6. Martes de la XXVII semana del
Tiempo Ordinario

Evangelio según Lucas 10,
38-42
En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió
en su casa.
Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor,
escuchaba su palabra.
Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que,
acercándose, dijo:
«Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para
servir? Dile que me eche una mano».
Respondiendo, le dijo el Señor:
«Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas;
solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será
quitada».
PALABRAS DEL SANTO PADRE
En su obrar hacendoso y de
trabajo, Marta corre el riesgo de olvidar —y este es el problema— lo más
importante, es decir, la presencia del huésped. Y al huésped no se le sirve,
nutre y atiende de cualquier manera. Es necesario, sobre todo, que se le
escuche. Recuerden bien esta palabra: escuchar. Porque al huésped se le acoge
como persona, con su historia, su corazón rico de sentimientos y pensamientos,
de modo que pueda sentirse verdaderamente en familia. Pero si tú acoges a un
huésped en tu casa y continúas haciendo cosas, le haces sentarse ahí, mudo él y
mudo tú, es como si fuera de piedra: el huésped de piedra. No. Al huésped se le
escucha. (ÁNGELUS 17 de julio de 2016)
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