
En aquel tiempo, designó el Señor a otros setenta y dos discípulos y
los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde
pensaba ir, y les dijo: “La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen,
por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos. Pónganse
en camino; los envío como corderos en medio de lobos. No lleven ni dinero, ni
morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Cuando
entren en una casa, digan: ‘Que la paz reine en esta casa’. Y si allí hay gente
amante de la paz, el deseo de paz de ustedes se cumplirá; si no, no se
cumplirá. Quédense en esa casa. Coman y beban de lo que tengan, porque el
trabajador tiene derecho a su salario. No anden de casa en casa. En cualquier
ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les den. Curen a los enfermos
que haya y díganles: ‘Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios’.
Pero si entran en una ciudad y no los reciben, salgan por las calles y
digan: ‘Hasta el polvo de esta ciudad que se nos ha pegado a los pies nos lo
sacudimos, en señal de protesta contra ustedes. De todos modos, sepan que el
Reino de Dios está cerca’. Yo les digo que en el día del juicio, Sodoma será
tratada con menos rigor que esa ciudad”.
PALABRAS DEL SANTO PADRE
Cuando envía a los setenta y dos discípulos, Jesús les da instrucciones
precisas que expresan las características de la misión. Estos imperativos
muestran que la misión se basa en la oración; que es itinerante: no está
quieta, es itinerante; que requiere desapego y pobreza; que trae paz y
sanación, signos de la cercanía del Reino de Dios; que no es proselitismo sino
anuncio y testimonio; y también requiere la franqueza y la libertad para
retirarse y evidenciar la responsabilidad de haber rechazado el mensaje de
salvación, pero sin condenas ni maldiciones. Si se vive en estos términos, la
misión de la Iglesia se caracterizará por la alegría. (ÁNGELUS 7 de julio de
2019)
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