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| Cruz (C) Cathopic. Eduardo Montivero |
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Pregunta
Rocío, “¿por qué tuvo que morir Jesús en la Cruz?, ¿por qué escogió Dios esa
forma tan tremenda para salvarnos?, ¿cómo explicarlo a alguien que no tiene
fe?”. De fondo late el reclamo por el sinsentido del sufrimiento, que choca
abruptamente con nuestra racionalidad, incapaz de integrarlo en un todo con
significado. La razón precisa abrirse a la fe, para comprender esta realidad
que, de otra parte, es cotidiana. Plantear la vida sin sufrimiento es plantear
una abstracción, una irrealidad.
Esta
pregunta, en rigor, nadie podría responderla, solo Dios mismo, pero la
reflexión teológica siente el desafío de avanzar alguna explicación plausible
o, por lo menos, algún motivo de conveniencia. Finalmente, si Dios elige ese
camino, será por algo. Es un misterio, pero la razón y las herramientas que nos
ofrece la fe, pueden aportarnos algunas pistas para encuadrarlo en un conjunto
de sentido que arroje luz a uno de los misterios más inquietantes de la vida
humana: el dolor.
Dos
claves pueden ser útiles para aventurarnos a pensar tan enrevesado problema. La
primera es que, si Dios no hubiera asumido en su misma Persona la realidad del
sufrimiento, quedaría en pie el principal reclamo que le hacen al Creador los
hombres: “¿cómo es posible que un Dios bueno haya creado un mundo en el que hay
tanto dolor, tanto sufrimiento, particularmente escandaloso cuando se trata del
sufrimiento de los inocentes?” En efecto, el principal argumento en contra de
la existencia de Dios es la presencia del mal en el mundo. ¿Y cómo responde
Dios al desafío? No elimina el mal y el dolor, como por arte de magia, sino que
sencillamente los asume. Ya no vale descalificar a Dios por la presencia del
dolor, o por el sufrimiento del inocente, pues Él ha sido el único hombre sin
pecado, totalmente inocente, y ha padecido en Carne propia todo el sufrimiento
físico y moral de la humanidad. Pero no como la divinización del masoquismo,
sino haciendo una ecuación maravillosa: ha convertido el sufrimiento propio en
la forma más tremenda, auténtica y profunda de manifestar el amor.
Y
esa es precisamente la segunda clave. El sufrimiento de Cristo en la Cruz es
una paradoja, pues ha convertido lo más terrible en lo más hermoso. No se ha
limitado a redimirnos, a perdonarnos, a salvarnos, sino que nos ha manifestado
a través de este medio tremendo, la hondura de su amor por nosotros. En la Cruz
se nos revela la magnitud del amor de Dios por el hombre, que carece de lógica
y de medida, lo cual nos da un piso firme para plantear nuestra existencia: la
certeza de sabernos amados incondicionalmente por Dios. ¿En qué lógica cabe que
para rescatar al esclavo –a la criatura- hayas de entregar al Hijo? La medida
del amor de Dios por nosotros se nos revela en la Cruz como un amor sin medida,
y en ello encontramos la prenda más cierta de nuestra esperanza.
Nos
muestra así Jesús la vía del auténtico amor, que se avala por el sacrificio.
Hay que amar “hasta que te duela”, como las buenas madres. Ese es el amor más
puro, más auténtico; muy por encima de las caricias acarameladas de los
tortolitos adolescentes está el amor sacrificado de las madres. Y por encima de
todos, el Amor Encarnado de Jesús en la Cruz. Jesús en la Cruz nos enseña la
clave de la vida, de la felicidad en esta vida: amar sin medida. Y nos lo
enseña asumiendo el realismo y la limitación de esta vida, surcada
inevitablemente con el signo del dolor. Por eso puede exclamar san Josemaría: “Esta ha sido la gran
revolución cristiana: convertir el dolor en sufrimiento fecundo; hacer, de un
mal, un bien. Hemos despojado al diablo de esa arma…; y, con ella, conquistamos
la eternidad” (Surco, 887).
Mario
Arroyo Martínez
Fuente:
Zenit






