Documento vaticano sobre eutanasia

La
Congregación para la Doctrina de la Fe publicó la “Carta Samaritanus Bonus sobre
el cuidado de las personas en las fases críticas y terminales de la vida”, que
viene a ser un llamado urgente a recuperar el valor que la vida humana tiene en
sí misma. En efecto, afirma sin ambages: “La vida es siempre un bien. Esta es
una intuición o, más bien, un dato de experiencia, cuya razón profunda el
hombre está llamado a comprender.”
Aunque el
documento apela a la razón, que debería ser capaz de descubrir el valor que la
vida tiene en sí misma, deja ver cómo la bruma de la confusión nubla esa misma
razón cuando se carece de la óptica de la fe. “Frente a lo inevitable de la
enfermedad, sobre todo si es crónica y degenerativa, si falta la fe, el miedo
al sufrimiento y a la muerte, y el desánimo que se produce, constituyen hoy en
día las causas principales de la tentación de controlar y gestionar la llegada
de la muerte.” Sin la fe que amplíe a la razón, esta carece de las herramientas
para integrar en un conjunto de significado la realidad inevitable del dolor.
La razón
necesita de la fe, para asumir en su realismo y crudeza la vida tal como es; si
carece de esa “vitamina intelectual”, naufraga en su cometido y opta fácilmente
por suprimir la vida. La mirada de la fe “es la mirada de quién no pretende
apoderarse de la realidad de la vida, sino acogerla así como es, con sus
fatigas y sufrimientos, buscando reconocer en la enfermedad un sentido del que
dejarse interpelar y ‘guiar’, con la confianza de quien se abandona al Señor de
la vida.”
La realidad
de la eutanasia y del suicidio asistido muestran en toda su crudeza la
precariedad del valor de la vida humana cuando el hombre prescinde
voluntariamente de Dios. Son el fruto maduro de una sociedad secularizada y
paganizada, donde la vida carece de sentido en sí misma, solo vale el goce que
pueda producir. “La muerte puede convertirse en ocasión de una esperanza más
grande, gracias a la fe…, el dolor es existencialmente soportable solo donde
existe la esperanza. La esperanza que Cristo transmite al que sufre y al
enfermo es la de su presencia, de su real cercanía. La esperanza no es solo un
esperar por un futuro mejor, es una mirada sobre el presente, que lo llena de
significado”.
Resulta
patente cómo necesitamos de la fe para redescubrir el valor de la vida. El
texto cita, de forma elocuente la reciente “Declaración conjunta de las
Religiones Monoteístas Abrahámicas sobre las cuestiones del final de la vida”,
en la que judíos, musulmanes y cristianos se oponen “a cualquier forma de
eutanasia -que es el acto directo, deliberado e intencional de quitar la vida –
así como al suicidio médicamente asistido – que es el apoyo directo, deliberado
e intencional para suicidarse porque contradicen fundamentalmente el valor
inalienable de la vida humana.” La fe amplía la razón, la fe defiende la vida,
cuando la sociedad carece de fe, pierde este firme apoyo.
El texto
desenmascara una serie de sofismas sugestivos: “Así como no se puede aceptar que
otro hombre sea nuestro esclavo, aunque nos lo pidiese, igualmente no se puede
elegir directamente atentar contra la vida de un ser humano, aunque este lo
pida…, suprimir un enfermo que pide la eutanasia no significa en absoluto
reconocer su autonomía y apreciarla, sino al contrario significa desconocer el
valor de su libertad, fuertemente condicionada por la enfermedad y el dolor, y
el valor de su vida… la compasión humana no consiste en provocar la muerte,
sino en acoger al enfermo, en sostenerlo en medio de las dificultades, en
ofrecerle afecto, atención y medios para aliviar el sufrimiento.
La
consecuencia pastoral es clara u dura a la vez: “quien ha pedido expresamente
la eutanasia o el suicidio asistido… ha realizado la elección de un acto
gravemente inmoral… Se trata de una manifiesta no-disposición para la recepción
de los sacramentos.” No se pueden administrar los sacramentos a quienes piden
la eutanasia, ni siquiera es correcto acompañarlos en ese momento, para que de
ninguna forma pueda parecer que apoyamos su trágica decisión.
Mario Arroyo
Martínez
Fuente:
Zenit





