29 – Marzo. Lunes Santo
COMENTARIO
María y Judas percibieron el
mismo aroma: el buen olor de Cristo (2 Corintios 2, 15). Pero la
fragancia que salía del corazón de cada uno era muy distinta, y por eso, su
modo de acoger el don del amor de Jesús también lo fue.
El Señor sabe que su paso por la
tierra está llegando a su fin. Ha venido para amarnos hasta el extremo (Juan
13,1), como nos dirá san Juan en el capítulo inmediatamente posterior al que
leemos hoy. Y por eso, porque ha venido para amar, en este momento sublime su
corazón está particularmente sensible a las manifestaciones de amor que recibe.
María no se reservó nada.
Probablemente no era consciente de todo lo que iba a pasar en los próximos
días. Su intuición quizás le indica que algo importante podía suceder en breve,
pero seguramente no dimensionaba todo lo que iba a suponer el Misterio Pascual.
Sin embargo, ahí está, sin
condiciones, sin regateos. No sabe lo que se viene, pero tampoco calcula. Ha
recibido mucho amor de Jesús, y lo único que le importa es intentar acercarse a
ese modo de amar con todo lo que tiene: su mejor perfume, sus cabellos. Porque
también la belleza femenina puede ser —debería ser— un homenaje a Dios.
Judas también ha recibido mucho
amor de Jesús. Sin embargo, su corazón se ha ido cerrando poco a poco a esa
fuente de luz y de calor. Ahora mismo, su alma está oscura y fría. Por eso, ni
la más fina de las fragancias, ni la más espléndida sonrisa del Señor consiguen
ya hacerlo reaccionar. Sus sentidos están tan distorsionados, su vida está tan
descentrada, que acabará aceptando vender a Jesús por treinta monedas, cuando,
según él, el perfume valía trescientos denarios.
Inmersos de lleno en la Semana
Santa, podemos acercarnos al Misterio Pascual, ya inminente, confrontando
nuestra vida con los dos personajes que nos presenta hoy la Iglesia. Como
ellos, también nosotros hemos recibido mucho amor de Jesús. Con sinceridad, con
valentía, preguntémonos si de verdad retribuimos al Señor con todo lo que
tenemos: alma, cuerpo, tiempo y corazón. Solo rompiendo el frasco, sin guardar
nada, podremos cantar con san Pablo: “gracias sean dadas a Dios, que
siempre nos hace triunfar en Cristo y por medio de nosotros manifiesta el aroma
de su conocimiento en todo lugar” (2 Corintios 2, 14).
Luis Miguel Bravo Álvarez //
mareefe – Pexels
Fuente: Opus Dei






