Fue al santuario franciscano de La Verna, en las montañas del sureste de Toscana, para ayunar durante 40 días y noches
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| Photo by Bret Thoman |
“El
mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden, pero para los que se
salvan –para nosotros– es fuerza de Dios” (1 Corintios 1,18)
Poco después de abandonar la
autovía E45 de Umbría camino hacia Asís, los peregrinos pueden empezar a ver el
monte Penna desde una distancia considerable. Es un pico imponente y escabroso
en la sierra del Casentino, en el sureste de la Toscana.
Ubicado en la ladera de la
montaña se encuentra un importante santuario franciscano: La Verna. Un entorno
espléndido donde se entrecruzan espiritualidad, naturaleza, arte y cultura.
Justo antes de hacer la primera
curva en horquilla, un buen guía destacaría el castillo en ruinas del Conde
Orlando en el pequeño pueblo de Chiusi. De hecho, fue este conde, el señor de
esta región, quien ofreció su montaña a san Francisco para meditar y rezar.
A Francisco le encantaba La Verna y volvió seis veces en su vida.
La última vez que visitó el
lugar, el 17 de septiembre de 1224, sucedió algo extraordinario: recibió las
heridas de Cristo en sus manos, pies y costado.
Francisco estaba en La Verna para
rezar y ayunar durante 40 días como preparación para la fiesta de San Miguel
Arcángel (29 de septiembre).
Los primeros biógrafos
franciscanos dicen que san Francisco había rezado por dos dones: sentir en
su cuerpo el dolor que Jesús sintió durante su Pasión y conocer en su corazón
el amor que Jesús sintió por toda la humanidad. Entonces, se le apareció
un ángel serafín de seis alas y Francisco recibió heridas de carne endurecida
que sobresalieron en sus manos, pies y costado.
De inmediato, Francisco se
encogió de dolor, pero también quedó abrumado de alegría. Francisco entendió,
como es propio de los santos, que hay una conexión entre sacrificio y caridad;
la cruz es el sacrificio definitivo, la caridad definitiva de Dios.
Los estigmas son un misterio.
Igual que la Cruz de Cristo es un misterio –que el Hijo de Dios se entregara a
la Pasión por nuestros pecados–, en ocasiones, muy raras, el Señor escoge
ciertas almas víctimas para “sufrir [en su carne] lo que falta a los
padecimientos de Cristo, para bien de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24).
El misterio de lo que sucedió a
Francisco en La Verna es algo sobre lo que hay que meditar y reflexionar. En
última instancia, hay algo más grande que las llagas de Cristo o de Francisco.
La cruz es un mero camino hacia la Resurrección. Sin la cruz no hay
Resurrección; sin que Dios baje al mundo, no hay manera de subir al Cielo.
Igual que el Viernes Santo evoca
la cruz litúrgicamente, el Domingo de Pascua nos recuerda la Resurrección.
El sufrimiento no tiene la última
palabra; la Resurrección sí.
Hoy en día, La Verna es un
importante santuario italiano. Tiene una gran comunidad permanente de frailes
franciscanos, un noviciado para jóvenes frailes en formación y varios
dormitorios para retiros. En días festivos importantes (como la fiesta de San
Francisco, el 4 de octubre, o la Fiesta de los estigmas de San Francisco, el 17
de septiembre), multitudes de varios miles de peregrinos visitan el santuario
para una misa especial y recibir bendiciones del obispo de Arezzo.
Los visitantes pueden explorar
los amplios terrenos y quedarse para hacer retiros en cualquiera de las tres
casas de invitados.
Cabe destacar la basílica de
Santa María de los Ángeles junto a la entrada original del santuario. Esta
fue la primera iglesia en este terreno, construida en el siglo XIII y adornada
con cerámica vidriada, conocida como mayólica, obra de los famosos hermanos
Della Robbia de Florencia.
Sube algunos escalones hacia la
cruz y estarás en el Cuadrante. Desde aquí, a 1228 metros por encima del nivel
del mar, hay unas vistas espléndidas del valle del Casentino.
Al final de un pasillo
(construido para proteger a los frailes del frío durante sus procesiones
diarias) se encuentra la capilla de los Estigmas. Donde otrora hubiera una
montaña baldía, en 1263 se construyó una capilla sobre el lugar donde san
Francisco recibió los estigmas. En el suelo frente al altar se encuentra una
losa en recuerdo del lugar exacto.
San Francisco de Asís, reza por
nosotros.
Bret
Thoman, OFS
Fuente: Aleteia






