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| Loren Kerns | (CC BY 2.0) |
Eso se lo pregunta el profeta Isaías:
«Esperó que
diese uvas, pero dio agrazones. ¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no lo
haya hecho? ¿Por qué, esperando que diera uvas, dio agrazones?».
En lugar de uvas dulces recibió agrazones, que son racimos verdes que nunca llegan a madurar.
Son amargos. El dueño esperaba un fruto y no recibió lo
que quería. El
desengaño, la pena, la frustración.
En la vida, si siembro lo que sueño, ¿por qué a veces lo soñado no
se hace realidad? Quiero obtener un fruto, un resultado y todo sale al revés. Lo
que quería lograr no me resulta.
A menudo creo que los frutos son los que puedo dar, los que tienen
que ver con mis capacidades. No
entiendo que no pueda ser todo como deseo.
Quisiera dar los frutos que Dios espera de mí. Pero no sé cuáles
son en realidad. Mi viña es mi alma, es mi campo de batalla, es la tierra que
trabajo y siembro, es mi jardín
interior.
Pienso en los frutos que yo mismo espero y en los que Dios espera.
No sé bien lo que espera de mí. A
menudo creo que lo único que quiere es que esté a su lado, que no sufra sin
motivo y que no espere de la vida lo que no puede darme.
Quiere que mi fruto sea el amor. Es lo único
que quedará tras de mí cuando me vaya. Lo sé muy bien. Ese amor que entrego,
ese amor que recibo.
San Agustín tiene una frase que a menudo se malinterpreta. Así lo
citaba el P. Kentenich:
«Agustín sabía
de la fuerza unitiva y asemejadora del verdadero amor. Por eso, para él era
evidente que el que ama a Dios asimila por completo su voluntad a la voluntad
de Dios. Ama, y haz lo que quieras, significa, por tanto: – Sólo ama y,
después, harás por ti mismo lo que Dios quiere»[1].
Basta entonces con amar bien, para acabar amando lo que Jesús ama. Parece
tan sencillo…
Mi corazón desea el bien de ser amado. Pero rehúye la renuncia del
amor que se entrega. Amar está bien cuando soy correspondido. Amar sin esperar
ser amado parece imposible.
El amor asemeja. El amor a Dios me asemeja a Él. Si lo amo de verdad me acabaré asemejando a
Él y querré lo que Dios quiere para mi vida. Entonces
tendrá sentido esa frase de san Agustín.
Cuando amo bien, acabo queriendo el bien del amado. No lo rechazo,
no lo niego, no lo maltrato. Deseo que no sufra. Deseo que tenga todo lo que
necesite aunque yo no lo tenga. Si amo nunca haré el mal.
Es curiosa esa frase que parecía dar tanta libertad. Lo que quiero
acabará siendo lo que Dios quiere. Me pareceré más a Dios de lo que ahora me
parezco.
Lo que espera Jesús de mi viña es que en ella, en mi alma, reinen
Él, su amor, su presencia, su vida. Desea que mi viña le
pertenezca. Que pueda
poner todo en sus manos y no tenga miedo a perder la vida amando. Eso
me pide, sólo eso.
Para que haya fruto tendré que cercar mi viña, mi alma. Un huerto
cerrado. Un espacio sagrado en el que Él habite. Eso me gusta. Cercarlo para
que no saqueen mi alma.
Hoy estoy tan expuesto… Es como si el mundo quisiera saber todo de
mí, conocer mi vida, mis virtudes, mis defectos, mi historia, mis logros y mis
pecados, mis caídas.
Parece ser que Dios quiere hacerme un lugar cerrado y sagrado. Vivo expuesto
al mundo y así es imposible cultivar bien mi tierra.
Dejo con facilidad que entren otros y saqueen mi interior. Dejo
que las críticas, los juicios, las miradas, envenenen mi ánimo y provoquen mi
tristeza.
Quiere trabajar Dios en mi jardín. Entrecavar, sanear la tierra,
regarla, dejarla mullida y permitir así que la semilla se asiente y muera para
dar vida.
Dios regará mi interior esperando frutos. Pero no son mío esos
frutos, son suyos. Yo sólo cuido que la cerca no se rompa. E impido que entren
personas ajenas que puedan no amar lo que hay en mí.
Intento estar cerca de Dios y trato de que nadie entre donde estoy
a solas con Él. ¡Qué sano es el pudor!
Me protege de intromisiones. No permite que otros entren dentro de mí. Me sana
por dentro. Me purifica.
Quiero que Dios desee mis frutos porque así sé que le importo.
Quiero conocer mi originalidad, mi verdad, el tipo de fruto que puedo dar. Es
el que Dios va a esperar. Sólo eso. No necesito parecerme a nadie. Decía el
Padre Kentenich:
«En esta era
de la creciente masificación, deberíamos evitar cuidadosamente todo aquello que
incremente esta tremenda enfermedad del tiempo»[2].
Me masifico cuando vivo expuesto, sin cerca, sin pudor queriendo
ser como otros. Cuando no valoro el fruto que yo doy que es distinto al de los
demás. Cuando no me comparo y vivo feliz con mi viña. Cuando cultivo mi mundo interior y dejo que
en él muera la semilla para dar fruto.
[1] King, Herbert. King Nº 2 El Poder del Amor
[2] King, Herbert. King Nº 2 El Poder del Amor
Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia






