argentinas»
Nacida
en Lima, Perú, el 20 de abril de 1586, sufrió por su belleza a la que debía el
nombre de Rosa, aunque en el bautismo se le impuso el de Isabel. Fue una india
que mecía su cuna quién un día reparó en la finura de sus facciones, su tez
blanca que realzaba el sonrosado color de sus mejillas enmarcando el ovalo de
un rostro coronado por rubios cabellos, y decidió llamarla como la flor. Con el
tiempo completó su atractivo una espigada estatura. Pertenecía a una familia
numerosa compuesta por trece hermanos, que se trasladó a Quives por motivos
laborales del cabeza de familia, un portorriqueño que trabajaba en un oficio
relacionado con el refinamiento de la plata.
Recibió
la confirmación de manos del arzobispo de Lima, santo Toribio de Mogrovejo y en
ese momento ratificó el nombre de Rosa sin que nadie lo hubiese mencionado
antes, ya que por él era conocida la joven. Más tarde, ella confió a un
dominico que hubiera preferido ser denominada por el de pila, ya que Rosa
aludía a la hermosura, de la que tendía a huir. Él le hizo ver que su alma era
una rosa de la Virgen, y como tal debía custodiarla. A partir de entonces llevó
gozosa el de Rosa de Santa María que ofreció a Nuestra Señora del Rosario ante
cuya imagen solía orar cuando acudía a la iglesia de santo Domingo.
De
todos modos, durante años hizo todo lo posible para que la belleza con la que
estaba adornada no fuese objeto de atención y tropiezo ni para ella ni para
nadie. Ideó diversas formas para desembarazarse de ese ornato natural que
recuerdan a prácticas de mortificación clásicas en un periodo de la historia de
la ascética. Se clavaba una horquilla en la cabeza para castigar su vanidad, se
aplicaba ungüentos corrosivos en las manos para afearlas, se cubría el rostro
con un velo tupido, o bien se cortaba los hermosos cabellos de raíz por el
hecho de verlos ensalzados. Al final, aunque estos actos le ayudaban a
progresar espiritualmente, comprendió que ese no era el camino; que todo
sacrificio y mortificación era vano si no hacía entrega cabal de los defectos
que le dominaban, como su orgullo.
Vio
la sutileza y el peligro que puede quedar agazapado también en ciertos
ejercicios de ayuno. Así que, puso todo su empeño en dominar sus pasiones,
ejercitándose en la vivencia de las virtudes. Aceptó humildemente las
indicaciones paternas, y aún contrariándole y sabiéndose incomprendida las
asumió con toda humildad y paciencia. Solamente las contravino en lo que era
sagrado para ella: su voto de plena consagración a Dios. Su familia insistía
para que contrajese matrimonio, incluso fue cortejada por jóvenes de la alta
sociedad limeña, pero mucho antes ya había labrado el huerto, bordaba para
ayudar económicamente a la familia y aceptaba las dificultades del día a día,
todo con afán de agradar a su amado; era a lo que su espíritu tendía.
Desde
niña rezaba a la Virgen con auténtica devoción. En una ocasión en la que se
encomendaba a Ella, entendió que el Niño Jesús le decía: «Rosa, conságrame
a Mí todo tu amor». No lo olvidó ni un instante. Su ideal de santidad, junto a
Santo Domingo, era santa Catalina de Siena a la que eligió como modelo para su
vida. A los 25 años se comprometió como terciaria dominica. Era muy
inteligente. Poseía gran agudeza espiritual, como revelaron los testigos de su
proceso. Sus escritos rezuman la hondura mística que jalonó su vida. Supo
reflejar admirablemente los peldaños del ascenso espiritual que marcaron su
trayectoria, incluidos quince años de aridez.
Vivió
centrada en la oración y las mortificaciones: ayunaba casi a diario, se abstenía
de beber, dormía sobre un lecho de tablas con un palo como almohada, etc. Su
morada era una humilde cabaña que erigió en el huerto familiar con ayuda de su
hermano Hernando. Y la disciplina que puso sobre la cabeza, una cinta de plata
que simulaba una corona de espinas, ya que estaba conformada nada menos que con
3 hileras de 33 puntas; desde que se la colocó la mantuvo hasta el fin de sus
días. Su atuendo era una túnica blanca, un manto y velo negros.
Fue
paciente, comprensiva y misericordiosa con todos los que la vituperaron y se
burlaron de ella. Auxiliaba a los pobres, indígenas, mestizos, y enfermos, a
los que atendía en su casa y les animaba a convertirse. Prestó gran ayuda a san
Martín de Porres en su acción caritativa. Tanto amor se traslucía en su rostro
y en sus palabras. El Domingo de Ramos de 1617, unos meses antes de morir, en
la capilla del Rosario se produjo su «desposorio místico». No le
dieron la palma que esperaba llevar en procesión. Y temiendo que fuese debido a
alguna ofensa contra Dios que hubiera podido cometer, se postró ante la imagen
de María. Entonces el Niño Jesús le dijo: «Rosa de Mi Corazón, Yo te
quiero por Esposa». Ella respondió: «Aquí tienes Señor a tu humilde
esclava. Tuya soy y Tuya seré».
Al
igual que le sucedió a otros santos, también Rosa fue interrogada por la
Inquisición que no pudo alegar nada en contra de ella, puesto que solo
apreciaron su excelsa virtud. Fue adornada con dones de penetración de
espíritus y profecía. Vaticinó la fundación del monasterio de Santa Catalina de
Siena con todo lujo de detalles, la fecha de su muerte y el ingreso de su madre
en un monasterio, hecho que se produjo tiempo después de su fallecimiento. La
última etapa de su vida la pasó en casa de Gonzalo de Massa, un hombre
destacado del gobierno virreinal que la acogió como a una hija. Allí se reunían
en torno a ella personas de lo más granado de la sociedad limeña a las que
evangelizaba. En ese lugar se erigió después el monasterio que lleva su nombre.
Rosa sufrió un ataque de hemiplejía, y cuando su salud se agravó,
musitaba: «Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma
medida tu amor». Murió a los 31 años con fama de santidad el 24 de agosto de
1617. Clemente IX la beatificó el 15 de abril de 1668. Y Clemente X la canonizó
el 12 de abril de 1671.
Fuente:
Zenit






